Una travesía por Breda

La sangre que corre por cada una de las venas de nuestro cuerpo, que atraviesa cada uno de los rincones más remotos de nuestra anatomía, empieza a notarse alterada debido a la llegada de la primavera. Nuestros relojes, tanto los materiales como los biológicos, han adelantado una hora sus tareas y, el sol, aquel que se deslumbra con nuestras sonrisas y que resplandece y se cobija en un hermoso cielo azul, nos incita a salir de nuestras madrigueras para gozarlo como nunca.

Yo, esa loca que saca cada día la nariz por la ventana para saber qué ropa ponerse, me empeño en seguir los ciclos de la naturaleza, no pretendo enfrentarme a ella, es demasiado fuerte como para llevarle la contraria. Acudo a su llamada, permito que me domine y me dejo seducir por su belleza. Es por ese magnetismo que me perturba, me enamora y me hace perder el juicio que he decidido poner en marcha una de esas extrañas ideas que se me ocurren cuando paseo por la imperfecta tierra de nadie. Mi intención ahora es iniciar una nueva sección en mi humilde blog donde poder demostrar que no solo el cine, la música, el teatro o los museos son cultura, sino que también lo son las tradiciones de cada pueblo; sus monumentos, sus gentes, sus edificios, sus historias, sus mitos, sus mercados, sus tierras, sus estrellas, sus impurezas, sus vagabundas almas, sus plazas, sus ruinas…

Una larga enumeración de elementos que nos deja sin respiración a la hora de leerla, pero que nos llena de magia al imaginarla. La misma magia es la que se siente cuando pisas asfalto desconocido, un cemento nunca antes visitado, una humedad jamás olida. No hay experiencia que me enriquezca más los sentidos que la de sentarme en un coche, abrir la ventanilla y dejarme sorprender por todo un mundo de colores. El éxtasis llama a la puerta cuando la persona que conduce me hace descender de una bonita nube, bajarme del cohete y flotar en la luna; si esto sucede, es que he llegado a un pequeño rincón digno de ser visitado.

Efectivamente estimados lectores y lectoras, con todos estos rodeos me estoy refiriendo a uno de mis hobbies más destacables, el de coger un sábado el coche, poner un buen CD, dirigirme a un maravilloso pueblo lleno de historia, descubrirlo en soledad o acompañado de mis seres queridos, quedarme a comer en algún restaurante de la zona el plato típico del lugar, y volver al hogar al anochecer.

En mi opinión, es muy reconfortante destapar los misterios que perviven en la memoria de los ciudadanos de un pueblo de poquísimos habitantes -la mayoría ancianos-, desvelar la leyenda del castillo situado en lo más alto de la montaña, y comprobar que los mitos, los cuentos y las historietas que envuelven esa tierra pueden llegar a encandilar hasta a la persona más poco ingenua que exista.

Toda esa verborrea me lleva a afirmar que los pueblos, sus tradiciones y todo aquello que lo hace especial: ES CULTURA.

Este primer artículo me sirve de introducción a lo que va a ser una extraña pero hermosa sección. Es la creación de prueba, la de presentación, si fuera una serie de televisión la llamaría “capitulo piloto”.
Así pues, me atrevo ya a presentar el pueblo que me acogió el pasado domingo de ramos: Breda. Residir en Madrid y viajar a Barcelona para ver a la familia y relajarse en buena compañía sirve también como excusa para reclamar visitas a lugares tranquilos, pequeños y desconocidos. Este fue el pretexto que me hizo aterrizar en Breda, una villa de aproximadamente 4000 habitantes, situada en la comarca de La Selva (provincia de Girona), entre el Montseny y el Montnegre.

Pese a que no tuve la suficiente oportunidad para charlar con algunos vecinos, ni descubrir grandes misterios debido al poco tiempo del que disponía para mi visita, sí que pude caminar por sus calles principales, ver bellos edificios y comprar en un mercadillo de productos de la tierra.
A continuación, pueden ustedes observar una serie de fotografías que capté con el fin de poder compartir y guardar para la eternidad, porque si algo nos permiten las cámaras es embalsamar el paso del tiempo e impedir el olvido.
Mi fin no es mostrar lo más maravilloso de Breda, sino reflejar la cotidianidad, la sencillez, la humildad, todo aquello que se aleja de lo superfluo y superficial.

