{"id":188,"date":"2013-11-02T00:57:50","date_gmt":"2013-11-02T00:57:50","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/?p=188"},"modified":"2013-11-03T23:59:44","modified_gmt":"2013-11-03T23:59:44","slug":"el-secreto-del-amor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/2013\/11\/02\/el-secreto-del-amor\/","title":{"rendered":"El secreto del amor"},"content":{"rendered":"<div id=\"attachment_199\" style=\"width: 530px\" class=\"wp-caption alignnone\"><a href=\"http:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Ginebra.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-199\" class=\"size-full wp-image-199\" alt=\"El Lago de Ginebra\" src=\"http:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Ginebra.jpg\" width=\"520\" height=\"344\" srcset=\"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Ginebra.jpg 520w, https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Ginebra-300x198.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 520px) 100vw, 520px\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-199\" class=\"wp-caption-text\">El Lago de Ginebra<\/p><\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>\u00c9rase una vez, un matrimonio feliz.<\/p>\n<p>\u00c9l la amaba por encima de todas las cosas; ella le correspond\u00eda cort\u00e9smente. \u00c9l trabajaba muchas horas para ganar el pan; ella lo com\u00eda sin remilgos y ped\u00eda m\u00e1s. \u00c9l se iba al banco a las siete de la ma\u00f1ana; ella se quedaba en casa meditando sobre el sentido de la existencia. Ten\u00edan una casa grande y bonita a orillas del lago, a las afueras de Ginebra. Hab\u00eda cisnes, ardillas, una gata siamesa, \u00e1rboles centenarios, muchas flores en primavera gracias a un primoroso jardinero, una vista inigualable sobre las monta\u00f1as azuladas y las nieves eternas del Mont Blanc. Ten\u00edan tres coches, dos personas de servicio, un piso en la Costa Azul y otro en Par\u00eds, y los fines de semana de invierno iban a esquiar a las alturas donde siempre brilla el sol. Se trataba, pues, de un matrimonio feliz.<\/p>\n<p>O, al menos, \u00e9l era feliz. Ella no.<\/p>\n<p>Todo empez\u00f3 con el profesor de yoga. Ella se llamaba Domitila, para sus amigos Mim\u00ed. Era rubia de ojos claros, delgada, alta, delicada, muy elegante. Sus movimientos eran sigilosos y suaves, hablaba en voz baja, siempre sonre\u00eda y hac\u00eda lo posible por agradar. Y lo consegu\u00eda: todos la consideraban \u201cagradable\u201d. Discreta, de modales exquisitos, algo t\u00edmida y recatada, de una belleza sobria. Pero, caballeros, \u00a1no se f\u00eden de las aguas mansas! La dulce Mim\u00ed ten\u00eda treinta a\u00f1os, sent\u00eda angustia por el futuro y unas ansias vagas pero desesperadas de vivir.<\/p>\n<div id=\"attachment_191\" style=\"width: 437px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><a href=\"http:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Foto-de-Helena-Cosano-por-Arturo-Villarrubia1.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-191\" class=\"size-full wp-image-191  \" title=\"Helena Cosano\" alt=\"Foto de Helena Cosano, por Arturo Villarrubia\" src=\"http:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Foto-de-Helena-Cosano-por-Arturo-Villarrubia1.jpg\" width=\"427\" height=\"640\" srcset=\"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Foto-de-Helena-Cosano-por-Arturo-Villarrubia1.jpg 427w, https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Foto-de-Helena-Cosano-por-Arturo-Villarrubia1-200x300.jpg 200w\" sizes=\"auto, (max-width: 427px) 100vw, 427px\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-191\" class=\"wp-caption-text\">Helena Cosano fotografiada por Arturo Villarrubia<\/p><\/div>\n<p>As\u00ed que todo empez\u00f3 con el profesor de yoga. Hab\u00edan abierto una escuela nueva en el mism\u00edsimo centro de la ciudad, ofrec\u00edan clases diarias, sauna y ba\u00f1o turco, masajes, y el fundador era un \u201cgur\u00fa\u201d apasionado del yoga que hab\u00eda pasado m\u00e1s de quince a\u00f1os en la India.