Los secretos del emperador – 4 La leyenda. 2004



Los secretos del emperador – 4

La leyenda. 2004

 

Al día siguiente, precavido, aunque ajeno a que lo vigilan por diferentes canales, sigue con la traducción de los pergaminos extraños que lo enlazan de alguna forma con ese personaje lejano que aparece en el diario del emperador. Enfrascado en el trabajo, recibe el permiso para visitar La ciudad perdida no como turista, sino adentrándose por esos recovecos ocultos al público. Chen, como es habitual, será su cicerone. No puede negarse; primero porque es una oportunidad única y, segundo, porque podrían sospechar que tenía algo interesante entre manos. Así que no se lo piensa dos veces y cuando sale del museo se muestra nervioso como un párvulo a quien van a enseñarle la joya más preciada del universo pekinés.


La jornada resulta mayestática. Daniel recorre numerosas estancias de La Ciudad Prohibida vetadas a los ojos de los transeúntes que la visitan a diario. Le han fascinado sobremanera el edificio erigido en el primer cuarto del siglo XV por el emperador Yongle –tercer emperador de la dinastía Ming—, el Museo imperial y el Museo de Palacio.


Pero, todavía le han impresionado más, si cabe, los salones de la Armonía Suprema –Taihe Dian—, la Armonía Central –Zhonghe Dian— y la Armonía Conservada –Baohe Dian—. Este sublime triunvirato, construido sobre una fundación de mármol blanco de ocho metros de alto, mostraba una magnificencia proverbial. Los había visto en innumerables fotografías y los había admirado en varios reportajes en tres dimensiones. No obstante, nunca imaginó tanta euritmia y beldad fusionada en un mismo lugar. Daniel siente angustia, frío, pequeños temblores y ganas de llorar; muchas ganas de llorar ante la belleza que contemplaban sus ojos. El síndrome de Stendhal siempre lo había delatado como una persona de excesiva sensibilidad; para esos momentos difíciles, había creado una coraza diamantina que desplegaba y maquillaba sus sentimientos. Sin embargo, en esta ocasión, por más que lo había intentado, unas lágrimas resbalaron por sus mejillas.


– ¿Qué le sucede algo, Durán? –preguntó Chen.


– Nada de importancia, debe ser alguno de los materiales utilizados para la conservación de los objetos o la pintura, suele sucederme. Me dan un poco alergia, nada más –dice mientras sale de la estancia. Chen descubre que Durán es un poquito raro.


Daniel no ha necesitado visitar las 8.900 salas del complejo, cuyo perímetro abarca 72.000 (m2), y sus más de un millón de objetos recopilados desde la prehistoria, está satisfecho de haber contemplado muchos de los lugares cerrados al público y de haber hablado con los arqueólogos que llevan a cabo su restauración. Nunca olvidará la visita a esa impresionante fortaleza cuya vista desde la colina cercana de Jingshan muestra una perfecta simetría entre los salones y los pabellones que se elevan solemnes y majestuosos con tejas esmaltadas que resplandecen bajo el sol.


Pasadas las ocho de la tarde, la pareja abandona el maravilloso complejo –Patrimonio de la Humanidad— cuyo museo es considerado el más grande del mundo, con tantos secretos como años el universo.


Cuando llega a su apartamento decide tomar una cálida ducha. Después, coge el recipiente de plástico que ha comprado de regreso –repleto de arroz tres delicias— y se lo traga, a cucharazos, como un cavernícola, sonríe al ver los delicados palillos que yacen envueltos en la servilleta de papel que le dieron.


– Demasiada delicadeza para un hambriento como yo –les dice mientras se zampa el contenido del tazón.


Seguidamente, se hecha en el futón y comienza a dar vueltas sin encontrar la posición exacta que le haga caer en un profundo y reparador sueño. A las cuatro de la madrugada decide levantarse y fumarse un pitillo en la galería. Se sienta en una silla colgante de bambú; se enrolla en un edredón y se queda en silencio mirando la inmensidad del cielo, diáfano y cristalino como un espejo. Y allí, como un vagabundo solitario y taciturno termina de pasar la noche entre pensamientos aventureros y sentimientos desconcertantes sin diluir.


