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Catequesis obrera

No soy un entendido de la Semana Santa. Realmente, no soy especialista en nada que huela a santidad. Al contrario. Creo que, de haber coincidido en el tiempo histórico de Jesús, el pobre habría acabado por darme como un caso perdido.
Sin embargo, hoy, ya que se acerca la Semana Santa, les voy a hablar de una anécdota ocurrida en Cartagena hace unos años durante este período pasional.
Verán, en otras partes de España se es de izquierdas o derechas, del Madrid o del Barsa, de la playa o la montaña. En Cartagena no. En Cartagena, desde niño, eres cali o marra, según pertenezcas o te identifiques con la Cofradía California o la Cofradía Marraja; esto claro está, con el permiso de las otras dos cofradías penitenciales: la del Cristo del Socorro y la del Resucitado.
Si ustedes visitan Cartagena en Semana Santa, con un poco de suerte, podrán escuchar un diálogo revelador de lo que significa en mi tierra esta época sagrada para la gente de la calle. Les dejo una joya costumbrista real, que escuché al paso del trono de una Virgen, en una calle llamada: las Puertas de Murcia, entre un líder sindical de visita en la ciudad y un conocido izquierdista amigo mío que tuvo que recibirle y acompañarle durante esos días.
Disculparán que omita el nombre de mi paisano, solo diré, que nació y vive en el humilde barrio cartagenero de los Dolores.
En la conversación, el forastero, muy moderno él, le echó en cara a mi viejo amigo su religiosidad, cuando éste, le invitó a ver una procesión…
–Muy bonita la ciudad. Y el puerto. Pero no sabía de tu afición a estas cosas de los curas –largó el adalid de la lucha de clases.
–Pues sí. De crío me apuntaron en la cofradía y desde los dieciocho soy portapasos de la Virgen de…
–¿Qué? ¿No me digas que sacas a hombros a una Virgen? –cortó–, ¡Las vírgenes están para desvirgarlas, compañero! –rio soez el incansable defensor de los derechos de la mujer trabajadora.
Mi amigo aspiró una última calada a la pava del pitillo antes de arrojarla al suelo, después lanzó un gargajo y a continuación, le dio un piadoso consejo al chico recién llegado:
–Escúchame… compañero. Antes de que tú nacieras, los grises ya me habían tirao´ al suelo cuatro dientes a gomasos cuando nos encerramos en el astillero de la Basan a pelear por nuestros derechos. Me he dejado más de media vida en las tripas de los barcos, trabajando a cuarenta grados, pa´ darle de comer a mis tres hijas. Me han puteado bien unos y otros, pero no creo que Cristo sea el culpable. De la maldad y las injusticias, somos responsables nosotros y nadie más. Yo me cago en los bancos y en el capital, en la derecha y en el ABC, me cisco en Franco y en su calavera. No soy un meapilas ni un santurrón. Soy rojo y me moriré rojo a mucha honra, pero cinco generaciones de mi familia han sacado a la Virgen a la calle y si le faltas al respeto a la Madre de Dios, te juro por mis muertos que te arrastro por la calle como al Chipé, te arranco la cabeza y me hago con ella un cenicero… ¿Me has entendío, nene? –aclaró el rojales.
–Glubs –resumió el Marx de todo a cien, antes de mostrar un sorprendente y repentino interés por la imaginería sacra de la Semana Santa cartagenera.

 

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