<\/p>\n<p>Domitila llevaba dos a\u00f1os practicando yoga. Hab\u00eda participado en diferentes retiros y cursos intensivos; hab\u00eda experimentado con varias escuelas y muchos estilos. Lleg\u00f3 al nuevo centro por casualidad: estaba paseando, contemplaba los escaparates de lujosas tiendas cuando vio un p\u00f3ster con una hermosa flor de loto, empuj\u00f3 la puertecita que indicaba, y entr\u00f3.<\/p>\n<p>Vio al gur\u00fa. Vest\u00eda de blanco. La recibi\u00f3 con una sonrisa franca y una mirada demasiado oscura. Era un joven tatuado y musculoso. Hab\u00eda vivido en la India y le apasionaba el yoga. Pero su pr\u00e1ctica resultaba m\u00e1s f\u00edsica y competitiva que espiritual, y amaba la ense\u00f1anza \u00a0menos por la satisfacci\u00f3n de transmitir sabidur\u00eda que por el poder y el aura de superioridad que le otorgaba su condici\u00f3n de Maestro. Dec\u00eda llamarse Shiva. Era un joven ambicioso. Y le gustaba seducir.<\/p>\n<p>Le ense\u00f1\u00f3 las instalaciones, le mostr\u00f3 la sala de meditaci\u00f3n, la sauna, la cocina donde preparaban los t\u00e9s ayurv\u00e9dicos, los vestuarios. La ayud\u00f3 a rellenar el formulario de inscripci\u00f3n. Y Domitila acudi\u00f3 a su clase ese mismo d\u00eda, con su ropita ajustada de marca, sus movimientos delicados, su cuerpo perfecto y su sonrisa siempre dispuesta a agradar. Le impact\u00f3 el joven tatuado y musculoso todo vestido de blanco, cuyas manos suaves pero firmes sujetaban su cuerpo y le indicaban con precisi\u00f3n lo que deb\u00eda hacer, cuya mirada oscura, demasiado penetrante, la hac\u00eda sonrojarse. Se sent\u00eda t\u00edmida cuando \u00e9l se acercaba a ella en las clases, y a la vez anhelaba su proximidad. Fue r\u00e1pido: ella se aburr\u00eda, y a \u00e9l le gustaba conquistar.<\/p>\n<p>Las semanas, los meses siguientes, fueron maravillosos para Mim\u00ed. \u201c<i>C\u2019est le premier pas qui co\u00fbte<\/i>\u201d, dicen en Ginebra. Despu\u00e9s de Shiva, y aunque segu\u00eda con Shiva, conoci\u00f3 a un francesito de provincias que se dedicaba a la sanaci\u00f3n energ\u00e9tica. Y a un millonario maronita con el mejor yate del lago, que la colm\u00f3 de joyas y pidi\u00f3 su mano. Y a un actor egoc\u00e9ntrico que hac\u00eda de gal\u00e1n en una serie italiana de televisi\u00f3n. Y a un astrof\u00edsico persa cuyos padres se hab\u00edan desterrado con el Sha y que recordaba con nostalgia glorias de otro tiempo. Y a un joven embajador griego que le compon\u00eda filos\u00f3ficas poes\u00edas de amor. Y a un finland\u00e9s m\u00e1s blanco que la luz de la luna que le ense\u00f1\u00f3 meditaci\u00f3n trascendental y le hizo t\u00e1ntricamente el amor. Y a un catedr\u00e1tico de la universidad de Berna que dominaba el arte del haiku japon\u00e9s. Y a su monitor de esqu\u00ed, que no ten\u00eda nada de particular, m\u00e1s que una tez bronceada, dientes cegadores de blancura y los ojos del azul m\u00e1s intenso que Mim\u00ed hab\u00eda visto jam\u00e1s.<\/p>\n<p>Algo cambi\u00f3 en Mim\u00ed. Sus movimientos se hicieron a\u00fan m\u00e1s felinos y su mirada m\u00e1s franca, y su sonrisa ya no procuraba agradar. De pronto, era consciente de su poder, y ese poder emanaba de su piel y la envolv\u00eda como un perfume. Cuando caminaba por la calle, los hombres siempre se daban la vuelta para poseerla con la mirada, y ella se embriagaba de los deseos feroces que sab\u00eda despertar. Y cuando decid\u00eda que uno ser\u00eda suyo, al instante lo ten\u00eda. Los hombres ca\u00edan rendidos a sus pies. Parec\u00eda magia; era el simple poder de su feminidad liberada. Sobre todo, por primera vez en su vida, no deseaba nada, no le angustiaba el futuro ni el tiempo que pasa, no meditaba sobre el sentido de la existencia, no se aburr\u00eda ni un instante y daba gracias al universo por haberle concedido la plenitud. Era feliz.<\/p>\n<p>Durante la primavera de aquel a\u00f1o, mientras las ardillas volv\u00edan a recorrer los \u00e1rboles centenarios, los cisnes pon\u00edan huevos en lugares insospechados, la gatita siamesa entraba en celo y todo el jard\u00edn de nuevo se volv\u00eda exuberante de flores, Mim\u00ed fue feliz. Ten\u00eda, pr\u00e1cticamente a la vez, un imponente n\u00famero de amantes excepcionales, y, aunque su vida resultaba a veces algo compleja de gestionar, nunca hab\u00eda sido tan rica, tan estimulante, tan llena de emociones, sensaciones nuevas y pensamientos, nunca hab\u00eda aprendido tanto, nunca se hab\u00eda divertido tanto, nunca se hab\u00eda sentido tan poderosa, nunca hab\u00eda disfrutado tanto de ser mujer. Y la relaci\u00f3n con su marido nunca hab\u00eda sido tan armoniosa, pues Mim\u00ed desbordaba hacia \u00e9l toda su gratitud: ten\u00eda siete amantes y estaba felizmente casada; su vida era perfecta, gracias a \u00e9l.