PALABRA DE MAX



Probablemente, echando una mirada a mis últimas adquisiciones, a las búsquedas recientes, el leonés Vicente Muñoz Álvarez sea el autor contemporáneo que más he leído y seguido en estos últimos años. Algo que, para un lector consumado (que no acumula lecturas porque sí, por puro voyeaurismo intelectual, por jactancia, por aburrimiento) como humildemente me considero, no debería tener ni un ápice de novedad; pero se da la circunstancia de que mi biblioteca se nutre, desde siempre, de ficciones; novelas mayoritariamente y relatos, con poco espacio y nulo protagonismo de la poesía. Y es aquí donde se instaló, hasta ser nido y refugio para mi sorpresa y complicidad, la narrativa, poesía y esquema de expresión de Vicente; con esa capacidad de abrir la puerta a su intimidad, a su melancolía sin aspavientos, sin fuegos de artificios sino desde (diría él) la ensoñación, desde la certeza de que el recuerdo nos salva, nos protege de la adversidad, del desapego. Y probablemente fue entonces cuando entendí que la prosa de Vicente atravesaba la epidermis por una soterrada sensibilidad que transciende la forma, la convierte en bandera de todos aquellos (pocos pero bien montados para el naufragio) que, casi con la seriedad de un niño a la hora de jugar, continúan el dramático censo de la actividad humana para trazar la última epístola, leer el párrafo final.

Max Benítez


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