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Portishead, entre la agonía y el éxtasis.

Desde la cómoda lejanía del graderío, y en la mejor compañía posible, observo la arquitectura del nuevo Palacio. Me fijo en el techo, en los laterales, en las columnas de altavoces. En la gente que ya abarrota la pista central y toda la grada de detrás. Todo el coctel está preparado para soportar la carga de emociones y decibelios. Allí mismo, algunos años atrás –quizás demasiados­– un chaval de dieciséis años asistía por primera vez a un concierto de un grupo del que apenas se sabía cuatro canciones. Acababan de sacar su cuarto disco, New Jersey, y ya se empezaba a adivinar el terrible derrotero que tomarían los que por entonces eran un grupo de heavys rompedores. Pero en aquel entonces eso nadie lo podía imaginar. Ni nosotros, ni seguramente ninguno de los que esa noche poblaban el viejo pabellón sentados alrededor de sus litronas de cerveza, metiéndose rayas de coca y fumando porros cuyo humo embriagador se elevaba en enormes columnas blancas hasta la techumbre metálica presagiando un acontecimiento de lo más chungo y tenebroso. Yo nunca me había visto en una igual. Por entonces, tener el pelo cardado y tatuajes en los brazos era el súmmun de la maldad, no digamos fumar porros o meterse rayas de coca.

Ese día ya quedó anclado en la memoria. O en el olvido, que no todo debe permanecer. Quizás esto sí, aunque sólo sea para recordar lo mucho que han cambiado las cosas en veinticinco años. Los amigos con los que fui, que ya no sé dónde están; yo, que tampoco sé dónde estoy; el antiguo palacio de los Deportes, que fue pasto de las llamas; los pelos cardados, que también han desaparecido. Incluso el líder de aquel grupo llamado Bon Jovi ahora se tiñe su precioso –y cortito– pelo rubio para cantar baladas a sus nuevas grupies, que ahora son veinteañeras pijas que sudan con olor a Channel.

En eso andaba yo pensando minutos antes de que la impresionante voz de Beth Gibbons abriera la caja de los truenos y de las emociones.

Las expectativas que tenía el viernes a las 9.30 de la noche no eran muy altas. No es que no me gustara Portishead, es que solamente había escuchado el primero de sus discos, que era muy bueno, sí, pero que era también demasiado lento como para imaginarme un concierto plagado de canciones de semejante calado. No sabía mucho más. Bueno, sí, que desde el lanzamiento de aquel primer disco habían pasado veinte años, que en esos veinte años habían publicado tan solo otros dos álbumes, y que esta era la primera vez que tocaban en Madrid.

Pero en cuanto empezó el concierto se disiparon todas mis dudas. El grupo fue alternando la lentitud, la suavidad y la profundidad de las canciones de su primer disco, Dummy, con la contundencia casi discotequera del tercero, Third, y con algunas piezas sueltas del segundo. Cuando hablo de lentitud, hablo de latencia, de emoción, de espera; hablo de una voz sublime, rasgada, penetrante, de una agudeza casi imposible, con un acompañamiento perfecto de un grupo que, en estas canciones, y sólo en estas, se volvió sumiso al servicio de esa magnífica voz. ¡Y ese tempo! ¿Decía antes que eran lentas? Pues en el concierto del viernes las hicieron más lentas todavía, hasta que la voz casi no se podía sostener, pero se sostuvo, y se agrandó, y lo inundó todo proporcionando una experiencia cercana a la perfección musical.

Así que estaba equivocado. Aunque no del todo. Porque la consecución sin medida de canciones del calado de It’s a fire, Numb, Wandering Star, e incluso Roads, todas del primer disco, dejarían un buen sabor de boca, pero sin duda insuficiente. La guinda del pastel la pondría el propio grupo, al aportar su contundencia atronadora en las canciones más drásticas y movidas de su repertorio, las que pertenecen al tercer disco. No es que decayera la voz de la Gibbons, desde luego que no, es que todos los demás, batería, bajo, guitarra, y los propios técnicos de sonido y de luces, se elevaron hasta el infinito. La suavidad dio paso entonces a golpes nítidos de bajo, a la contundencia de la batería, a guitarras estridentes, todo aderezado por una iluminación impecable y unas imágenes proyectadas en la pantalla de detrás del escenario que pocas veces se ha complementado tan bien con lo que se estaba escuchando. Un sonido impecable que en Madrid solo es posible escuchar en un recinto como el palacio de los Deportes. Un sonido tan drástico y contundente que en un momento del concierto –pero solo en un momento– pareció que se les iba de las manos; cuando los timbales de la batería, la estridencia musical y los flashes apabullantes provocaron un cáos musical inimaginable veinte minutos atrás, cuando Beth, sentada frente al guitarrista, con la cabeza agachada, desgranaba con pasión las notas de Wandering Star.

Tampoco esa contundencia impresionante a la que me refiero soportaría una hora de concierto. Pero el contraste vendría pronto. Tras el apocalipsis del sonido, vendría otra vez la suavidad con Glory Box. Tan suave, tan intensa, tan sincera, que hasta una burda grabación con móvil es capaz de captar el momento sin contaminarlo demasiado.

Una hora y cinco minutos después, el grupo se retiró del escenario, tras un Thank you very much de Beth Gibbons que sonó casi como un llanto.

Pero aún faltaba lo mejor.

Dos bises. Solo dos. Primero Roads, y para finalizar Carry on. La segunda no la conocía, pero para mí fue la segunda mejor canción de la noche. Digo la segunda, porque la anterior, Roads, aportó el momento más sublime. Pensaba que era difícil mejorar la canción original –quizás el tema más reconocible de Portishead–, pero volví a equivocarme. La intensidad de esa voz rota e inmensa alcanzó aquí cotas insuperables. Acompañada por el sonido incesante del bombo, por la imagen de su cara en la pantalla que se distorsionaba con cada nota, y por tres notas al órgano, que después serían muchas más, inundando el palacio y acoplándose a la voz de Beth Gibbos hasta llegar casi al éxtasis musical. Y acompañada también por ese público, tan variopinto, original e inclasificable, que fue capaz de observar sin ser protagonista, de callar en lugar de cantar y emborronarlo todo, quizá paralizado por la perfección musical, por el cúmulo de sensaciones, por la dificultad de esa lentitud inusitada en las canciones más conocidas, o por el respeto hacia esa voz que no necesitaba coros.

Pocas veces me ha emocionado tanto un concierto.

Por eso me alegra que Silvia y David (que no se pierden una), que Olga, Laura, Luis, Marcos o Angel estuvieran también allí.

Por eso me alegra que tú estuvieras allí.

Y pensar que tres horas antes ni siquiera habíamos comprado las entradas…

 

Esto fue Roads:

 

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