<\/p>\n<p>Pero, un buen d\u00eda, conoci\u00f3 a quien no hubiera debido conocer. Hasta entonces hab\u00eda jugado, con desapego y alegr\u00eda, regalando placer, amistad, respeto y afecto, pero nunca, jam\u00e1s, amor. Y de pronto se enamor\u00f3. Fue imprevisto, fue involuntario. Fue atroz. Y catastr\u00f3fico. \u00a1Se enamor\u00f3!<\/p>\n<p>Se enamor\u00f3 de un amigo de su marido, banquero \u00e9l tambi\u00e9n, que acababa de regresar de Londres. Era soltero, alquil\u00f3 una casita junto a la del matrimonio y empezaron a coincidir con frecuencia. Se llamaba Roberto. No era particularmente guapo. Ni especialmente inteligente. Tampoco destacaba por su sentido del humor. Ni por una extensa cultura ni alg\u00fan talento admirable. Ni siquiera compart\u00eda con Mim\u00ed aficiones o intereses. Hablaba poco y s\u00f3lo de dinero, de comida y de jugar al golf. Tal vez s\u00f3lo tuviera un punto fuerte: que apenas la miraba y no sab\u00eda verla. La ve\u00eda, c\u00f3mo no, la ve\u00eda casi a diario, y era siempre hacia ella impecablemente galante. Pero lo era por vana cortes\u00eda; con el fr\u00edo desapego que hasta poco antes hab\u00eda sido el de Mim\u00ed. La ve\u00eda: y la olvidaba. Ve\u00eda a una mujer bonita que quer\u00eda agradar, como tantas. La ve\u00eda, la consideraba \u201cagradable\u201d, y al instante la olvidaba.<\/p>\n<p>Mim\u00ed, que era intuitiva, lo notaba. Y enloquec\u00eda. Por alguna misteriosa raz\u00f3n, aquel personaje anodino estaba fuera de su alcance. \u00bfPor qu\u00e9 no funcionaba ya esa magia femenina que parec\u00eda infalible? Dicen que el secreto del amor es no amar. Mim\u00ed hab\u00eda sido todopoderosa. Pero, de repente, quer\u00eda agradar, tem\u00eda no gustar como deseaba, y perd\u00eda su seductora seguridad, perd\u00eda la espontaneidad alegre e indiferente de quien s\u00f3lo est\u00e1 jugando y s\u00f3lo pretende jugar; y a todos, hombres y mujeres, nos asusta un poco tanta sinceridad. De pronto, se enamor\u00f3. Se enamor\u00f3 mientras jugaba. Sin haberlo planeado. Sin darse cuenta. Se enamor\u00f3. Y el juego se volvi\u00f3 tan atrozmente serio que ya no sab\u00eda continuar.<\/p>\n<p>Dej\u00f3 de ver a sus amantes. De pronto descubri\u00f3 que eran todos insoportables, por las razones m\u00e1s diversas. Se percat\u00f3 de que el bello gur\u00fa vestido de blanco, musculoso y tatuado, comet\u00eda faltas de ortograf\u00eda, y le dej\u00f3. El actor escrib\u00eda con correcci\u00f3n, pero no ten\u00eda nada interesante que escribir. El francesito de provincias vest\u00eda sin gusto, y eso le pareci\u00f3 inaceptable. El astrof\u00edsico persa era demasiado decadente, la deprim\u00eda. El millonario maronita era tan materialista que Mim\u00ed consider\u00f3 su deber dejarle claro que no todo se puede comprar. El joven embajador ten\u00eda un deje cosmopolita excluyente y esnob, la irritaba. El profesor de universidad (que no comet\u00eda faltas de ortograf\u00eda, no era decadente ni materialista ni esnob y vest\u00eda con cierto gusto) le result\u00f3 pedante. El finland\u00e9s era demasiado espiritual. El monitor de esqu\u00ed, que no adolec\u00eda de ninguno de estos defectos, desgraciadamente no sab\u00eda de tantra y hac\u00eda mal el amor.<\/p>\n<p>S\u00f3lo quedaba su marido. Mim\u00ed ya no sent\u00eda hacia \u00e9l gratitud alguna. Le exasperaba. Le molestaba su tono de voz demasiado estridente, le irritaba sobremanera su forma de comer, le disgustaba el aroma de su agua de colonia, el olor algo agrio de su cuerpo y el tacto siempre h\u00famedo de su piel, y, por la noche, no soportaba escucharle respirar. Las primeras peleas comenzaron cuando Mim\u00ed decidi\u00f3 que la respiraci\u00f3n nocturna de \u00e9l, ligeramente asm\u00e1tica, supon\u00eda un agravio hacia ella. Una noche \u00e9l sin querer ronc\u00f3, y Mim\u00ed estall\u00f3 en un ataque de c\u00f3lera. A partir de entonces durmieron en habitaciones separadas. Y un buen d\u00eda, cuando Mim\u00ed rompi\u00f3 a llorar durante el almuerzo porque \u00e9l masticaba con la boca abierta, decidieron separarse.