Cuando amanece, se da cuenta que ha echado una cabezadita. Siente un frío aterrador que congela sus huesos y los rincones más ocultos de sus entrañas. Pequeñas salpicaduras de escarcha, asoman, como babosas adosadas a un huésped, a lo largo de su organismo. Corre hasta el baño y llena la bañera de agua caliente y pasa buen rato. La hipotermia cede. Cuando Chen va a recogerle, está esperando en la zona ajardinada de la entrada como un flamante maniquí de Chanel.


– Tiene buen aspecto, Durán. Ha debido de dormir muy bien.


– Cierto, soy hombre de sueño fácil. No puedo quejarme –por dentro está diciendo algo así como: «¿Por qué no te metes en tus asuntos y me dejas en paz oblicuo de mierda? Estoy más harto de ti que de las cámaras que me vigilan a todas horas, porque, aunque me digan lo contrario, estoy seguro de que una especie de Show de Truman me rodea».


– Eso está bien Durán, muy bien. Ahora a trabajar.


– Estoy deseándolo.


Chen sigue tan cordial como siempre. Su sonrisa Profidén desquicia a Daniel que tuerce el morro y mira hacia otro lado. El recorrido hacia el museo pasa con un mutismo inusitado. Aquel silencio es todo un alivio. Llegan al archivo pasados cinco minutos de las siete de la mañana; Chen se marcha a su oficina y Daniel pasa los controles y se introduce en su cámara acorazada particular.


Apoyado en la pared de una esquina, observa todos y cada uno de los objetos específicos del contexto. Los segundos parecen eternos y los minutos más infinitos que el confín del mismísimo universo, pero él, impávido como una escultura marmórea, no se mueve hasta ver que todo sigue como lo dejó la tarde anterior: nadie ha manipulado los manuscritos y, por ende, sus descubrimientos siguen ocultos, piensa. Sonríe con ganas y se frota las manos. Coge el tercer conjunto de la primera de las ocho cajas que Lin le ha dejado, y se sienta en el escritorio.





Devora las hojas con sorprendentes espavientos, y, de igual modo, continúa con el resto de bloques del primer embalaje. Anota en una libreta los conceptos principales para hacerse una idea de lo abarcaba su descubrimiento.


Cuando llega a un lote cuyo encabezamiento reza: El Nacimiento de los Tigres Rojos, hace un alto y mira su reloj. Faltan tres cuartos de hora para terminar la jornada laboral y no ha probado bocado ni bebido absolutamente nada. Respira en profundidad y relee el epígrafe de los aristocráticos pliegos que tiene entre sus manos; cierra los ojos y sin meditarlo ni un segundo, saca dos hojas de papel de seda de unos de los cajones de la mesa y los envuelve, seguido vacía la bolsa del almuerzo y los acomoda en el interior. Suerte que lo envuelvo a conciencia y con varias bolsas; parece que soy el único al que le importan estos papelotes vetustos y mugrientos con secretos desconocidos…, demasiados controles para almacenar escritos que nadie lee; pero a mí no se me va a escapar ni una sola nota de interés, ni una sola palabra con sentido misterioso, aunque me convierta en un ladrón o en un anacoreta que vive entre muros de hormigón sintético el resto de sus días, piensa. Seguido devora el bocadillo como un voraz troglodita.


Su reloj marca las cuatro menos dieciséis minutos cuando sale a la galería central con su habitual aplomo. Distendido, pasa los controles y se despide con la mano de los incorpóreos vigías que, a través de las cámaras de vigilancia, controlan a los que deambulaban por los pasillos del archivo secreto; al llegar la última cancela, se topa con Chen que iba a buscarle. Por suerte no habían planeado ninguna excursión para ese día. Cuando lo deja en casa, descansa un rato y saca de inmediato los diez papiros que ha cogido prestados y que dejará en su sitio al día siguiente. Si todo salía bien, seguiría el mismo método mientras lo necesitara.


Sabe que tiene en su poder información privilegiada de primera mano; si lo descubrieran pasaría el resto de su vida en una pestilente cárcel China o incluso podían ejecutado. Pero no le importaba lo más mínimo. No había nacido para ser cobarde ni para que lo manipulasen, piensa. Seguido, extiende los pliegos sobre la mesa, los revisa y tiembla ligeramente al descubrir que están escritos y firmados por el mismísimo emperador. Aquellos documentos guardados como simples trámites eran, en realidad, el diario del monarca. Pero, a diferencia de las epopeyas rutinarias, esta parte, sólo relataba lo concerniente a una casta de guerreros bautizados con el nombre de Los tigres rojos.


