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Cónclave

No debe resultar sencillo elegir un líder, la cabeza del Estado o el primer ministro. Más fatigoso se me antoja, cuando quienes tienen que elegirlo no comparten un interés común si no que se ven movidos a actuar por otras razones, no siempre congruentes con el bien general. Y sin embargo, asegurar el procedimiento sucesorio es uno de los pilares de todo sistema político. La monarquía establece la sucesión hereditaria, en las dictaduras de partido lo elige el órgano central del mismo, en los regímenes presidencialistas democráticos, es quien obtiene más votos en unas elecciones, en las democracias representativas, lo elige el parlamento y en las revoluciones se cambian y suceden a golpe de bomba o de cuchillo. Por turnos y también por sorteo, insaculando, han sido métodos utilizados y lo cierto es que, viendo la lista de reyes y presidentes que hemos tenido, el puro azar no la podría empeorar.

La Iglesia católica, que en esto de elegir, lleva casi dos milenios eligiendo, no ha estado libre de esta problemática. El caso más llamativo, fue la “sede vacante” a la muerte del Papa Clemente IV. Durante treinta y cuatro meses, los cardenales que debían elegir al nuevo Vicario de Cristo, no se pusieron de acuerdo. La tradición establecía que la elección debía tener lugar en la ciudad en la que hubiera muerto el anterior, en este caso la ciudad de Viterbo. El año: 1268. Cansados los ciudadanos de dicha ciudad de tanto desacuerdo, decidieron azuzar a los cardenales con medidas drásticas, pero efectivas.

Efectivamente, los cardenales fueron encerrados en el Palacio Papal, palacio al que se le quitaría hasta el tejado pues, como dijo Juan de Toledo: “Vamos a descubrir la habitación, o sino el Espíritu Santo nunca llegará a nosotros”. Así, apartados del mundo, se les entregaba la comida por un ventanuco. Al tercer día se reducía a una sola comida diaria y a  partir del octavo día sin fumata blanca, se les racionaba la alimentación a pan y agua. Fueron también privados de los pagos hasta que no eligieron nuevo Papa.

No veo tan descabellado encerrar a los Diputados en un lugar incómodo, privarles de alimento y de redes sociales, por supuesto de sus sueldos, hasta que no elijan Presidente del Gobierno. Esto es un cachondeo.

Salud.

www.oscarprieto.com

 

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