El consumo activo de televisión

Una semana más me tomo la libertad de llevar a cabo una disección de mi cerebro y substraer aquello que me inquieta, aquello que me retrasa el sueño por las noches y me mantiene en vela largos minutos una vez metida en la cama. Muchas son las formas que permiten la apertura de un nuevo artículo, pero en esta ocasión voy a seleccionar una cuestión clave que me servirá de columna vertebral para la configuración de mi reflexión: ¿Sabemos leer televisión?

En los lugares frecuentados por intelectuales, en ocasiones, se da cabida a la mencionada pregunta que he planteado y, cuando intentan darle respuesta, se genera una polémica discusión en la que aparecen tantas discrepancias como mentes pensantes. Después de una extensa confrontación de ideas y opiniones, se suele llegar a unas superficiales conclusiones, entre las cuales se refleja la abundancia de programas “basura” y la escasez de aquellos que propician a la reflexión.

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En los últimos años, desde que poseo un mínimo de fundamentos para construir racionales argumentaciones, me he posicionado en el bando de los “anti-programas-basura”. He juzgado a las personas que consumían dichas emisiones televisivas y he usado mi labia para intentar convencerles de lo perjudicial que puede llegar a ser ese visionado. He usado conceptos como: “veneno”, “Anti-cultura”, “pasividad” o “anestesia” para referirme a los mencionados programas, incluso los he tratado de narcotizantes e idiotizadores sociales. Pero, señoras y señores, anoche estaba sentada ante el televisor, devorando “Un tiempo nuevo” -uno de esos espacios que clasifico en los puestos más altos de mi “ranking”- y me di cuenta de lo mucho que me equivocaba. He de reconocer que la entrevista que realizó Sandra Barneda (una de las periodistas a las que más admiro) a Jorge Javier Vázquez me hizo comprender lo sumamente ciega que estaba hasta el momento.

(Nota para curiosos: ClickAquí para ver el fragmento de entrevista al que voy a hacer referencia). 

Barneda le mostró al presentador de “Sálvame” las impactantes palabras de Arturo Pérez-Reverte, en ellas se hallaba una profunda oposición al programa de Vázquez, además, el académico se refería a la sociedad española como: <<pueblo cerril, analfabeto, que sigue prefiriendo ver  “Sálvame” a “Salvados”>>. Primero aplaudí al intelectual por hacer eco de una idea que muchos teníamos en la cabeza, pero la simple y espontánea respuesta de Vázquez me hizo cambiar de opinión. Al principio, su juicio me sentó como un jarro de agua fría, porque me deshizo el nudo que sujetaba la venda de mis ojos y me hizo enfrentar a mis propios principios.

<<Me gustaría vivir en un país con menos prejuicios y complejos, sin crispación”. “Se nos olvida que Sálvame es un mero espacio de entretenimiento, no se puede despreciar algo que sigue viendo tanta gente durante 6 años>>, estos fueron uno de los argumentos que utilizó el presentador para defender su trabajo, y que más fuerte penetraron en mi concepción de “Sálvame” como “programa-basura-poco-ético”. Tiene razón, en una sociedad donde la televisión está democratizada y en la que la mayoría de nosotros tenemos acceso a esta ventana abierta al mundo, no debemos oprimir la libertad de entretenimiento. Lo malo no es ver “programas-basura”, lo verdaderamente peligroso es ser simples consumidores pasivos de los programas que se emiten. No nos tenemos que dejar engatusar  ni por “Sálvame” ni por “Sálvados”, ni por ningún otro. Lo ideal es ser un telespectador activo, que sepa leer cada emisión que ve, ser consciente del mensaje que se lanza, y valorar si quiere integrarlo en sus entrañas o prefiere descartarlo.

La actriz Ana Milan, durante la emisión de la entrevista a Vázquez, aprovechó Twitter para reflejar su indignación frente a las palabras de Pérez-Reverte :

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Estos planteamientos me sacudieron como proyectiles de arma blanca y es que Milán no nos engaña, se puede ser universitaria o no, viajar mucho o poco, pero lo que de verdad importa es el tipo de lectura que se haga del programa que se consume. Como bien dice la actriz, <<hay que saber ver la tele>>, hay que saber cuándo te interesa posicionarte a favor del discurso que se emite, y cuando debes hacer una lectura negociada, disfrutar de la emisión y mantenerte al margen de los mensajes ideológicos que se enuncian.

