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REFLEXIONES DE UNA MUJER CORRIENTE (II)

Ya tengo sesenta años y nueves días. Las horas se suceden como siempre y sin que yo sienta nada diferente a otras horas de otros años. O quizá sí y sólo lo olvidé ¿Sentía antes más alegría? ¿Más pasión? ¿Más confianza? No me acuerdo. Sé metafísicamente, que viví cuando tenía veinte años, sin embargo, la joven que veo en algunas fotografías y la que permanece en mi recuerdo me parece otra persona, pero, a la vez y contradictoriamente, creo que mis ideas de ahora no están tan lejos de las ideas de esa chiquilla que veo sentada en la arena de la playa junto a mi amiga Mª Emilia.

Mi amiga Mª Emilia siempre aparece a mi lado en las fotos de la playa.

Hace años vi una exposición fotográfica en la Fundación Mapfre, en la que el autor exponía unas cuarenta imágenes. Lo curioso es que quienes aparecían en las fotos siempre eran las mismas cuatro personas –su mujer y las tres hermanas de su mujer- y en poses muy similares. El fotógrafo había ido tomando una instantánea de las cuatro mujeres cada año de sus vidas. En contra de lo que pudiera parecer –mismas personas, misma composición-, la exposición no era ni mucho menos monótona. Al contrario, resultaba magnética y adictiva por la clarividencia del autor a la hora de mostrarnos el paso del tiempo. Me resultó brutal la forma con la que algo tan simple podía transmitir con tanto fuerza la obviedad de que envejecemos y morimos.

Mis fotos en la playa con mi amiga Mª Emilia, sin pretenderlo, van por ahí, aunque, sin arte ni técnica. Hay muchos padres que dicen que los hijos te hacen mayor porque eres consciente del paso del tiempo al ver los cambios en ellos. A mí me hacen mayor mis fotos con Mª Emilia. En la que tenemos 20 años, ambas aparecemos bronceadas, con la piel tersa y con el pelo húmedo y lleno de sal después del baño. Rezumamos frescura.

En la última, que tengo ahora mismo en la mano, y que nos la hizo su marido el pasado verano en Cádiz, también aparecemos bronceadas y con el pelo húmedo después del baño. Sin embargo, la piel nos cuelga de muslos y brazos y, a pesar de la poca calidad de la foto, quedan visibles las arrugas en estas partes colgantes. Nuestro moreno, además, no es uniforme, si no que, de un tiempo a esta parte, es como el de las cebras. Tanto pliegue provoca que muchas franjas queden blancas porque no les llega el sol. Para colmo, ese pelo húmedo, antes rizado y agraciado, ahora nos cae por la cara lacio y pegado, dejando al descubierto algunas zonas del cuero cabelludo no tan poblado como deberían. Y ahora mismo veo, claras como el agua, las varices de mis piernas que traspasan sin compasión el papel fotográfico. Y también las de Mª Emilia, que aunque ella luego diga que no, son más.

No sé si llamar por teléfono a Mª Emilia para decirle, antes de que se me vaya de la cabeza, que dejemos de hacernos cada año esta foto que ya empieza a resultar un poco deprimente o si, por el contrario, no decirle nada y dejar que estas estampas veraniegas terminen de contar nuestra historia vital. Quizá, cuando muramos, alguien las encuentre en mi caja de las fotos o en la caja de fotos de Mª Emilia y las exponga en la Fundación Mapfre.

El caso es, que yo quería hablar hoy del derecho adquirido por cumplir sesenta años de empezar a decir con soltura lo que verdaderamente se piensa. Pero voy a predicar con el ejemplo y ser sincera: se me han quitado las ganas, así que, lo dejo para otro día.

Se me ha ido el tiempo. Mª Emilia siempre me lía, aunque no esté presente.

 

 

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