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El final de verano

Menos mal que ya está aquí.

Porque para nosotros es una tortura.

Minifaldas, tirantes, pantalones cortos, ombligos al aire, canalillos, transparencias, tangas, escotes… Salir a la calle es como verte envuelto en un tiroteo. Disparan de todas partes. Y lo único que tienes para protegerte son unas gafas de sol.

Porque no podemos evitarlo.

O te llamarán salido si te pillan mirando.

Porque nos han dibujado así.

Una compañera de trabajo me dijo hace años que odiaba los veranos porque durante tres meses tenía que aguantar las miradas y comentarios de los chavales de su barrio cada vez que se cruzaba con ellos. El motivo:

Sus tetas.

Ocultas tras gruesos jerseys durante la mayor parte del año pero que en verano bailaban bajo sus camisetas como dos chirimoyas en un plato de sopa.

Y tuve que admitir que sí, que es así como ocurre: se nos van los ojos desde que somos unos canijos. Pero que sea bueno o malo depende del punto de vista. Porque si puede ser triste que se fijen en ti solo tres meses al año… más triste es que no lo hagan si una sola vez en doce. Y no porque estemos más salidos que el pico de una plancha… sino porque nos han dibujado así.

Una minifalda ajustada que obliga a quien la lleva a poner un pie delante de otro como si caminase sobre un cable de equilibrista y unos tacones de quince centímetros que elevan el culo por encima del eje natural (porque nadie nace para andar de puntillas) pueden ser muchas cosas… menos cómodo. Pero a nosotros… se nos van los ojos.

Salir a dar un paseo con una camiseta sin mangas y sin sujetador seguramente es la mar de liberador. Y a nosotros… se nos van los ojos.

Llevar la espalda al aire, las piernas… y también la entrepierna (con la brisa ascendiendo por la raja de la falda) debe ser más que refrescante. Y a nosotros… se nos van los ojos.

Y no. No es una cuestión machista. Sino de envidia.

Porque nos encantaría disfrutar de los efectos sexys y prácticos del asunto.

Al fin y al cabo, cuando llega el verano, me levanto para ir a currar y abro el armario, no decido qué me pongo en las piernas, sino qué pantalón. Que ni siquiera puede ser corto. Porque no te permiten ir así a la oficina. Aunque sean de Ralph Laurent. Así que coges un pantalón y te lo pones.

Luego le toca al torso. Pues camisa, polo o camiseta. Botones, medio botón o sin botón. Porque tampoco puedes ir a currar en tirantes o sin mangas. Y no tenemos escotes, ni por delante ni por detrás. Así que coges algo y te lo pones.

Para terminar, los pies. Pues zapatos o deportivas. No hay más tu tía. Nada de medio tacón, tacón o súper tacón. Nada de sandalias. Nada de calzado abierto. No. Nosotros lo llevamos todo por dentro. Bien apretado. Y sudado. Qué le vamos a hacer. Nos han dibujado así.

Para vosotras el verano abre un mundo de posibilidades. A nosotros nos lo simplifica. Y si tenemos el culo caído, nos jodemos. No hay forma de levantarlo. Tampoco con relleno para nuestros pectorales. O lo que nos cuelga entre las piernas. Los hay que se ponen un calcetín… incluso una morcilla de Burgos. Pero que levante la mano la mujer a quien eso le parezca sexy.

Somos simples. Sencillos. Y por eso, a poco que el ambiente se anime… se nos van los ojos.

Y lo sabéis.

Sabéis que vais a causar ese efecto.

Y de nuevo, no es machismo… sino envidia.

Porque nos encantaría saber qué hacer o qué ponernos… para que se os vayan los vuestros.

¿O acaso somos los únicos a quienes dibujaron así?

 

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