El otro lado del silencio

El otro lado del silencio

El silencio es un tesoro cada vez más difícil de disfrutar cuando estamos acompañados, aislados en medio del ruido, olvidando lo maravilloso que puede llegar a ser; pero no siempre es así.

Existen dos tipos de silencio. El primero de ellos es aquel luminoso y placentero, un silencio compartido; el segundo es, sin embargo, oscuro y frustrante, simplemente, dañino.

El silencio compartido se produce entre dos personas que, sin decirse nada, ya pueden decirse todo. Se comprenden, se comunican con una mirada y viven instantes de complicidad cuando se encuentran a solas o cuando, en el medio de la gente, se buscan y se miran, y sin mediar palabra, perciben la conexión con el otro; o ese silencio tan hermoso que se produce entre dos almas que, a pesar de querer decirse todo, todavía no han osado a decirse nada, ninguna dispuesta a dar el primer paso.

Ese es el silencio que se exalta en las frases, sobre el que escriben los poetas y el que se menciona al hablar del amor o de la amistad; un silencio al que sólo se llega a través del vínculo de las confidencias anteriores, de las vivencias comunes y del tiempo.

Pero el otro silencio es más inquietante. Duele. Todos lo hemos padecido. Se produce en esas ocasiones en que uno habla y el otro opta por callar. Da igual cuántas veces se insista, porque el interlocutor ha decidido guardar silencio, ha concluido sin más que no mereces oírle o pone fin a una conversación sin siquiera decir que lo ha hecho. Puede ser en un diálogo cotidiano o una conversación importante, pero ese silencio nunca es agradable.

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FUENTE: Pixabay

Mientras en el silencio cómplice nadie habla, pues ninguno ha iniciado una conversación, en este otro lado del silencio, el acto de comunicación se ha iniciado, pero el hablante siente la frustración de no obtener respuesta alguna.

Quien opta por callar ni siquiera comprende el dolor que causa. Quien opta por no despegar los labios ni siquiera imagina el dolor que provoca en los oídos de aquel que espera una respuesta, lo menospreciado que puede llegar a sentirse o la poca importancia que se le concede.

Quien opta por callar escoge no implicarse. Al fin y al cabo, somos esclavos de nuestras palabras, nos comprometen y todos somos conscientes de que en el futuro podrán recordárnoslas.

No es fácil lidiar con ese silencio que todos sufrimos en distintos momentos y ámbitos de nuestra vida. Seguramente, lo menos dañino sea guardar las distancias con esas personas que apenas se asoman a sus propios ojos, al menos, mientras no se arriesguen. Hace más daño una palabra no dicha que una verdad declarada. Aquella da lugar al eterno tormento de las suposiciones; esta, en cambio, concede una realidad que afrontar y una decepción que asumir. Créanme, es menos cruel. Más rápido.

Curiosamente, los que se refugian tras el silencio, los que se escudan en esa actitud, a menudo, cobarde, frente a quien osa ir de frente y preguntar, terminan acusando a este último de no comprenderle, exigiendo dotes de adivinación y tomando decisiones en base a cómo creen que respondería la otra persona si ellos optaran por decir las cosas en voz alta en vez de permanecer en silencio. En definitiva, responden por ti, y terminan siendo tan injustos para con los demás como para sí mismos, porque, por si todo eso no fuera suficiente, quien empieza a responder por los otros sin preguntarles, lo acaba convirtiendo en un hábito.

No somos adivinos. No se puede pretender que una persona actúe de forma determinada cuando ni siquiera conoce las circunstancias que deberían condicionarla. No podemos exigirles a los demás que hagan lo que no hemos tenido la responsabilidad de hacer por nosotros mismos. Para bien y para mal, no se sabrá nunca lo que nunca digamos.

Supongo que, siendo consciente de todo eso, uno siempre procura responder, en mayor o menor medida, dependiendo del grado de confianza que el interlocutor se haya ganado, a esos diálogos que mantenemos cada día en nuestra relación con las personas que nos rodean; pues responder implica tener en valor al resto del mundo. Nunca sabremos si nuestro silencio cae como una tromba en el pequeño universo de alguien.

No podemos pretender ser comprendidos cuando ni siquiera nos hemos explicado.

Como resultado, es imposible relacionarse de verdad con las personas si ni siquiera nos mostramos. Y para aquellos que no lo aprecien una vez lo hayamos hecho, es probable que ni siquiera tengan nuestro silencio, porque, seguramente, ya no se merecerán nuestro trato.

Así que, cuando no obtengan respuestas, cuando esas contestaciones no lleguen nunca o si, cuando lo hacen, se refieren a cosas que ni siquiera han preguntado, en vez de responder a aquello que sí deseaban saber, recuerden que ustedes no tienen el problema. El problema es del otro. El problema es de quien actúa así. Bastante energía han gastado ya intentando entender a quien ni siquiera se entiende a sí mismo. Suya es la decisión de abrir las ventanas, de tenerlas entreabiertas o de cerrarlas para siempre. Y recuerden, nunca exijan más de lo que estén dispuestos a dar, pero jamás se conformen con menos.

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