Cristina Cifuentes, ¿no sabes que todo necio confunde valor y precio?

Comparecencia "diferida" de Cristina Cifuentes el 26/03/2018 | Vía

A mí todo esto del máster de Cifuentes me tiene muy quemado, la verdad. Y no, no es por la falta de ética que se deduce de aquellos que presuntamente están implicados (si es que hay algún culpable más allá de los “errores informáticos”…), sino por la triste lectura que se puede sacar de su trasfondo: la Universidad, la investigación, la enseñanza… el conocimiento, vaya, tiene un dudoso valor en España.

Lo malo viene cuando los estudiantes tienen que sacar provecho de lo que han aprendido.

Uno, que ya tiene su recorrido, se hace una idea del panorama cuando el profesor que ha destapado el caso reconoce, a El Confidencial, que puede “aportar muchísima documentación sobre otras cosas que pasan en la Universidad Rey Juan Carlos.” Tal vez esa universidad sea un caso extremo, pero el problema no se limita a ella. ¿Quién no ha visto irregularidades a la hora de otorgarse notas a los estudiantes?, ¿o a la hora de asignarse plazas de investigación, de docencia o de responsabilidad y no poder hacer nada por miedo o por falta de evidencias? ¿Es tan clara la relación entre la corrupción política y el sistema universitario español?

Por suerte, frente a estas malas prácticas, siempre hay docentes e investigadores que valoran lo que hacen, del mismo modo que no todos los estudiantes copian en los exámenes porque valoran lo que aprenden. Lo malo viene cuando tienen que sacar provecho de lo que han aprendido. Ahí está el quid de la cuestión.

Los ilustrados exaltaban el pensamiento, y hemos ido más lejos que lo que planteaban en sus propuestas. ¿Me refiero al Sapere Aude con el que Kant quiso revitalizar el valor que Sócrates daba al conocimiento como principio de libertad? Ojalá… Aunque también hay que decir que por el mero hecho de pensar nadie es libre por completo, sino que hay que luchar para ganarse y mantener la libertad.

Nadie nos pide que pensemos ni tampoco se lo pedimos a nuestros representantes.

La historia está llena de ejemplos, baste con citar a los hoplitas atenienses, los ciudadanos-guerrero que defendieron a Atenas en un momento en el que la democracia, y no la democracia representativa (si el sustantivo necesita de adjetivo es que no es suficiente para definir…), demandaba la valentía del pueblo para defender sus leyes e instituciones, tanto en la batalla como en el día a día mediante el ejercicio de la deliberación. Cosa que no era fácil. Por entonces no había pantallas de plasma para dar explicaciones en diferido. No… Uno (y aquí el género neutro es masculino porque la mujer no tenía cabida, todo hay que decirlo) se plantaba ante seis mil conciudadanos para defender sus ideas. Y ale, a ver qué pasaba; lo mismo era desterrado o ejecutado.

Ahora, que los ciudadanos no tenemos acceso a las instituciones si no es a través de nuestros representantes, nadie nos pide que pensemos ni tampoco se lo pedimos a ellos. Nos es suficiente con que reproduzcan lo que otros les han escrito en sus argumentarios, tras darles una generosa cantidad de dinero. No importa el pensamiento ni la oratoria. ¿Por qué debería  hacerlo si el discurso está distorsionado, con o sin intencionalidad, por los medios de comunicación en base al criterio de sus públicos? Lo que importa es la transacción. Esa es la premisa ilustrada que hemos llevado al extremo: separar al individuo de todo y así hacerlo poseedor. El ser humano, y no sólo el hombre (también conviene matizarlo), ya no es parte de la naturaleza, sino que la posee y la domina. Tampoco es pensamiento, razón o discurso (lo que los griegos denominaban <<logos>>) sino que posee las ideas en tanto que puede sacar algún beneficio y que se las atribuye a uno u otro.

Antonio Machado dijo aquello de “todo necio confunde valor y precio”.

Y la consecuencia es que aquel que se encuentre en una posición de poder tiene medios suficientes para hacer casi lo que quiera, como fabricarse una trayectoria “académica” más que decente sin haber pisado un aula durante mucho tiempo. Y así pasa… Cuando un cargo público quiere justificar su valía con su preparación, no siempre es capaz de demostrarla con datos claros, sino que todo se embarra con firmas falsas, ausencias sistemáticas, trabajos que no aparecen, etc. Como si el título diera el conocimiento, y no fuera un reconocimiento de lo aprendido. El mensaje es claro: no es lo que se es, sino lo que se tiene (justo al revés del anuncio del reloj).

Antonio Machado dijo aquello de “todo necio confunde valor y precio”. Al final, hemos querido ser más ilustrados que los propios ilustrados, y hemos terminado en manos de los que menos luces tienen.

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