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Gaby y Sandra

Hay personajes que acaban exigiendo su independencia. Un giro pirandelliano difícil de explicar y que, sin embargo, sucede. En mi caso, esos personajes son siempre mujeres y saben cómo hacer oír su voz por encima de la mía, capaces de exigir su lugar en la historia y, sobre todo, de construir el camino que las ha de guiar en el texto donde yo haya pretendido -iluso- encerrarlas.

Ese es el caso de Gaby, protagonista de una novela, Las vidas que inventamos, donde me decidí a diseccionar algunas de las contradicciones de lo que llamamos vida contemporánea. Una mujer atrapada en la rutina de sus abrumadoras etiquetas -profesional, madre, esposa, amiga, confidente, amante, hija- y que se desenvuelve gracias a las mentiras que se cuenta a sí misma cada mañana. En ella -porque algo del doctor Frankenstein tenemos todos los autores- viven no solo pedazos míos, sino también de muchas y muy buenas amigas que me prestaron sus recuerdos para construir el cuerpo y el alma de quien iba a ser, desde entonces, uno de mis personajes más rebeldes.

Al estilo unamuniano de Augusto Pérez, tardó muy poco en independizarse -Twitter le permitió elegir un nick desde el que expresarse sin mi permiso ni supervisión- y su historia de verdades que, tras tanto silencio, se vuelven mentiras, me hizo pensar en cómo serían muchos de esos condicionantes si, en lugar de la la omisión, Gaby hubiera optado -sin más- por la ruptura. Nació así en mi cabeza la idea de una especie de reboot o de precuela o de alguna de esas palabras que nos hemos inventado para algo tan simple -y tan antiguo- como contar la otra versión de una misma historia. Una nueva visión de un personaje de quien ya estaba -lo admito- enamorado y que comencé a escribir a la vez que sorteaba los escollos de una novela en la que la intimidad sexual de Gaby convivía con el crimen (involuntario) y la culpa (indeseada) de su marido, Leo.

Así, aunque sean obras del todo independientes (incluso de géneros diferentes), nació Sandra en De mutuo desacuerdo. Con Gaby comparte ironía y necesidad de visibilidad, oculta bajo un nombre en el que, por exceso de uso, ya no se renoce.  y comparten ansiedad por encontrarse de nuevo -sabían quiénes eran, pero han terminado olvidándolo-, por liberarse de todos los prejuicios que se le exigen por el mero hecho de ser (de ser mujer, de ser de cuarenta y algo, de ser madre, de ser pareja) y encontrar una voz que les devuelva el único atributo de ese verbo ser que, de repente, han perdido: ser persona. Hay un hilo invisible entre ambas, dos mujeres con voces poderosas y que, sin embargo, tardan en darse cuenta de ello, porque la rutina tiene el don de hacernos enmudecer, de volver nuestras palabras y nuestras emociones tan invisibles como si nunca hubieran estado allí. Como si no tuvierámos la fuerza suficiente para romper los nudos que nos ahogan y tensar cuerdas y velas en otra dirección.

Gaby nació en Las vidas que inventamos, una novela que tiene mucho de thriller psicológico. Sandra, en De mutuo desacuerdo, una obra teatral que sentí que, a su manera, se escribía sola -pocas veces me he sentido tan a gusto con mis personajes- y que se plantea como una comedia dramática. En ambos casos el tema son las relaciones y cómo estas se vuelven puente o abismo según la perspectiva que adoptemos. Según la capacidad que tengamos para cerrar heridas antiguas y abrir heridas nuevas. Porque vivir exige afrontar miedos y saber que, como niños que aprendieran a caminar, acabaremos cayéndonos -por la ley de Sísifo- y haciéndonos daño. Pero no importará. Porque si nos caemos, será que seguimos en movimiento. Avanzando. Y ese, precisamente, es el nexo más fuerte que une a estas dos mujeres. Ni Sandra ni Gaby desean quedarse atrás. Ni tener miedo. Porque sus personajes exigieron poder elegir y en ellas dos, como en todas y cada una de mis amigas, encontré la inspiración y la fuerza para imitarlas y pensar que, seguramente, tienen razón. El miedo no es jamás una opción.

La vida, sí.

 

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