El discurso vacío, de Mario Levrero

 

 

Hay un gran reloj oculto que marca el mismo tiempo para todos los días, todos los meses, todos los años; un reloj que marca el ritmo de la sangre en las venas, de las palpitaciones del corazón, de los deseos prohibidos, y a veces –si el reloj lo dispone– permitidos con cuentagotas. La Vida, con su propia lógica, sus propios anhelos y necesidades, transcurre en alguna parte, pero no aquí. Aquí transcurre la improductiva soledad del preso, el frío interior que el verano no disipará. El tiempo no corre junto a nosotros ni nosotros sabemos jugar con el tiempo; el tiempo es sólo un asesino, lento pero seguro, que nos mira con un dejo de burla por debajo de su guadaña, y nos permite ir disfrutando en cómodas cuotas del frío que nos está esperando en la tumba que lleva nuestro nombre.

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Todo lo que tengo que hacer es indefinidamente postergable; lo que no puedo postergar un instante más es tratarme bien a mí mismo.

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Me pregunto cuánto tiempo más seguiré tolerando esta forma de “vida”, en la cual se ven desplazadas, postergadas indefinidamente, olvidadas –cuando no maltratadas– las cuestiones esenciales, profundas, verdaderas, auténticas –las razones por las cuales hemos sido creados. Me pregunto cuánto tiempo más seguiré esperando y desesperando. No estoy en una edad en que pueda permitirme el lujo de esperar demasiado –y hace ya demasiado tiempo que no me encuentro conmigo. Felices Fiestas.

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Así que estoy sin trabajo. No sé por qué es lo que más me perturba, si el hecho en sí de no tener trabajo, o la mirada de la gente que me rodea, la que de un modo u otro, por gestos, por comentarios, me hacen sentir que estoy en falta, que he pasado a ser
sospechoso.

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Cuando uno sabe que ha de abandonar un lugar para no volver, es imposible seguir viviendo en él cómodamente; por así decirlo, uno ya no está allí donde está, sino que vive proyectándose, cada vez con mayor fuerza, hacia el nuevo lugar donde va a vivir. Si miro mis libros es para pensar que debo hacer con ellos prolijos paquetes; y así pasa con todas las cosas. Si algo se pierde o se rompe, ya no se repone. Si un mueble está en un lugar inapropiado, ya no se cambia de lugar. Vivimos aquí provisoriamente, como en un hotel de paso, especulando todo el tiempo con los días y las horas que faltan para trasladarnos.


[DeBolsillo]  

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