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La Teoría de la Conspiración

– Había empezado la universidad, Periodismo, y me fui a la comisaría del barrio para hacer un trabajo de clase. Allí, un policía muy amable me dice que voy a hablar con el secretario, me mete en un despacho y, a los pocos minutos, aparece un tío de uniforme, con gafas, regordete, de pelo canoso y que no paraba de fumar tabaco negro. Y se puso a hablar, pero no de lo que yo le preguntaba- “Joder, ni siquiera me acuerdo de eso” -. No, aquel tío estaba tan quemado como sus pulmones, se sentía…- “Tenías que haberle visto, vamos camino de convertirnos en lo mismo” -, impotente. Y de su boca comenzó a salir toda la mierda, esa mierda que tú y yo ya conocemos pero que a mí, con dieciocho años, me impresionó un huevo- “La lista es larga y de categoría” -. Que si todos saben dónde están los camellos pero no se hace nada porque a los dos días están en la calle; espadas caseras de metro y medio que según el juez son para defensa personal; un compañero suspendido de empleo y sueldo, sin dinero para sacar adelante a su familia, por haberle pegado un tiro a un hijo de puta que le atacaba con un machete…

– Así que periodista…, ya te veía yo cara de mentiroso. Deberías ir a ver a ese tío y darle las gracias por haber cambiado tu vida y hacer de ella algo maravilloso.

– Fui a verle cuando entré en la academia, para decirle que iba a cambiar las cosas y todas esas chorradas que todos pensamos cuando empezamos. Pero no estaba, ni rastro de él.

– ¿Cómo que ni rastro?

– ¿Sabes lo que me dijeron? Que allí nunca había habido un secretario. Lo dijo el oficial de guardia, con una mala hostia que cualquiera se pone a discutir con él. Así que puse cara de gilipollas y me largué intentando imaginar a qué coño venía todo aquello.

– Suena a cachondeo.

– A mí me suena a otra cosa- da un trago al cubata y regresa a aquel despacho destartalado con estanterías repletas de secretos. Allí vio por primera vez una papelina; nunca pensó que lo hiciera de manos de un policía -. No sé, lo que más me he preguntado es por qué me contó aquellas cosas. El tío decía en broma “No tendrás una grabadora, ¿verdad?”, y a los dos segundos me decía que las operaciones antidroga se montan para mantener contenta a la opinión pública, mientras se permite que los cargamentos más importantes entren en el país sin que nadie mueva un dedo por evitarlo.

– ¿Y crees que tenía razón?

– Decía que él, cuando estaba en un bar tomando algo, como nosotros ahora, tenía miedo. Miedo a que pasara algo, a que entrara algún cabrón, algún atracador… Si intervenía y a algún civil le pasaba algo, a tomar por culo. Y si no intervenía y alguien se enteraba de que había estado allí, a tomar por culo también.

– Y tenía más razón que un santo. Pero, ¿qué quieres decir con “a mí me suena a otra cosa”?

– ¿A qué te suena a ti que un oficial de guardia niegue, no ya un cargo en la comisaría, sino la existencia de un compañero con quien hablaste dos años atrás?

– Ya sé por dónde vas, La Teoría de la Conspiración, y resulta de lo más graciosa.

– Serán los cubatas- dice apurando su copa. Hace tiempo que aprendió a resignarse -. ¿Otro?

– No intentes ahogar las penas en el alcohol. Las condenadas flotan.

– Da igual, hace tiempo que yo también aprendí a nadar.

 

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