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El ministro que odiaba el teatro

Es difícil encontrar un solo aspecto en el que la gestión de Wert, ministro de Educación y Cultura, no sea nefasta. Resultaba fácil imaginar que su labor sería perjudicial para esos dos sectores que él desconoce -al menos, desde dentro -y en los que, curiosamente, estoy directamente implicado.

Así que, por si no tenía bastante con sus ataques a la escuela pública -en la que, a pesar de sus denodados intentos por desuadirnos, sigo siendo un profesor de Bachillerato y Secundaria más que convencido-, ahora ha decidido acabar también con el mundo del teatro, que -como el educativo- resulta demasiado pernicioso en la construcción de esta sociedad desprotegida y sumisa que sueñan edificar.

Su método para ahuyentar al público de las salas ha sido tan torpe como eficaz: aplicando una subida del IVA cultural del 8% al 21% y consiguiendo así que el mundo del teatro sufra consecuencias inmediatas -y terribles- en el tiempo récord de 4 meses: descenso de espectadores (casi un 32%), disminución de la recaudación (33%) y destrucción de 600 puestos de trabajo directos (por no hablar de los indirectos).

Como dramaturgo, solo puedo decir que conozco bien los esfuerzos que están haciendo los teatros, las productoras y las compañías por paliar los devastadores efectos de esta medida. Sin embargo, no basta con imaginación para salvar al teatro de una crisis que, lamentablemente, no nace de la falta de creatividad, ni de la falta de ideas, ni de la falta de interés del público. Al revés, el ritmo ascendente de los últimos años demuestra que, en la era pre-Wert, estábamos en el extremo contrario. La actual y nueva crisis de nuestras salas nace, simple y llanamente, de los nuevos y desorbitados precios que ha provocado el IVAzo wertiano.

Y no se confundan. No crean que se trata de una consecuencia negativa -e inesperada- de una medida adoptada con buena fe. Jamás pudo serlo. No se requiere más que algo de sentido común para prever que ocurriría lo que, en efecto, ya ha ocurrido. La medida, al igual que cada una de sus tácticas contra la educación, solo pretende dañar un sector que nunca les gustó. Un sector -el cultural- donde seguimos siendo libres, donde no tenemos miedo a represiones ni mordazas, donde seguiremos encontrando el modo de convertir la realidad en un escenario desde el que gritar todo aquello que no nos gusta y que la palabra -nuestras palabras- lucharán por cambiar.

En mi caso, tengo la suerte de estar rodeado de gente que cree en el teatro con tanta intensidad como yo. Gente que lo arriesga todo -en el sentido más valiente y literal del término-, como el magnífico equipo de Cuando fuimos dos, que ha conseguido -en un acto que para mí es más que una proeza- prorrogar ya dos veces en la sala El Sol de York, otro de esos (escasos) lugares que creen que la cultura es necesaria y que buscan medidas imaginativas para hacerla accesible.

Por eso, porque creo en la cultura y en el teatro, seguiré -como tantos compañeros autores, directores, productores y actores- plantando cara. Dando guerra. Creando. Y buscaremos entre todos fórmulas que nos permitan resisitir hasta que la nefasta gestión de este ministro dé paso a alguien que no nos tenga tanta inquina o, en su defecto (soñar es gratis), alguien que sí sepa de gestión cultural y que quiera, de verdad, apostar por ella.

 

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