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Rinocerontes, teoría y práctica

Hay que ser valiente para atreverse con Ionesco. Por eso era inevitable que este estreno ocurriese, porque Ernesto Caballero lleva años demostrando que es uno de los autores y directores más osados -y brillantes- del panorama nacional. Resultaba inevitable sentarse en el María Guerrero cargado de expectativas ante su lectura de un texto tan escalofriante como Rinoceronte, sobre todo si se recordaba la capacidad de Caballero para actualizar géneros tan diversos como los sainetes, las comedias bárbaras o el auto sacramental en algunas de sus siempre proteicas aventuras.

Y, desde el poderoso arranque de la función, todos los elementos nos llevan a la misma conclusión: estamos ante una recreación ágil, envolvente y comunicativa de la obra de Ionesco. Y subrayo ese adjetivo, comunicativa, porque no resulta nada sencillo traducir la semiótica del teatro del absurdo sin perder su esencia. Es cómodo caer en el hermetismo -ay, esos directores que tanto se quieren a sí mismos…- y conformarnos con que el público se deje llevar por su sugerencia -y por su infalible humor- antes que buscar el modo de adentrarse en el sentido -oscuro y revelador al mismo tiempo- de sus palabras.

Para lograrlo, Caballero opta por convertirnos en la ciudad que protagoniza la función. No somos espectadores, somos personajes y, como tales, asistimos a la tragedia de Berenger -inmenso Pepe Viyuela– desde la complicidad con quienes nos roban la identidad. Totalitarismo que, sin duda, admite tantas interpretaciones -no solo la evidentemente histórica- como seamos capaces de atribuirle en el desarrollo -angustioso y brillante- de la función. Apenas podemos detenernos a analizar cuanto vemos porque, ante todo, lo padecemos. Sentimos cómo nos pisotean los rinocerontes y nos preguntamos si tendremos el valor para seguir pensando de modo diferente o si, en algún momento, nos dejaremos arrollar por la manada.

La pregunta no se cierra jamás, sino que se abre en cada nueva escena a otras tantas dimensiones. Y así nos paseamos por cuestiones tan espinosas como la imposibilidad del lenguaje (¿realmente hablamos cuando hablamos?) o la extrañeza de la existencia (“lo raro son los vivos”) y de nuestra propia naturaleza (a fin de cuentas, ¿qué es el ser humano?). La filosofía campa a sus anchas por el escenario -al igual que los rinocerontes- con el talento casi didáctico que Caballero ha demostrado en muchas de sus funciones anteriores. Se nos revela aquí más como traductor que como adaptador, fiel al texto original y, al mismo tiempo, capaz de darle el relieve necesario a cada frase, esculpiendo la acción que nace de las palabras y que acaba siendo tan terrorífica como hilarante. Tan agónica como reconocible.

Justa mención aparte merece el elenco. Preciso. Entregado. Absolutamente medido en sus necesarias desmesuras. Ejemplar -y antológica- es la escena de la transformación de Juan, con un espléndido Fernando Cayo. Impecable la conversación con Dudard, con un lúcido y amargo José Luis Alcobendas. Y, entre un reparto perfecto en su coralidad, un sobresaliente Pepe Viyuela que nos hace sentirnos culpables de su apocalipsis, de ese descenso a los infiernos de una bonhomía que acaba condenándolo a esa soledad que algo tiene del enemigo de Ibsen. Porque la verdad duele. La luz aterra. Y la conciencia -siempre la conciencia- puede convertirnos en un sujeto desnudo y peligroso que ha de ser reducido por poseer armas tan terribles como su propio cuerpo. Como su propia voz. Un sujeto que ha de ser sometido. Amordazado. Y, bajo los rinocerontes y sus sombras, convenientemente sepultado.

Un montaje, en definitiva, magnífico tanto en su concepto teórico como en su ejecución práctica. Porque ni se olvida la profundidad filosófica del texto de Ionesco ni se renuncia a su onírica -y casi  hiperbólica- teatralidad. Algo de calderoniano -cómo no, tratándose de Caballero- hay en esa vida que parece sueño y que acaba siendo pesadilla. Porque quizá lo único que nos quede es la certeza de nunca será sencillo empeñarnos en ser Berenger. Ni en ser Segismundo.

 

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