El asunto se iba complicando a medida que avanzaba la lectura: los pictogramas chinos aparecían entremezclados con caracteres arameos y cirílicos que Daniel no llegaba entender, y, sin embargo, Qi Shi Huang Ti, los manejaba a la perfección. Llegado el último pliego, solo puede trascribir los epígrafes y poco más, pues están caligrafiados en idioma completamente desconocido.


Daniel se echa las manos a la cabeza y se lanza sobre el sofá como si fuera un muñeco de goma cuyas elásticas articulaciones le permitieran alojarse de cualquier forma y en cualquier lugar. Así como está: bocabajo con la pierna y el brazo derecho colgando, se lleva los dedos a la boca y comienza a morderse las uñas. Su cabeza funciona como un Pentium cinco. De pronto, se levanta de un salto coge su libreta y escribe una carta a sus amigos explicándoles el extraño hallazgo. La cierra y se marcha al mercadillo donde Xong Go ejerce la acupuntura y realiza algún que otro tatuaje.


El oriental lo recibe como a todos los clientes, con una sonrisa de oreja a oreja y senda genuflexiones de cabeza; una vez pasan la cortina de níveo hilo en donde el experto ejecutaba su medicina, Daniel le explica por qué lo visita y parte del descubrimiento –no deseaba involucrarlo más de lo necesario—. Xong comprende la rareza del asunto relacionado con Los tigres rojos de los añejos escritos y el que él le había tatuado en la espalda. Guarda la carta que le entrega y que llegará a sus amigos por medio del familiar que ejerce de intermediario como acostumbran— y, para devolverle la serenidad, le hace diversas incisiones con sus agujas mágicas. Después, le envía a una librería cercana que regenta un conocido de fiar, con una nota muy especial.


– Daniel estate tranquilo que si alguien te vigila no sospechará nada; es una tienda frecuentada por investigadores de todo el mundo. Te voy a escribir una nota para que se la des al dueño. Se llama Shu; seguro que congeniáis de inmediato. Es un buen tipo.


– Gracias Xong. Volverá en unos días para comentarte como ha ido el asunto y para que me agujerees otra vez.


Ambos sonríen y se despiden.


Xong Go le pide a su conocido que pase al CD que Daniel le entregue las copias de los pliegos que le dará. Además, hace hincapié en que sea discreto y que no almacene la información en el disco duro de su ordenador. El acupuntor se fía del librero como si fuera su propio hermano porque es un hombre de honor. Y, en China, eso significa que antes te quitan la vida que difundes los secretos que otro honorable te ha dado.


Shu es algo más joven que Xong Go y bastante más fuerte, tiene unos perspicaces ojos negros con unas pequeñas bolsas, que se acentuaban cuando reía. Su nariz era chata y su pelo tupido y lacio, y, a diferencia de Xong –que mantenía una trenza larga—, lucía un corte de pelo occidental.


Cuando Daniel le entrega la nota de Xong, este, ladea la cabeza en señal de aprobación, y, le hace pasar a la trastienda. Daniel alucina con la rapidez de sus manos manejando cualquier tipo de aparato informático. Por si algún curioso merodeaba preguntando la asiduidad del extranjero, ya que Daniel iría a visitarlo casi a diario. La pareja convino que, si les preguntaban, los dos dirían que estaba escribiendo un diario de sus visitas por Beijín con un papel especial que llegaba de Taiwán en cuenta gotas; algo que era cierto porque, para despistar, todos los días, Daniel, escribía aventuras y desventuras de su estancia en China, aunque nunca mencionaba lo que descubría en el archivo secreto del museo de la capital China.


La segunda noche de su aventura, Daniel la pasa en el comedor de su domicilio, mirando y repasando una y otra vez todas las notas. Él sí guarda la información en el disco duro de su portátil utilizando el mismo código que había descubierto en el diario del emperador. Pero, en vez de usar una mixtura de idiomas de la antigüedad, Daniel lo usa con idiomas actuales. Al principio, le costó descifrarlo, pero una vez lo hubo descubierto, fue para él como coser y cantar. Cada tres letras, introducía dos números y un carácter malayo o de otro idioma vivo y extraño. Lo hacía cada cuatro reglones comenzando las hojas al inverso. Estaba claro que, el emperador, contaba con eruditos de todo el globo terráqueo pues, aquellos caracteres que le parecieron desconocidos, después de introducirlos en un programa que le había facilitado el librero, resultó ser quechua antiguo. Cuando lo averiguó, se echó las manos a la cabeza: «¡Conque los andinos no tenían alfabeto escrito! Pues va a ser que sí». Se dijo a sí mismo como si estuviera en un monólogo a dos. Pero la alegría le duró poco, pues renglones más abajo, sí apareció una lengua íntegramente misteriosa incluso para el programa informático que le ayudaba y que detectaba innumerables lenguas por insólitas que fueran.






