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Contra el ‘boom’

 

Se ha cumplido medio siglo del año de gracia de 1962, cuando la novela de Mario Vargas Llosa La ciudad y los perros recibió el premio Biblioteca Breve y se dio por oficializado un fenómeno, el del llamado boom latinoamericano, que la crítica y el marketing editorial (entonces ya se empezaba a hacer difícil lo de discernir las fronteras entre ambas cosas) vertebraron en torno a una especie de tetramorfo configurado por las figuras del propio Vargas Llosa y de otros tres escritores sudamericanos que también sacaron libro por aquellas fechas: Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quién le escriba), Julio Cortázar (Historias de cronopios y de famas) y Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz). Que la ocurrencia triunfó lo certifican el hecho de que sigamos hablando de ello cinco décadas más tarde y la frecuencia con que los suplementos culturales de los periódicos y no pocas revistas culturales dedican páginas y páginas a preguntarse qué fue del boom, quiénes son hoy los herederos del boom, cómo fue evolucionando y muriendo (si es que lo hizo) el boom, qué criaturas ha acabado pariendo el boom, etcétera, etcétera, etcétera. Del éxito mediático del invento dan fe muchos de los acontecimientos que sucedieron a aquella eclosión protosesentera (el boom sucedió el mismo año en que nacieron Los Beatles, que también eran cuatro; no sé si alguien había reparado en el asunto alguna vez): García Márquez y Vargas Llosa han ganado el premio Nobel (el segundo hace bien poco) y Carlos Fuentes se convirtió en una especie de intelectual de referencia para ciertas élites de izquierda que encontraron en las páginas que escribía su mejor justificación ante la Historia, y también ante sí mismas. Al pobre Cortázar, que quizá fuese el más auténtico de todos, no le dio tiempo a mucho: murió en la década de los ochenta por un lamentable error médico, pero la posteridad también le ha sido benévola. Díganme, si no, cuantos de ustedes han conseguido pasear por las calles de París sin fantasear con un hipotético encuentro con La Maga en el Pont des Arts, cual errabundos Oliveiras exiliados de su propia intrahistoria. Supongo que muy pocos, o casi nadie. No se preocupen. Nadie está libre de pecado.

No pretendo (Dios me libre) quitar mérito a los autores que acabo de mencionar. A todos estimo en gran medida y con casi todos (Fuentes nunca me ha motivado mucho) he disfrutado muchísimo como lector. Lo que pasa es que, si alguien me pidiera que dijese los nombres de cuatro escritores latinoamericanos que hayan removido realmente las corrientes literarias del siglo pasado, no se me ocurriría mencionar a ninguno de ellos y sí nombraría, en cambio, a otros cuatro que estuvieron antes y que fueron quienes verdaderamente sentaron los mimbres de todo lo que habría de venir después. Porque es cierto que La ciudad y los perros y Conversación en la catedral son dos obras magníficas, pero también que palidecen un poquito si se las compara con El astillero o Los adioses, de Juan Carlos Onetti; del mismo modo, resultan innegables los méritos del primer Carlos Fuentes, pero se quedan en nada si se piensa que antes estuvo un señor llamado Jorge Luis Borges escribiendo sus Ficciones o El Aleph; Rayuela despliega una narración sugerente, evocadora y llena de pliegues tan deliciosos como memorables, pero su universo no admite comparación con el que engendró el mexicano Juan Rulfo en dos libritos tan redondos como son Pedro Páramo y El llano en llamas; y, qué quieren que les diga, pese al cariño que le tengo a Cien años de soledad y al torrencial árbol genealógico de los  Buendía, siempre pensaré que no se la puede considerar la gran novela latinoamericana del siglo XX porque esa distinción le corresponde a El siglo de las luces, del inmenso Alejo Carpentier.

Hay más autores, evidentemente (no he citado a Sábato, ni a Asturias, ni a Uslar Pietri, como tampoco he mencionado a Cabrera Infante, Donoso o Roa Bastos), pero he querido distribuir la cosa en grupos de cuatro para hacer más evidente, y permitan que exagere, la injusticia. Porque no seré yo quien niegue la pericia literaria del póker de ases con que se ha querido corporeizar el auge de la literatura sudamericana a lo largo de la pasada centuria, pero sí creo que, más que inaugurar una tradición, lo que hicieron aquellos cuatro magníficos fue seguir un hilo que ya había comenzado a enhebrarse y aprovechar el ovillo para forjar un incipiente star system que les ha dado buenos réditos.  Tengo para mí que, cuando se habla de la conmemoración de los 50 años del boom, lo que realmente se celebra no es tanto la irrupción de un fenómeno literario como la consagración de una hábil maniobra publicitaria. Porque la leyenda dice que en 1962 aquellos jóvenes cachorros descubrieron un nuevo mundo de metáforas con su llegada simultánea a los escaparates de las librerías, pero la realidad es que cuando sucedió tal cosa, y perdonen la osadía, la revolución ya la habían empezado otros.

 

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