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Las tradicionales casas

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El claustro de la iglesia

Mercado, iglesia, campanario...

Mercado, iglesia, campanario…

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El mercadillo en la plaza

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El mercado inunda las calles

El callejón de paso

El callejón de paso

Un edificio sin fachada

Un edificio sin fachada

Los lugareños reunidos en el cielo de los arcos

Los lugareños reunidos en el cielo de los arcos

 

Elisabeth Alabarce

 

 

El consumo activo de televisión

Una semana más me tomo la libertad de llevar a cabo una disección de mi cerebro y substraer aquello que me inquieta, aquello que me retrasa el sueño por las noches y me mantiene en vela largos minutos una vez metida en la cama. Muchas son las formas que permiten la apertura de un nuevo artículo, pero en esta ocasión voy a seleccionar una cuestión clave que me servirá de columna vertebral para la configuración de mi reflexión: ¿Sabemos leer televisión?

En los lugares frecuentados por intelectuales, en ocasiones, se da cabida a la mencionada pregunta que he planteado y, cuando intentan darle respuesta, se genera una polémica discusión en la que aparecen tantas discrepancias como mentes pensantes. Después de una extensa confrontación de ideas y opiniones, se suele llegar a unas superficiales conclusiones, entre las cuales se refleja la abundancia de programas “basura” y la escasez de aquellos que propician a la reflexión.

niños-y-televisión

En los últimos años, desde que poseo un mínimo de fundamentos para construir racionales argumentaciones, me he posicionado en el bando de los “anti-programas-basura”. He juzgado a las personas que consumían dichas emisiones televisivas y he usado mi labia para intentar convencerles de lo perjudicial que puede llegar a ser ese visionado. He usado conceptos como: “veneno”, “Anti-cultura”, “pasividad” o “anestesia” para referirme a los mencionados programas, incluso los he tratado de narcotizantes e idiotizadores sociales. Pero, señoras y señores, anoche estaba sentada ante el televisor, devorando “Un tiempo nuevo” -uno de esos espacios que clasifico en los puestos más altos de mi “ranking”- y me di cuenta de lo mucho que me equivocaba. He de reconocer que la entrevista que realizó Sandra Barneda (una de las periodistas a las que más admiro) a Jorge Javier Vázquez me hizo comprender lo sumamente ciega que estaba hasta el momento.

(Nota para curiosos: ClickAquí para ver el fragmento de entrevista al que voy a hacer referencia). 

Barneda le mostró al presentador de “Sálvame” las impactantes palabras de Arturo Pérez-Reverte, en ellas se hallaba una profunda oposición al programa de Vázquez, además, el académico se refería a la sociedad española como: <<pueblo cerril, analfabeto, que sigue prefiriendo ver  “Sálvame” a “Salvados”>>. Primero aplaudí al intelectual por hacer eco de una idea que muchos teníamos en la cabeza, pero la simple y espontánea respuesta de Vázquez me hizo cambiar de opinión. Al principio, su juicio me sentó como un jarro de agua fría, porque me deshizo el nudo que sujetaba la venda de mis ojos y me hizo enfrentar a mis propios principios.

<<Me gustaría vivir en un país con menos prejuicios y complejos, sin crispación”. “Se nos olvida que Sálvame es un mero espacio de entretenimiento, no se puede despreciar algo que sigue viendo tanta gente durante 6 años>>, estos fueron uno de los argumentos que utilizó el presentador para defender su trabajo, y que más fuerte penetraron en mi concepción de “Sálvame” como “programa-basura-poco-ético”. Tiene razón, en una sociedad donde la televisión está democratizada y en la que la mayoría de nosotros tenemos acceso a esta ventana abierta al mundo, no debemos oprimir la libertad de entretenimiento. Lo malo no es ver “programas-basura”, lo verdaderamente peligroso es ser simples consumidores pasivos de los programas que se emiten. No nos tenemos que dejar engatusar  ni por “Sálvame” ni por “Sálvados”, ni por ningún otro. Lo ideal es ser un telespectador activo, que sepa leer cada emisión que ve, ser consciente del mensaje que se lanza, y valorar si quiere integrarlo en sus entrañas o prefiere descartarlo.