<\/p>\n<p>De vuelta en el piso de sus padres, Mim\u00ed lloraba todas las noches pensando en su amor plat\u00f3nico, su idealizado Roberto. Hasta que, unos meses despu\u00e9s, volvi\u00f3 a coquetear con otros, y su enamoramiento se evapor\u00f3. Estaba saliendo con un apuesto cirujano cuando coincidi\u00f3 con Roberto en una fiesta. Ella le salud\u00f3 con c\u00e1lida indiferencia y \u00e9l, por primera vez, la mir\u00f3 de verdad. La vio. Y no la pudo olvidar. Se enamor\u00f3. Enloqueci\u00f3.<\/p>\n<p>Un a\u00f1o m\u00e1s tarde, Roberto y Domitila estaban casados. \u00c9l la amaba por encima de todas las cosas; ella le correspond\u00eda cort\u00e9smente. \u00c9l trabajaba muchas horas para ganar el pan; ella lo com\u00eda sin remilgos y ped\u00eda m\u00e1s. \u00c9l se iba al banco a las siete de la ma\u00f1ana; ella se quedaba en casa meditando sobre el sentido de la existencia. Ten\u00edan una casa grande y bonita a orillas del lago, a las afueras de Ginebra. Hab\u00eda cisnes, ardillas, una gata siamesa, \u00e1rboles centenarios, muchas flores en primavera gracias a un primoroso jardinero, una vista inigualable sobre las monta\u00f1as azuladas y las nieves eternas del Mont Blanc. Se trataba, pues, de un matrimonio feliz.<\/p>\n<div id=\"attachment_198\" style=\"width: 546px\" class=\"wp-caption alignnone\"><a href=\"http:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/barco.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-198\" class=\"size-full wp-image-198\" alt=\"Lago de Ginebra\" src=\"http:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/barco.jpg\" width=\"536\" height=\"352\" srcset=\"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/barco.jpg 536w, https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/barco-300x197.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 536px) 100vw, 536px\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-198\" class=\"wp-caption-text\">Lago de Ginebra<\/p><\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; \u00c9rase una vez, un matrimonio feliz. \u00c9l la amaba por encima de todas las cosas; ella le correspond\u00eda cort\u00e9smente. \u00c9l trabajaba muchas horas para ganar el pan; ella lo com\u00eda sin remilgos y ped\u00eda m\u00e1s. \u00c9l se iba al banco a las siete de la ma\u00f1ana; ella se quedaba en casa meditando sobre el<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/2013\/11\/02\/el-secreto-del-amor\/\">Read More\u2026<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":49,"featured_media":191,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","enabled":false},"version":2}},"categories":[1],"tags":[16,17,9,19,10,52,18,15,14],"class_list":["post-188","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-otras-entradas","tag-amor","tag-arturo-villarrubia","tag-autora","tag-cuento","tag-escritora","tag-helena-cosano","tag-relato","tag-secreto","tag-yoga"],"jetpack_publicize_connections":[],"jetpack_featured_media_url":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/files\/2013\/11\/Foto-de-Helena-Cosano-por-Arturo-Villarrubia1.jpg","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p2Z2N6-32","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/188","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/users\/49"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=188"}],"version-history":[{"count":9,"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/188\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":202,"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/188\/revisions\/202"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/media\/191"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=188"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=188"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.culturamas.es\/helenacosano\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=188"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}