Democracia cultural, yo participo

Si hay algo que me llama en especial la atención es empezar un proyecto de vida con una entrada que englobe todo aquello que lo va a estructurar. Sí, otorgo a este blog el privilegio (o la deshonra) de convertiste en uno de mis objetivos vitales, quiero que se transforme en la plataforma ideal que me permita expresar públicamente lo que por mi mente corre, nada y escala. Considero importante que los ciudadanos de a pie – aquellos que no tenemos cuentas en ningún paraíso, ni nos escapamos de Hacienda y de su afán por desnudarnos anualmente- demos voz a nuestros pensamientos, a nuestra inquietudes, a nuestros puntos de vista y a nuestros enfados. Quién sabe, quizá alguien comparte contigo tus ganas de crear un partido político que consiga sacarnos de una crisis que “ya es historia”.

Nuestra pesada rutina nos absorbe, nos agota, nos hace ir volando a los lugares más remotos y nos convierte en una especie de robot que lleva a cabo 1 millón de tareas al día casi de forma mecanizada y sin pensar. Pese a todo ello, no debemos olvidar que somos humanos, que necesitamos evadirnos, desconectar, aislarnos y comunicarnos con nuestra psique para ver si sigue ahí o se ha ido a pescar. Mi método de viaje ancestral es infalible, con solo abrir un libro, escuchar una canción, ver una buena película o sentarme en una butaca de teatro ya tengo el corazón contento y lleno de alegría.
¡Oh, cultura todopoderosa que nadie detenga tu estupendo poder de hacerme sentir persona otra vez! Señores y señoras, miren ustedes a su alrededor cuando vayan en el metro, en el bus, en el coche o caminando por la calle, miren y verán que el mundo está lleno de grandes artistas que luchan cada día por darles sentido a nuestras vidas.

Pero, ¿es nuestra sociedad democrática, globalizada, tecnológica y capitalista una sociedad justa con los artistas, con aquellos seres que se mueven en tan bello mundo ficticio al que se accede con la imaginación y las dotes creativas? Digamos que no, no nos dejemos engañar, no existen intereses políticos por promover la cultura, una especie de Dios que es capaz de colaborar en nuestro desarrollo cognitivo, nos aporta un conocimiento que nos abre las puertas de un saber mayor. El saber llama al saber, y por parte de los “peces gordos” no existe ningún afán de promover un país poblado de ciudadanos capaces de ser críticos, de pensar por ellos solos, de tener opiniones, de decidir, de dialogar, de no conformarse con la anécdota y exigir más y de calidad.

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Abramos los ojos, démonos cuenta del mito en el que vivimos, ¿dónde está la democracia cultural?, ¿dónde reside la plataforma oficial que permite fomentar la cultura en general?, ¿quién es la persona que se encarga de decidir quién es un buen pintor, una maravillosa cantante, un brillante escritor o un inigualable actor?, ¿quién es ese ser que tiene la “LUZ”, el saber magistral que le permite decidir por nosotros, dar a conocer a un escultor y dejar en el anonimato a otros tantos?, ¿en qué se basa para rechazar a unos artistas y llevar al estrellato a otros cuando la mayoría de nosotros estamos de acuerdo que la belleza es subjetiva?, ¿quién le ha mandado a este excelentísimo “maestro” a decidir por mí a quién tengo que escuchar en mi cuenta de Itunes y a quién tengo que echarle unos céntimos en el metro durante mi agotadora rutina diaria?. Me gustaría poder dar una firme respuesta a mis multitudinarias cuestiones que circulan sin previo aviso por las conexiones neuronales de mi cerebro.

Todo son redes conectadas: mis neuronas, la ciudad, las relaciones sociales… pero aquí hay un cabo que me queda suelto, hay algo que no me permite acabar de rizar el rizo, de hacerle la moña a los zapatos gastados de tanto caminar y correr diariamente. ¿Por qué a mí nadie me preguntó si quería que los músicos de las calles de Madrid tuvieran que pasar un casting para poder cantar a la intemperie, pasando el frío congelador en invierno y el calor abrasador en verano?. Y si nos suponemos que existen unas razones sólidas por las que se lleva a cabo este casting ¿por qué nadie nos pregunta si queremos participar en la cruel decisión de escoger el individuo que merece armonizar una calle de la capital y ganarse así unas pesetillas?.

No me huele a trigo limpio el discurso hegemónico lanzado por los principales medios de comunicación en los que defiende la existencia de una democratización de la cultura y una democracia cultural. Al fin y al cabo, las grande empresas de comunicación forman parte de enormes entramados empresariales, todos se mueven por un único interés (llamado €) y necesitan el apoyo político para sostenerse en antena.

Aunque yo tenga que seguir con mi vida diaria, gastando suela de zapatos, corriendo para coger el metro antes de que cierre sus puertas, echando dinero a los cantantes de los subsuelos, animando a amigos actores y visitando museos, no me quedaré con los brazos cruzados frente a esta hipocresía. Mi rutina sigue, mis neuronas continúan conectándose, mis ideas siguen brotando, mi apoyo a la cultura aumenta por momentos, tengo puesta una chispa de esperanza a la propuesta de un “Día sin música” (20 de mayo), quizá los “peces gordos” sacrifican alguna cuenta en Suiza para rellenar las arcas del Estado y permitir el descenso del 21% de IVA en el sector cultural.