Mientras pudo, tradujo. Su erudición fusionada con su soberbia imaginación, le ayudaron lo suficiente como para traducir parte del diario del emperador dedicado a Los tigres rojos. La historia comenzaba así…



… “En el décimo año de mi reinado, bajo la soberanía del tigre, llegó a la corte un comerciante de un remoto país llamado Canaán. Llevaba consigo telas regias, joyas esmaltadas y dulces almibarados, entre ellos, los dátiles fueron un grato descubrimiento para mi docto paladar.


Inteligente y decidido, había aprendido a comunicarse con todos los pueblos que atravesó en el transcurso de su viaje. Su complexión era extraordinaria, vigoroso y de altura muy superior a la nuestra, con un cabello semejante a las amapolas disipadas y con las sinuosidades de las colinas, sus ojos irradiaban distintas y traslúcidas tonalidades marinas, su nariz gozaba de una dulce curvatura; poseía labios torneados de color púrpura y una piel como las damas de mi concubinato. Era, sin lugar a dudas, un hombre singular y hermoso, pero su humildad eliminaba cualquier ápice de vanidad, como era de suponer para tanta gallardía.


Esa fue la causa de la simpatía hacia él, no sus cualidades físicas, sino, por el contrario, aquellas que no se observaban a simple vista. Un día me contó que no se parecía a nadie de su familia, que había nacido distinto, diferente a todos sus genealógicos. Por este motivo, su abuelo lo bautizó con el nombre de Daniel que en su lengua significa ‘Dios es mi juez' –aquí, el Daniel que lo traducía, hizo un respingo pensando en las similitudes de la fisiología de ese hombre extraño del que hablaba el emperador, y su propia constitución. Amén del nombre de Tigres rojos y, ahora, incluso su nombre de pila. Fueron unos segundos antes de continuar la traslación—. Me enseñó innumerables costumbres de su país y su escritura y, también, me habló de su Dios respetando al mío.” 




A partir de esa frase, la interpretación se complicaba pese a sus conocimientos y el programa de transliteraciónpor estar en unos caracteres que jamás había visto; de modo que solo tradujo palabras sueltas.



 

…” Estábamos jugando al ajedrez cuando me confesó su misterio……………………………………………………………………………………………………no podía creerlo…………………………………………tuve que exigirle……………………………………………… ………………………………………………………………………………………………………………………… No se enojó conmigo,………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………retornar……………………………………………………………………………………………………………………tallada…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………ella”…

 


Cansado de darle vueltas a aquellos párrafos entrecortados, Daniel los guardó en su escondite portátil y se marchó a casa decidido a descansar un rato y de visitar a Shu. Lo visitó a mitad de tarde y le explicó el escollo con el que había tropezado –a esas alturas, Shu, estaba al corriente del trabajo de Daniel.


– Amigo Shu tiene la solución. Tu traductor es bueno, pero yo tengo uno infalible que solo conoce la red oscura –Daniel levantó una ceja.


– ¿Asustado?


– No. Estaba claro que eras un hacker. Además, me gusta correr riesgos.


Pues vamos allá. Dame los papiros que los escaneo y los introduzco en el programa de inmediato. A este programa le sucede a la inversa que a tus documentos.


– ¿A qué te refieres?


– Pues que tus documentos no deben almacenarse en el PC del ordenador y el programa solo funciona en este PC. Bueno… en este y en la de mis colegas, pero ellos no pueden ver lo que introducimos si no les damos el Okay, y, en este caso, voy acerrar todos los puertos.


– Aquí los tienes. Diez, como siempre –Shu le guiña un ojo y los coge.


Después de escanearlos. Shu decodifica unos iconos de otras apps. Y, de repente, en la pantalla aparecen líneas luminosas en tonos verde con letras y números que bajan y suben como relámpagos.