La actriz Ana Milan, durante la emisión de la entrevista a Vázquez, aprovechó Twitter para reflejar su indignación frente a las palabras de Pérez-Reverte :

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Estos planteamientos me sacudieron como proyectiles de arma blanca y es que Milán no nos engaña, se puede ser universitaria o no, viajar mucho o poco, pero lo que de verdad importa es el tipo de lectura que se haga del programa que se consume. Como bien dice la actriz, <<hay que saber ver la tele>>, hay que saber cuándo te interesa posicionarte a favor del discurso que se emite, y cuando debes hacer una lectura negociada, disfrutar de la emisión y mantenerte al margen de los mensajes ideológicos que se enuncian.

Siempre me he opuesto a los prejuicios, a los complejos, a la opresión y a la censura, pero fue anoche cuando me di cuenta de que, en el aspecto tratado, estaba yendo en contra de mis ideales. Pero, estimados lectores de mi blog, reconozco que las palabras de Vázquez me sirvieron de escarmiento. He sacudido mi ignorancia al respecto y, a partir de ahora, aplaudiré a aquellas personas que no solo disfruten con “Salvados”, sino que también sean capaces de hacerlo con “Sálvame”.

Telones rojos que enamoran

El arte de actuar es el arte de provocar en el espectador insospechadas emociones, de llevar al escenario una ficción y convertirla en realidad, de llamar a la imaginación y obligarla a salir de paseo. Actuar no solo consiste en aprenderse un guión y dejarlo ir con algo de gracia, actuar es hacer mágica, belleza, poesía, provocar risas y llantos, incitar a la reflexión, la introspección y a realizar un viaje hacia un increíble mundo paralelo.

Me llama la atención, y lo digo por experiencia, que las butacas acolchadas de las salas más importante de las ciudades las ocupen traseros de personas adultas, pocos son los jóvenes que se dejen acariciar por el terciopelo de éstas. Para algunos el teatro está anticuado, es solo para “pijos”, “viejos” o gente adinerada que no se conforman con ir al cine, pero he de decir, que se equivocan. Si consideramos que los adolescentes y los jóvenes son el futuro de nuestro país, menudo futuro nos espera teniendo en cuenta tales pensamientos.

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Es en este punto cuando me atrevo a dejar florecer una de las cuestiones que me corroe las entrañas cada vez que entro en un teatro y me dejo seducir por la ficción: ¿Dónde está la gente de mi edad, los jóvenes? Estar acompañadada de gente mayor que yo es excelente y muy grato, pero me duele el alma observar la escasa voluntad de los chavalines por vivir un verdadero espectáculo. Si algo no entenderé es el porqué prefieren gastarse sus ahorros -y lo que no son los ahorros- en salir cada fin de semana a una discoteca o hacer botellón pudiendo invertirlo en asistir a una sala donde los actores crean magia.

Desde mi pequeña butaca en la que estoy escribiendo mi humilde blog hago un llamamiento a todas y cada una de esas personas que lo lean: anímense a vivir una experiencia única. No es justo que se infravalore el teatro, acudir al cine a gozar de una buena película es estupendo, pero también hay que plantearse lo espectacular que es tener a esos actores frente a ti, en carne y hueso, interpretando a la perfección un personaje, sin cortes por montaje, sin movimientos de cámara, sin postproducción, sin trampa ni cartón.

El telón rojo se abre para todo ciudadano que esté dispuesto a dejarse enamorar, no existen fronteras de edades, de sexos, de coeficiente intelectual, de estudios o de clases sociales, las únicas barreras que hay son las que tú mismo te pongas. Abra una nueva pestaña de internet en el buscador, introduzca el nombre del teatro que le esté más próximo e impresiónese de la cantidad de obras que están a su disposición, que le están esperando con los brazos abiertos. Las rojas , negras o verdes butacas de las salas son igual o más cómodas que su sofá, pero tienen una ventaja, y es que si ocupa una de ellas se está usted adentrando en un viaje que no le dejará indiferente.

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