Un mar de emociones

Un mar de emociones

Por Silvia Pato (@SilviaP3)

Navegamos cada día en un mar de emociones que no todos llegan a experimentar. Los años, aun cuando suele creerse que nos endurecen, lo hacen en su forma, pero no en su fondo. Normalmente, aunque no siempre sea así, cuanto más hayamos vivido y más hayamos sufrido, más empatizaremos y sentiremos el dolor de los otros como propio.

Al fin, lo que provoca el paso del tiempo no es eso que muchas veces escuchas de crío, cuando te dicen que las cosas que te han hecho sufrir no te importarán en el futuro; lo que pasará es que aprenderás a vivir con ellas.

Toda esta reflexión tiene su razón de ser sobre aquellas personas que sienten este tipo de sintonías emocionales. Somos tantos y tan distintos, que el mundo está lleno de gente que no le concede demasiada importancia a ese aspecto de nuestras vidas, a los sentimientos o a las relaciones personales en todos sus ámbitos. Esta sociedad, al fin y al cabo, nos empuja a valorarnos por el éxito laboral, la capacidad adquisitiva y la posición social. Imagínense, ¿dónde queda en ese listado la ética, la honestidad y los sentimientos?

Quien no conecta con esa parte emocional que mantiene un sano equilibrio psicológico en su vida (recordemos que mirar para otro lado jamás ha hecho que los problemas desaparezcan), nunca entenderá las lágrimas, la decepción o el sufrimiento en los ojos de otro. Le parecerán exagerados, le resultarán cansinos, incluso puede acusar a alguien de estar mal de la cabeza. Tal es el grado al que hemos llegado en este sistema nuestro, donde se ocultan las emociones y se enmascara el rostro en un mundo feliz, como el de Aldous Huxley.

Al margen de lo que tengamos o consigamos en esta rueda que es la vida, en la que hoy estás arriba y mañana abajo, y luego vuelves a subir, nuestra lista de prioridades nos articula a la hora de tomar cada día las decisiones que condicionan nuestro futuro, desde las más nimias a las más importantes. Todas son igual de respetables, pero han de ser, si apreciamos un poco a aquellos que nos rodean, sinceras y coherentes.

La ironía es que este mundo está lleno de causas para sufrir si a uno le importan los demás. No obstante, por el mismo motivo, quien navega en un mar de emociones tiene infinitas razones para sonreír y sentirse dichoso. Ambas situaciones dependen, aunque no por igual, tanto del azar y de los otros, como de nosotros mismos.

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Para ser justos con aquellos que no navegan en esas aguas, hay que reconocer que no todos obran así por el mismo motivo. Dejando a un lado problemas de salud más serios, algunos no lo hacen por la escala de valores que poseen, lo cual no tiene nada de malo si no lo ocultan; pero hay otros que no se sabe muy bien por qué actúan de esa forma. ¿Egoísmo? ¿Miedo? ¿Comodidad? ¿Hábito? ¿Mantenimiento de roles adquiridos, en el caso masculino, sobre la debilidad que implica mostrar las emociones?

En base a esto último, y reconociendo que todavía hay quien educa diciendo que los niños no lloran, y que es de fuertes ocultar los sentimientos y alimentar la imagen de «tipo duro», deberíamos de enseñar de una vez por todas que es todo lo contrario.

Hay un momento en la vida en el que se comprende que es un signo de fortaleza expresar lo que se siente, con vehemencia, con respeto y con cuidado hacia la persona que tenemos delante. Nunca sabemos cuál va a ser la respuesta, así que para expresarse e interactuar hace falta ser valiente, además de estar seguro de lo que se siente y de lo que se defiende.

La gestión de las emociones, buscando la frontera saludable entre los extremos de la represión y la incontinencia, es una ardua tarea que aprender y que enseñar a lo largo de la vida. La educación es fundamental para ello. Y aunque se pueda minimizar constantemente su importancia, imaginemos cómo sería este mundo si la gente empatizara y expresara su sentir cuando ha de hacerlo, poniéndose en el lugar del otro, en este universo de las redes sociales, del caos diario y de las complejidades que la vida nos trae a medida que cumplimos años.

Algunas personas navegamos en un mar de emociones alimentando nuestra resiliencia; otras no llegan siquiera a mojar en la orilla sus pies. Y, aunque no sepamos el por qué, para no hacernos daño debemos asumir que, muchas veces, ellas tampoco quieren conocer la respuesta.

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