– ¿A qué estás pensando que se parece mucho a la pantalla que Neo manipulaba en Matrix?


– Pues sí.


– Lo hicimos a propósito. Es nuestro beneplácito al film. Bueno, eso a ti te importará poco.


– Me hace gracia porque yo también soy fan de la película.


– Mejor que mejor –Shu no deja de trabajar mientras habla.


La pantalla se queda blanca y aparece un círculo negro carente de nombre. El hacker selecciona los pliegos –guardados en una carpeta del PC, que, a posteriori, eliminará— y los introduce en el punto negro.


Unos minutos más, aparece la traducción completa del lote:

 


“…Estábamos jugando al ajedrez cuando me confesó su misterio. Se remontaba a la época de un profeta llamado Moisés, no podía creerlo. Era demasiado complejo, tuve que exigirle que me enseñara alguna prueba. Al dudar de su palabra, no se enojó conmigo, sino, que, muy al contrario, comprendió mi exigencia, y, tras ir a sus aposentos y retornar a mi presencia, me cedió una pequeña caja con forma de pez y profundidad minúscula. Estaba tallada en madera oscura y poseía un resplandor hipnótico. De improviso, extrajo de un bolsillo lateral de su túnica, una diminuta llave de fino oro blanco y me la dio para que yo abriera la joya y viera con mis propios ojos lo que, indestructible, yacía en su fondo.

 

El resplandor fue momentáneamente extremo, pero, una vez desapareció, solo encontré un pequeño trapo blanco con piquitas amarronadas. Me irrité con él, diciéndole que todo era mentira. No obstante, él siguió imperturbable y, con una sonrisa honesta, me dijo: «Mi señor, sé que tenéis una dolencia crónica en vuestras manos, por eso siempre vais enguantado, lo he escuchado de vuestros doctores». ¿Y qué tienen que ver mis pústulas encostradas con tu insignificante reliquia? Pregunté soberbio. Quizá mi antigualla pueda hacerlas desaparecer. Contestó. ¡Daniel no acabéis con mi paciencia! Dije fiero. La guardia entró en la sala al escuchar mis gritos, y mucho me costó disuadirles de que allí nada había sucedido. Cuando desaparecieron de la sala del trono, la caja yacía, vacía, en el suelo. Noté un hormigueo en mis dedos y, sorprendido, vi, cómo el diminuto tejido se había adherido a mis palmas como un organismo vivo y, al momento, se había colado en los guantes y recorría las postulas que envenenaban mi organismo. Un instante después, mis falanges se movían solas y, al quitarme los mitones, comprobé que mis manos estaban completamente sanas.  

 

Daniel, ¿dime que no es un espejismo? ¿Dime que no has envenenado mi mente igual que mi cuerpo, para que vea lo que deseo ver y no lo que es cierto? Apremié. Mi señor, nada he hecho, la tela de vuestras manos obró el milagroso efecto. Os dije que llevaba impresa la savia de mi Dios. Sangre prodigiosa para aquellos que la veneran y para aquellos que deben conocerla y salvaguardarla de enemigos peligrosos. Y, ahí, entráis vos. Mi Dios quiere que seáis su albacea pues conoce vuestra nobleza y vuestro gran corazón. Y sabe que su materia es tan prodigiosa como peligrosa. Me confesó con la cabeza gacha.

 

Daniel, mi Tigre rojo, hablaba arrodillado y con lágrimas en los ojos. A gatas como estaba, recogió el quimérico impreso y lo amparó en su joyero. Seguía llorando cuando le hablé presto: «¿Qué os sucede, amigo mío? No temáis mi desafío, ahora creo vuestras palabras y guardaré la alhaja con mi vida si es preciso». Lloro por el prodigio y por la fe que me trasmite, contestó él.” …


 

Los legajos de la proeza que llevaba aquel Daniel que vivió con el emperador, finalizaban con unas enigmáticas palabras…

 


…” Entonces, la sangre de mi Dios quedará al amparo del gran caracol volteado que os protegerá cuando el sueño eterno os lleve. El verdadero señor de Xian estará custodiado por sus legiones y Los tigres rojos velarán vuestro descanso por toda la eternidad. Pero, si alguna vez rugieran sus fauces carmesíes, las legiones extintas se despertarán y destruirán todo lo que hubiera molestado su reposo.»

