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Los lugares pequeños

Me adentré en la lectura de Los lugares pequeños con muchos prejuicios. Prejuicios positivos, porque me enamoró su título y no puedo ser imparcial ante la obra de alguien como el Sr Paco Tomás, cuya trayectoria y compromiso me interesan desde hace tiempo a partes iguales. Pero también saltaron en mí las alarmas de mis prejuicios negativos, porque el collage de la cubierta me sugería un mosaico de referencias y guiños nostálgicos a los que, en medio de esta oleada de melancolía egebera y treintañeril que nos asola, me he vuelto más que alérgico.

Sin embargo, como sucede con las buenas historias, mis prejuicios cayeron pronto y la voz del narrador se adueñó con fuerza de una lectura en la que, más allá de ese collage referencial, se aprecia la voz de un autor con mundo narrativo y talento -verbal y plástico- para contar. Una voz que se adentra en las miserias cotidianas para convertir en protagonista de su viaje -es esta una odisea costumbrista en la que resulta difícil no reconocerse- a esos personajes, lugares y territorios que silenciamos en las biografías. Esos rincones que no ocupan espacio en la ficción porque parece que no son suficientemente novelables cuando, en realidad, en sus pliegues se oculta el argumento de nuestras vidas.

Y entre esas grietas de la cotidianidad, agazapados bajo los bolígrafos y las gomas Milán de la papelería donde (con permiso de Fangoria) Fidel “deja su vida pasar”, surgen los fantasmas de la culpa, de la incomunicación, de la identidad, de la torpeza. Monstruos que nacen en ese mundo que llamamos familia porque no hemos encontrado otra palabra mejor. Otra que nos asuste menos. Así que recorremos la novela de manos de Fidel sabiendo que, en realidad, el collage que estamos construyendo a su lado es el de nuestros propios recuerdos. El de aquello que no dijimos o que, si decimos, travestimos con las imágenes de una ficción que, como piensa Fidel, es más real que nuestra realidad misma. Un trayecto que a veces realizamos con una sonrisa ante la inteligente ironía de su autor o con una mirada de tristeza y asombro ante episodios que preferiríamos que no fueran tan certeros y verosímiles.

Hay historias que se quedan dentro. Y esta, sin duda, lo es. Porque los lugares de esta novela son tan pequeños -y tan honestos- que resulta imposible que no encuentren un hueco donde albergarse en nuestras vidas.

 

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