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(N)everest

Hay sitios a los que no deberías ir, cosas que no deberías hacer… y películas que no deberías ver. O guiones que no deberías rodar. Porque te puedes despeñar, sobre todo si la acción se desarrolla en el pico más alto y peligroso del planeta: el EVEREST.

El cine se nutre de tragedias. Porque al público le encantan. Por eso es tan complicado ver una película “basada en hechos reales” que acabe bien. Y entiendo por “bien” que el “final feliz” de unos no sirva de consuelo al trágico desenlace de la mayoría, o que vaya más allá del ensalzamiento de la amistad, el compañerismo, el afán de superación, la capacidad de levantarse tras cada nueva caída, bla, bla, bla… Todos ellos valores que están muy bien. Sobre todo en pantalla GRANDE. Con música épica. Imágenes impactantes…

Emoción en vena.

Pero rodar una película basada en una tragedia real con un final feliz para unos y fatal desenlace para otros donde todos y cada uno de esos valores terminan pisoteados hasta el punto de convertir a los que murieron en unos gilipollas y a los que sobrevivieron en unos cobardes… tiene delito. Más aún por ensuciar la memoria de los primeros y la imagen de los segundos. Y el motivo solo puede ser uno: que los personajes no están bien escritos. O dos: que ciertas situaciones (quizá “normales” para los que realizan escalada “de altura”) no están bien explicadas. Me basta un ejemplo:

Uno de los miembros de la expedición no puede continuar el ascenso a la cima. El organizador le dice que se detenga y descanse media hora, tras lo cual o baja al campamento o reinicia el ascenso. El tiempo pasa, las cosas en la montaña se ponen muy jodidas… pero el colega ni sube ni baja. Hasta aquí, vale. Pero cuando la situación empeora aún más y son varios escaladores los que al descender (por un motivo u otro) pasan junto a él, ya casi sin conocimiento y, a medida que pasan las horas, enterrado en más y más nieve, ¡nadie le ayuda a bajar! Con conversaciones en medio de una tormenta de tres pares de cojones (y no exagero) del tipo:

– Nosotros bajamos ya. ¿Qué haces tú?

– Nada. Voy a quedarme aquí un rato.

Como si estuviera esperando el autobús.

Lo peor del asunto es que los que han pasado de largo, cuando llegan al campamento e intentan recuperar el aliento (que sí, que lo han pasado fatal)… no tienen ni un atisbo de remordimiento por haber dejado atrás a un compañero, más tirado que una colilla.

Bien, ahora es cuando alguien dirá, “joder, quizá ocurrió así”.

Y yo diría que, coño, en ese caso, los personajes no deberían quedar como unos gilipollas o unos cobardes… ¡sino ser retratados como tales!

Cada una de las decisiones que los personajes toman en el tramo final (el de la tragedia) no están ni justificadas, ni explicadas. Una tras otra. Convirtiendo la épica en desconcierto y la emoción en frialdad. Pero no en vena. Sino cerebral.

Parece increíble que K2, una película de 1991 sin grandes efectos especiales (aún no había llegado la revolución digital, así que las películas parecían películas, no videojuegos), sin grandes estrellas protagonizándola (Michael Biehn tuvo su momento de gloria con Terminator y Matt Craven siempre será “el tío ese con gafas”) y sin estar basada en hechos reales (en realidad era una adaptación de… ¡un montaje teatral!) parezca una obra maestra comparada con esta superproducción con unos efectos paupérrimos (que a estas alturas le veas el truco a un croma es de juzgado de guardia), repleta de caras conocidas que transmiten menos emoción que un partido de fútbol narrado por un Borbón y que se trae entre manos un suceso real con unas interesantes implicaciones morales (la testarudez confundida con el valor) y económicas (la explotación de los nativos a manos de empresas y turistas que han convertido un paraje natural de esa envergadura en parque temático) que para su director (y guionistas, productores…) no existen. O no tienen cojones de afrontar.

Pero que a nadie le sorprenda, a fin de cuentas, ¿qué se puede esperar de una máquina de churros… salvo un churro?

 

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