 


Daniel y Shu se miran, cómplices, cuando terminan las trascripciones.


        Amigo –dijo Shu— no puedo dejar de pensar que tu vida y la de ese Daniel milenario que convivió con Qi Shi Huang Ti, tienen algo en común. Y qué decir de las ultimas frases: son una especie de maldición. Casi habría que decirles a los arqueólogos de Xian que dejaran de excavar la tumba del emperador.

 

   Shu eres demasiado fantasioso. Aunque, teniendo en cuenta que la tumba del emperador es una construcción piramidal escalonada, no es tan descabellado. Podría significar que esa Fuente de vida eterna o lo que sea… con poderes extraordinarios, puede estar escondida en su mausoleo. Si redondeamos los vértices de la pirámide es semejante a un caracol y bocabajo, ya tenemos el caracol invertido. Pero, ciertamente, desconozco el significado… ¿mira que, si dentro del complejo funerario hay otra edificación con la misma forma, pero erigida al contrario?

 

         O sea… ¿desde la parte más ancha a la más estrecha?

 

         Exacto.

 

         Daniel tú sí que tienes imaginación.

 

         Cada cual tiene sus virtudes.

 

         ¿Y qué pintan Los tigres rojos?

 

         Yo qué sé... Lo mismo en esa otra edificación, en vez de un ejército, aparece la estatua de ese enigmático Daniel rodeado de tigres. Pero, mejor no descubrirlo, no sea que vuelvan a la vida y se conviertan en zombis indestructibles. Ja, ja, ja…

 

         Ya te vale, amigo.

 

         Shu ni te preocupes. Cada cosa a su tiempo. Las coincidencias, existen –contesta Daniel.

 

      Bueno, pues si tú lo dices, habrá que darte la razón –Shu se encoje de hombros y Daniel recoge sus pliegos y la enigmática y reveladora traducción que acaban de conocer.

 

Al salir de la librería y dar unos cuantos pasos, una anciana que vende té, saca un móvil antiguo y marca el número de teléfono del despacho de la doctora Lin.

                                                                   

   Doctora Lin el paquete acaba de salir del escondite. Ha estado media hora más de lo habitual. ¿Quiere que lo siga?

 

   No. Por hoy ha hecho su trabajo. Márchese a casa y descanse. Contactaré con usted cuando la necesite nuevamente. Gracias.

 

Pero a Daniel no se le ha escapado que esa anciana lo vigila porque todos los días que va a la librería de Shu está apostada en el mismo lugar, y, en una ocasión que fue a comprarle té, vislumbró en su rostro una sonrisa maliciosa y unos ojos más jóvenes que la apariencia general. Aquellos detalles podían significar que llevaba una máscara que ocultaba su verdadera fisonomía. Por este motivo, se puso en contacto con sus amigos de Inglaterra y, estos, al conocer la historia completa, le dijeron que, tal vez, le dieran una sorpresa y fueran a Beijín de vacaciones –ciertamente, tanto Juanfran como Alex están bastante preocupados por él.

 

En los días sucesivos, Daniel sigue sustrayendo y devolviendo los papiros antiguos que Lin le dejó hasta tenerlos traducidos al completo.




Por su parte, Lin está al corriente de sus movimientos. Pero no es su enemiga, en contra de lo que pueda parecer, sino su protectora. Es la última descendiente de la única superviviente de las concubinas del emperador y sabe que solo él puede descifrar sus secretos.


Seguirá... Puede que sí o puede que no.


@Anna Genovés

Domingo uno de agosto de 2021

Entrega por capítulos solo en el blog


 

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* Esta novela corta editada por capítulos en el blog, está tejida de algunos recortes no utilizados en SIAH. EL OJO DE DIOS. Y, para proseguir, o bien escribo algo nuevo o comprometo la novela. Y, esto último, es algo que no puedo hacer.

Además, ciertamente, empecé otra historia –que me parece os gustará cuando esté finalizada, si algún día la termino— y que tengo paralizada porque con esto de la pandemia, la verdad, no me ha apetecido escribir. 

Al contrario que otros juntaletras que sí lo han hecho, una, ha pasado muchos meses con ganas de poco o nada. Preocupada por todo y todos.

Chicos y chicas de las redes, comienza agosto. Para quien se vaya de vacaciones: ¡disfrutarlas! Y para quien no, por aquí seguiremos. Gracias.

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