Siempre me he opuesto a los prejuicios, a los complejos, a la opresión y a la censura, pero fue anoche cuando me di cuenta de que, en el aspecto tratado, estaba yendo en contra de mis ideales. Pero, estimados lectores de mi blog, reconozco que las palabras de Vázquez me sirvieron de escarmiento. He sacudido mi ignorancia al respecto y, a partir de ahora, aplaudiré a aquellas personas que no solo disfruten con “Salvados”, sino que también sean capaces de hacerlo con “Sálvame”.

Telones rojos que enamoran

El arte de actuar es el arte de provocar en el espectador insospechadas emociones, de llevar al escenario una ficción y convertirla en realidad, de llamar a la imaginación y obligarla a salir de paseo. Actuar no solo consiste en aprenderse un guión y dejarlo ir con algo de gracia, actuar es hacer mágica, belleza, poesía, provocar risas y llantos, incitar a la reflexión, la introspección y a realizar un viaje hacia un increíble mundo paralelo.

Me llama la atención, y lo digo por experiencia, que las butacas acolchadas de las salas más importante de las ciudades las ocupen traseros de personas adultas, pocos son los jóvenes que se dejen acariciar por el terciopelo de éstas. Para algunos el teatro está anticuado, es solo para “pijos”, “viejos” o gente adinerada que no se conforman con ir al cine, pero he de decir, que se equivocan. Si consideramos que los adolescentes y los jóvenes son el futuro de nuestro país, menudo futuro nos espera teniendo en cuenta tales pensamientos.

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Es en este punto cuando me atrevo a dejar florecer una de las cuestiones que me corroe las entrañas cada vez que entro en un teatro y me dejo seducir por la ficción: ¿Dónde está la gente de mi edad, los jóvenes? Estar acompañadada de gente mayor que yo es excelente y muy grato, pero me duele el alma observar la escasa voluntad de los chavalines por vivir un verdadero espectáculo. Si algo no entenderé es el porqué prefieren gastarse sus ahorros -y lo que no son los ahorros- en salir cada fin de semana a una discoteca o hacer botellón pudiendo invertirlo en asistir a una sala donde los actores crean magia.

Desde mi pequeña butaca en la que estoy escribiendo mi humilde blog hago un llamamiento a todas y cada una de esas personas que lo lean: anímense a vivir una experiencia única. No es justo que se infravalore el teatro, acudir al cine a gozar de una buena película es estupendo, pero también hay que plantearse lo espectacular que es tener a esos actores frente a ti, en carne y hueso, interpretando a la perfección un personaje, sin cortes por montaje, sin movimientos de cámara, sin postproducción, sin trampa ni cartón.

El telón rojo se abre para todo ciudadano que esté dispuesto a dejarse enamorar, no existen fronteras de edades, de sexos, de coeficiente intelectual, de estudios o de clases sociales, las únicas barreras que hay son las que tú mismo te pongas. Abra una nueva pestaña de internet en el buscador, introduzca el nombre del teatro que le esté más próximo e impresiónese de la cantidad de obras que están a su disposición, que le están esperando con los brazos abiertos. Las rojas , negras o verdes butacas de las salas son igual o más cómodas que su sofá, pero tienen una ventaja, y es que si ocupa una de ellas se está usted adentrando en un viaje que no le dejará indiferente.

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Democracia cultural, yo participo

Si hay algo que me llama en especial la atención es empezar un proyecto de vida con una entrada que englobe todo aquello que lo va a estructurar. Sí, otorgo a este blog el privilegio (o la deshonra) de convertiste en uno de mis objetivos vitales, quiero que se transforme en la plataforma ideal que me permita expresar públicamente lo que por mi mente corre, nada y escala. Considero importante que los ciudadanos de a pie – aquellos que no tenemos cuentas en ningún paraíso, ni nos escapamos de Hacienda y de su afán por desnudarnos anualmente- demos voz a nuestros pensamientos, a nuestra inquietudes, a nuestros puntos de vista y a nuestros enfados. Quién sabe, quizá alguien comparte contigo tus ganas de crear un partido político que consiga sacarnos de una crisis que “ya es historia”.

