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No sean estúpidos

No siempre fondo y forma constituyen un todo tan sólido como el que se nos ofrece en el nuevo trabajo de Feelgood. El virtuosismo formal de La estupidez es, en sí mismo, el mejor argumento posible para defender la tesis contra la mediocridad que expresa la obra. Porque bajo su discurso, acaso más evidente, sobre la avaricia (y el capitalismo salvaje), se esconde un subtexto mucho más profundo e interesante, el que se dirige contra los (endebles) cimientos culturales de un tiempo, el nuestro, donde la posmodernidad, la deconstrucción o la metacreación (entre otros neologismos de variopinto uso) han dado lugar a una amalgama en la que todo resulta tan falso como el cuadro que sirve de macguffin argumental a la función.

Servir un mensaje tan ambicioso como ese resultaría imposible sin una propuesta que apostase, precisamente, por lo contrario. Un montaje que exige lo mejor de sus intérpretes y de su director, todos ellos excelentes en sus funciones. Magnífica la propuesta de dirección de Fernando Soto, que consigue recrear cada pliegue del texto de Rafael Spregelburd con tanto acierto como personalidad, a través de una visión en la que no renuncia al juego -precisamente- metateatral y donde consigue soslayar con éxito los escollos más novelescos del texto. Nos sirve así una función llena de ritmo, de movimiento, de escenas hilarantes y de cuadros sangrantes en los que nos vemos tan reflejados como en el espejo-lienzo que preside la escenografía. Una suerte de selfie coral y dramático que saca, como todos los selfies, lo más ridículo y ostentosamente odioso de cada uno de nosotros. Podemos distanciarnos y creer que no tenemos nada que ver con ese mundo tan lejano de Las Vegas. Ni con sus moteles. Ni con la ecuación  que esconde el secreto del apocalipsis. Podemos intentar situarnos al margen de la historia, aunque la función nos lo pone difícil, porque su logrado empeño en que el humor y la sátira nos arrastra hacia el estridente (y agudo) autorretrato.

Y todo ello es posible gracias a cinco actores que hacen  un trabajo sobresaliente. Impagables las creaciones de Ainhoa Santamaría, Fran Perea, Javi Coll, Javier Márquez Toni Acosta (con quien, hace muy poco, tuve la suerte de vivir la hermosa aventura que fue De mutuo desacuerdo). Todos ellos dan una lección magistral de lo que debería ser el teatro. Y no solo por su capacidad camaleónica y, más aún, atlética, que les permite ejecutar en tiempo récord un número casi imposible de personajes, sino también por su sutileza y la riqueza de matices que proponen en cada uno de ellos. En un montaje así sería fácil contentarse (y ya constituiría motivo de aplauso) con que fueran capaces de desarrollar la propuesta de modo más o menos natural. Pero lo que aquí sucede no es, precisamente, natural. Lo que sucede es que cada uno de estos cinco intérpretes consigue que nos creamos que se multiplica, ante nuestros atónitos ojos, en todos los personajes que la función demanda.

Un auténtico placer teatral que nadie que no sea estúpido debería perderse… Están avisados.

 

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