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Priscilla, reina del desierto… madrileño

Siempre he sido un apasionado de la película, así que ya en su momento asistí al musical de Londres con ciertas prevenciones. ¿Era posible convertir la historia de Priscilla en un musical en el que no se perdiese la esencia tolerante, vitalista y lúdicamente subversiva del film original? La respuesta fue que sí y, tras aquel estreno con Jason Donovan a la cabeza, no dudé en repetir tiempo después.

El desembarco en Madrid me planteaba nuevas dudas, básicamente relativas a la traducción de los temas y a la puesta en escena de un musical que requiere una entrega absoluta por parte de su elenco y de su equipo y de su equipo artístico. El pasado sábado tuve la suerte de despejar ambas incógnitas: los temas se mantienen en un elevado porcentaje en su inglés original (gracias…) y el equipo humano y artístico se deja la piel en tres horas de función que acabaron levantándonos a todos de la butaca.

El espectáculo mantiene el derroche visual del original y la fantasía de su vestuario ya es, en sí, toda una herramienta cargada de beligerancia, porque lo mejor de esta función es que Priscilla combate la homofobia y la transfobia -lamentablemente, en auge- desde un humor contagioso, un ritmo arrollador y, sobre todo, una historia emotiva que huye de lo lacrimógeno sin renunciar a la esencia melodramática que ya latía en la película original. Blanca sin ser ñoña, la función debería ser de visión obligada en colegios, institutos y familias en general para provocar un sano debate sobre la importancia -y la dificultad- de ser quienes somos. Y de serlo sin miedos, sin escondernos, con la misma apertura que los tres fabulosos drags que protagonizan el espectáculo.

En cuanto al reparto, espléndido y previsiblemente in crescendo: dénles un mes más para ver hasta dónde pueden llevar a sus personajes, resulta obligado destacar el brutal carisma de Jaime Zatarain, en el papel de Mitzi, capaz de arrastrar a los espectadores a través de su viaje con la misma convicción con la que impulsa a sus colegas drags; la fuerza de Christian Escuredo, que compone una Felicia vibrante, cargada de energía, con la que el actor realiza un creíble y duro viaje emocional y personal; y la magnífica mezcla de ironía y ternura de José Luis Mosquera, que compone una Bernardette absolutamente convincente y cercana. Ninguno de los tres tiene entre sus manos un personaje sencillo y, sin embargos, todos ellos luchan -con acierto y verdad- por buscar a la persona que late bajo la máscara, algo que no es sencillo en una función donde se puede caer -y no es el caso- en el envoltorio y la superficialidad.

De momento, en este arranque, Priscilla ya se perfila como uno de esos musicales que hay que ver. Porque demuestra el altísimo nivel de nuestros artistas -cantantes, músicos, actores, bailarines…-, porque inyecta una dosis de energía y vitalismo más que necesaria en estos tiempos en los que nos amenaza el gris y, sobre todo, porque su música -conocida, pegadiza y desvergonzadamente comercial- es un playlist esencial contra la intolerancia y el odio. Esos dos peligrosos virus que alguien llamó equivocadamente fobias (homofobia, transfobia, bifobia) y que solo son pura y dura estupidez.

 
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1 Comentario  comments 

Una respuesta

  1. Jose Luis Mosquera González

    Muchas gracias Fernando, por un análisis tan meticuloso, profesional, socialmente comprometido y reconfortante; al conocer que el trabajo tan lleno de ilusión, esfuerzo y amor ha llegado al destinatario.

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