Lo estás deseando, de Kristen Roupenian

 

 

Nuestro amigo vino la otra noche. Su horrible novia y él por fin habían roto. Era la tercera vez que lo dejaba con esa misma novia, pero insistía en que aquella iba a ser la definitiva. No paraba de dar vueltas por la cocina enumerando los diez mil tormentos y humillaciones insignificantes de los seis meses que había durado la relación, y mientras tanto nosotros asentíamos, nos mostrábamos preocupados y lo mirábamos con una expresión amistosa. Cuando se fue al baño para calmarse, nos desplomamos el uno sobre el otro con los ojos en blanco y simulando que nos ahorcábamos y nos pegábamos un tiro en la cabeza. Nos dijimos que escuchar las quejas de nuestro amigo sobre los pormenores de su ruptura era como escuchar los lamentos de un alcohólico sobre la resaca: sí, el sufrimiento era palpable, pero qué difícil es empatizar con alguien que desconoce hasta tal punto las causas de sus propios problemas.

[Del relato “Chico malo”]


**

La película que él quería ver la proyectaban en el cine donde ella trabajaba, y por eso Margot le sugirió que fueran a verla al multicine de las afueras de la ciudad. Los estudiantes raras veces iban allí porque para llegar hacía falta coche. Robert pasó a recogerla en un Civic blanco embarrado; de los portavasos sobresalían numerosos envoltorios de chucherías. Al volante se mostró más callado de lo que ella hubiera esperado, apenas la miraba. No habían pasado ni cinco minutos cuando empezó a sentirse muy incómoda y, cuando entraron en la autopista, se le ocurrió que quizá la estuviera llevando a algún lugar para violarla y asesinarla. Al fin y al cabo, casi no lo conocía.
Justo cuando pensaba esto, él dijo:
-No te preocupes, no voy a matarte.
Y se preguntó si la incomodidad que se palpaba en el ambiente sería culpa de ella por comportarse con tanto nerviosismo y temor: el tipo de chica que cada vez que sale con alguien piensa que la van a asesinar.
-No pasa nada…, puedes matarme si quieres –dijo, y él se rió y le dio una palmadita en la pierna. Pero su silencio le seguía resultando desconcertante, como si se resistiera a todos sus entusiastas intentos de entablar algún tipo de conversación.


[Del relato “Un tipo con gatos”]


**

Vale, esto pasó hace tiempo, cuando vivía en Baltimore y estaba jodidamente solo. Esta es mi única excusa, si es que tengo alguna: estaba en paro y alquilaba la habitación de un motel por semanas en la otra punta del país, muy lejos de toda la gente a la que conocía; vivía de las tarjetas de crédito y trataba de “descubrirme a mí mismo”. Con esto me refiero a que dedicaba la mayor parte del tiempo a estar colocado y borracho y pasaba dieciocho de las veinticuatro horas durmiendo.
En aquel momento, casi las únicas personas con las que hablaba con cierta regularidad eran las chicas que conocía en Tinder. Me quedaba en mi habitación bebiendo, viendo porno y jugando a videojuegos y de pronto me daba cuenta de que no había hablado con nadie de carne y hueso en una o dos semanas y de que, por supuesto, no había salido de la habitación ni me había cambiado de ropa ni comido algo que no viniera en una caja. Empezaba a deslizar el dedo por la pantalla en busca de una chica que me ayudara a volver a sentirme humano durante un tiempo.


[Del relato “Deseos suicidas”]


**

Ella era de las que mordían. En la guardería mordía a los otros niños. Mordía a sus primos. Mordía a su madre. Con cuatro años iba a un médico especial dos veces por semana para “trabajar” en su afán canino. En la consulta del médico, Ellie hacía que dos muñecas se mordieran la una a la otra y después las muñecas hablaban de sus sensaciones al morder y ser mordidas.

[Del relato “Una chica de las que muerden”]



[Anagrama. Traducción de Lucía Barahona]

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

*