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Los enamorados

Se dieron el primer beso a los 10. Fue un beso inocente acompañado de risas y carcajadas a su alrededor. Los enamorados, los llamaban.

Él, tímido, pelo negro revuelto que ocultaba sus orejas de soplillo y una sonrisa que cautivaba. Ella, rubia, pecosa y resuelta. Al primer beso le siguió otro a los 11 y unos cuantos más a los 12. Se veían en verano, en un pueblo de la costa al que ella acudía con sus padres desde los 4. La playa, el agua y un cubo de arena los unió, y tras el primer año se volvieron inseparables. El primer beso era lo esperado, y los amigos lo sabían. Con los que crecieron y recorrieron en bicicleta las calles del pueblo. Con 14, ambos descubrieron el mundo de las sombras, el de la intimidad en rincones oscuros donde los besos venían acompañados de algo más. Furtivas caricias que servían para reconocer el terreno. El que se dejaron explorar a los 15, sin ningún pudor, y conquistar con 16. Ya no eran niños, y el sentimiento de amistad inicial se convirtió en cariño, el cariño en complicidad y la complicidad en amor. Con 17 supieron que estaban destinados el uno para el otro.

Hasta que llegó el último verano.

La luna fue cómplice de su pasión junto al mar, en la pequeña cala que tanto les gustaba. Las olas iban y venían como el ímpetu de él vaciándose en las entrañas de ella. Después vino la confesión, abrazados sobre la arena.

 
—Me marcho al extranjero —le confesó ella.
 
—¿Por qué? —replicó él, sorprendido.
 
—Mi padre quiere que estudie. Me ha conseguido plaza en una buena universidad.
 
—Pero, pero… —balbuceó él—. ¿Y todo aquello de que serías actriz, que recorreríamos el mundo para hacer películas…?
 
—Allí haré teatro. He contactado ya con un grupo y me han admitido —dijo sin mirarlo. No podía. Los ojos que la pedían ayuda quemaban demasiado.
 
—Pero… —Él dudó si hacer o no la pregunta. Suspiró, y al fin, tras pensarla unos segundos, la lanzó—: ¿volverás?
 
Ella empezó a llorar. Se levantó y corrió hacia un extremo de la cala, donde él la alcanzó. Entre sollozos, con la cabeza hundida en el pecho del chico, le confesó lo que no quería decir.
 
—Mis padres han puesto la casa en venta. Se van.
 
Se prometieron amor eterno bajo la luna y el arrullo del mar como compañía. Maneras y momentos para verse, planes para compartir el tiempo juntos en vacaciones, confidencias, planes, deseos. Los primeros viajes dieron paso a las llamadas telefónicas y finalmente las cartas constituyeron el único cordón umbilical que los unía. Por ellas supo él que ella ya hacía giras con el grupo de teatro, que terminaría los estudios para satisfacción de su padre, aunque nunca los desarrollaría de manera profesional; que vino un director, después otro, alguna cosa en el cine… La distancia. El olvido. El éxito y la fama para ella; una vida normal, insípida para él.
 
Dejó de saber de ella. No hubo cartas ni tampoco llamadas. Sí películas. Ella era toda una estrella y él se animó a ver la última que protagonizó. Una historia de amor en un pueblo de la Costa Azul. Carreteras retorcidas, amores paralelos, puestas de sol y Martini seco para acompañarlas. Se sentó en la butaca y sus ojos se humedecieron al verla. Lo hacía siempre, no podía evitarlo. La escena inicial de la playa le pudo. Ella salió del agua y se acercó hasta un hombre que la esperaba con una toalla en la mano. El hombre la secó con calma, tomándose su tiempo; besándola los hombros con delicadeza. Ella se giró y lo encaró. Lo besó tiernamente, acariciándole las orejas. Él, sentado en la butaca del cine, se limpió las mejillas con el dorso de la mano derecha.
 
—Algún día besaré a muchos hombres, pero siempre que lo haga así sabrás que beso al hombre que más quise en la vida.
 
Fueron las últimas palabras que le dijo la noche que se vieron en la cala. Ese hombre era él. Y ya nadie podría quitarle el placer de saberse amado por la actriz más famosa del mundo.
 

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