El sofá de Claire, de Xoel Prado-Antúnez

 

 

Nos encontrábamos en la sala donde se unían fotogramas de un rollo de película de una obra maestra del cine de autor, al mismo fotograma de la misma película maestra de cine de autor, pero en otro rollo, en el siguiente. El cine no fue sino un oleaje de rollos que nos inundaban de placer al recorrerlos como quien surfea sobre olas de espuma argenta. Olas de celuloide para retornar a la arena de la playa de nuestro convencimiento, masturbados de placer en Sharon Tate. Olía a una mezcolanza entre hierbabuena, pegamento glasé y aluminio de baja estofa.

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Nadie podrá evitarlo. No hay movimiento. No hay avidez de pensar, no hay voracidad de palabras, aún alimenten. No hay apetito verdadero por vivir. No quiero vivir más. Me cansé. Ya está, de una vez lo expuse, la única verdad que me acrecienta el alma. Pensáis en alargar la vida: la vida tiene su tempo en cada persona, en cada cual, y más allá de ese tempo la propia vida se torna insoportable. Realmente insoportable. ¡Viva la muerte!, expelo como un legionario de colorieres. Como el diablo, que aún usa mocasines de coloriesen.
-Parezco un deudor de los mutilados, un creador de los mismos. ¡Soy el millar de astracán, embarrado en sangre, revolcado en fangos sanguinolentos!



[Editorial Adarve]

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