Falso rescate

Hemos sucumbido a esta peste de naufragio cultural en el que navegamos hoy sin saber muy bien hacia dónde nos dirigimos. Un naufragio increíble (en el sentido pésimo) e independiente de la realidad. Echamos la culpa de la situación a la crisis económica en la que estamos inmersos, quejándonos bien fuerte de ello pero sin llegar a mover un sólo dedo hacía nuestro interés; y, probablemente, no sea una crisis económica la que nos afecte sino una crisis de valores, dando lugar a dicha catástrofe. El problema no es que ya nadie lea (qué también), el problema está en que ya apenas se venden libros. Antiguamente, y puedo estar hablando de una década antes, cuando alguien se compraba un libro era porque de verdad le apetecía leer, porque tenía empeño en el libro. Ahora si lees, es por obligación (en la medida que sea) para aprobar un examen más del curso, y esto en el mejor de los casos.

Los teatros apenas llenan un tercio de la mitad del público que prefiere invertir en el botellón (término empleado por los jóvenes refiriéndose al consumo de drogas y alcohol en un determinado establecimiento, mientras intercambian miradas, deseos, peleas y, sólo en algunos casos, alguna que otra interacción social). No podemos permitir que, a día de hoy, sea más económico emborracharnos que asistir a un festival de música, a una galería de arte o comprar un libro. Hablo de música clásica y tendemos a asociarla con lo gris, lo aburrido. Muchos dicen que “la música clásica no vende” pero debo recordar si se vendiera el Pop o el Rock como se vende la música clásica, éstos tampoco venderían.

Hablo de música clásica y todos pasan de largo entre risas como si no fuese con ellos; tendemos a tener una concepción por lo clásico un tanto particular (o extraño), asociándolo con lo gris, con lo aburrido. Por ende, nos excusamos con que la culpa es de los jóvenes que ya no leen lo mismo que se leía antes; pero nadie hace nada para evitar tal fracaso. Tan sólo celebramos una feria del libro, en Abril, en conmemoración a algunos genios literatos, y ya es suficiente.

Puede que no haya interés por la lectura, pero ahí estás tú para crearlo. Recuerda que,  el perdón no sirve de nada si no arreglas lo que has roto. Y, en lugar de querer cambiar la situación buscamos todos los medios posibles para convencer de que no hemos sido nosotros quienes tenemos la culpa de que las cosas hayan terminado como han acabado. Aunque sea mentira, y sigamos mintiendo. Por qué incitar a la ignorancia, cuando podemos partir de ella misma hasta hacer entrar en razón. Hasta entonces, sigamos aplaudiéndonos (o hagamos como que aplaudimos) y tengamos en cuenta que el eco sigue siendo más fuerte, que nos llega a ensordecer tanto que nos creemos que nadie dice nada; cuando en verdad, estamos al borde del abismo.

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