Nuestra pesada rutina nos absorbe, nos agota, nos hace ir volando a los lugares más remotos y nos convierte en una especie de robot que lleva a cabo 1 millón de tareas al día casi de forma mecanizada y sin pensar. Pese a todo ello, no debemos olvidar que somos humanos, que necesitamos evadirnos, desconectar, aislarnos y comunicarnos con nuestra psique para ver si sigue ahí o se ha ido a pescar. Mi método de viaje ancestral es infalible, con solo abrir un libro, escuchar una canción, ver una buena película o sentarme en una butaca de teatro ya tengo el corazón contento y lleno de alegría.
¡Oh, cultura todopoderosa que nadie detenga tu estupendo poder de hacerme sentir persona otra vez! Señores y señoras, miren ustedes a su alrededor cuando vayan en el metro, en el bus, en el coche o caminando por la calle, miren y verán que el mundo está lleno de grandes artistas que luchan cada día por darles sentido a nuestras vidas.

Pero, ¿es nuestra sociedad democrática, globalizada, tecnológica y capitalista una sociedad justa con los artistas, con aquellos seres que se mueven en tan bello mundo ficticio al que se accede con la imaginación y las dotes creativas? Digamos que no, no nos dejemos engañar, no existen intereses políticos por promover la cultura, una especie de Dios que es capaz de colaborar en nuestro desarrollo cognitivo, nos aporta un conocimiento que nos abre las puertas de un saber mayor. El saber llama al saber, y por parte de los “peces gordos” no existe ningún afán de promover un país poblado de ciudadanos capaces de ser críticos, de pensar por ellos solos, de tener opiniones, de decidir, de dialogar, de no conformarse con la anécdota y exigir más y de calidad.

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Abramos los ojos, démonos cuenta del mito en el que vivimos, ¿dónde está la democracia cultural?, ¿dónde reside la plataforma oficial que permite fomentar la cultura en general?, ¿quién es la persona que se encarga de decidir quién es un buen pintor, una maravillosa cantante, un brillante escritor o un inigualable actor?, ¿quién es ese ser que tiene la “LUZ”, el saber magistral que le permite decidir por nosotros, dar a conocer a un escultor y dejar en el anonimato a otros tantos?, ¿en qué se basa para rechazar a unos artistas y llevar al estrellato a otros cuando la mayoría de nosotros estamos de acuerdo que la belleza es subjetiva?, ¿quién le ha mandado a este excelentísimo “maestro” a decidir por mí a quién tengo que escuchar en mi cuenta de Itunes y a quién tengo que echarle unos céntimos en el metro durante mi agotadora rutina diaria?. Me gustaría poder dar una firme respuesta a mis multitudinarias cuestiones que circulan sin previo aviso por las conexiones neuronales de mi cerebro.

Todo son redes conectadas: mis neuronas, la ciudad, las relaciones sociales… pero aquí hay un cabo que me queda suelto, hay algo que no me permite acabar de rizar el rizo, de hacerle la moña a los zapatos gastados de tanto caminar y correr diariamente. ¿Por qué a mí nadie me preguntó si quería que los músicos de las calles de Madrid tuvieran que pasar un casting para poder cantar a la intemperie, pasando el frío congelador en invierno y el calor abrasador en verano?. Y si nos suponemos que existen unas razones sólidas por las que se lleva a cabo este casting ¿por qué nadie nos pregunta si queremos participar en la cruel decisión de escoger el individuo que merece armonizar una calle de la capital y ganarse así unas pesetillas?.

No me huele a trigo limpio el discurso hegemónico lanzado por los principales medios de comunicación en los que defiende la existencia de una democratización de la cultura y una democracia cultural. Al fin y al cabo, las grande empresas de comunicación forman parte de enormes entramados empresariales, todos se mueven por un único interés (llamado €) y necesitan el apoyo político para sostenerse en antena.

Aunque yo tenga que seguir con mi vida diaria, gastando suela de zapatos, corriendo para coger el metro antes de que cierre sus puertas, echando dinero a los cantantes de los subsuelos, animando a amigos actores y visitando museos, no me quedaré con los brazos cruzados frente a esta hipocresía. Mi rutina sigue, mis neuronas continúan conectándose, mis ideas siguen brotando, mi apoyo a la cultura aumenta por momentos, tengo puesta una chispa de esperanza a la propuesta de un “Día sin música” (20 de mayo), quizá los “peces gordos” sacrifican alguna cuenta en Suiza para rellenar las arcas del Estado y permitir el descenso del 21% de IVA en el sector cultural.