Día 11



Diario cuarenténico

Día 11

Hoy ha sido un día extraño. Dormí poco y mal –a las ocho se me cruzó un cable y me puse a pensar—. Soñé despierta. Vivíamos en un ático chiquito y lindo; es lo mejor que nos podría pasar: él plantaría esas macetas que me agobian y que serían su ritual. Lo dejaría. ¿Cómo no? Nuestro piso es hermoso, pero nunca me sentí de esta finca ni de esta comunidad, y, después de veintidós años, sigo igual. Wasapeo con dos vecinos y  poco más... Y, la verdad, mejor.

Estoy segura que me he desvelado por ese maldito olor a lejía. Me recuerda a esa infancia perdida, sí, pero no a la que pensé ayer sino a médicos y enfermeras. A enfermos psiquiátricos y batas blanco cereza. Sangre seca. Papá murió cuando era un bebé y mamá se hizo hipocondriaca, me llevaba a muchos especialistas o ellos venían a casa. De mocita me hice Junior y visitábamos el psiquiátrico cercano para ver a los pacientes –locos. Antes no eran ni enfermos psiquiátricos, ni pobres dementes: eran locos. Punto y pelota—. Hoy me he sentido como esa mujer a la que saludábamos; estaba sentaba en la cama y miraba a la nada con los ojos perdidos en las baldosas blancas.

Sabes, ‘diario cuarenténico’. ¡Oye! Tienes un nombre demasiado largo para hablarte de tú a tú. Así que, entre nosotros, te llamaré, Dicu. Te acabo de bautizar. Bueno, pues… Dicu, esta mañana hice lo mismo que esa loquita. Me senté en la cama a echar un vistazo. Solo que no miraba azulejos sino la estantería –llena de libros normalitos—. De improviso, he pensado que todas las personas tenemos un punto Diógenes porque nos gusta acumular. ¿Para qué tantas novelas? Para decir que las he leído todos. Mentira. De la mitad ni me acuerdo. Lo mismo quienes almacenan películas que vieron y nunca visualizarán nuevamente o DCs que escucharon y ya no oirán. Ahora, la moda es acumular rollos de cocina, papel higiénico, servilletas… Ja, ja, ja. ¡Ah! Y ‘like’. Es que somos tontos del culo. Pero ambién acumulamos sentimientos: rencor, odio, ira, envidia, amor...

Con los años me he vuelto más y más minimalista. Me gustan los espacios casi vacíos con muebles sencillos y colores base. Por tener, tengo lo justo en todo. Antes era una Fashion Victim. Me sigue gustado la ropa mogollón, pero me he deshecho de la mayoría de prendas, primero en Chicfy y, últimamente, en Vinted. Echo de menos hacer paquetes requetebonitos y ofrecer prendas a muy pocos euros. Tal vez haga felices a quienes los reciben por unos minutos. Todo volverá a su cauce. ¿O no? ¿Tú qué crees?

He abierto la nevera y necesito comprar. Mañana será otro día. Me he comido el último huevo y apenas queda fruta o pan. J me acaba de enviar una lista por wasap. ¡Vaya rollo! Tendré que disfrazarme y salir pitando después de comer –entre las 15:00 y la 16:00 h—, es cuando menos gente hay. Desde luego, tampoco ves el mismo material. Por las mañanas, en la acera de enfrente, presencio el rosario interminable y distante de Tías, Martas, criadas, señoras, chóferes, próceres y etc. Mayormente con mascarilla y guantes. Es como si las cofias de Margaret Atwood hubieran pasado de las cabezas a las bocas. La procesión es silente, con las testas gachas y el carro de la compra. De uno en uno y a distancia o acabas en el paredón; no se permite caminar en pareja y apenas se habla. A este paso olvidaremos el abecedario. Quizá sea parte de la evolución.

Y, como Darwin decía: «Hay que adaptarse». Pues… ¡qué narices! Nos adaptaremos; el proceso está en marcha. Que no hablamos, pues oiremos música. Que no podemos reunirnos, haremos partys telemáticas o nos compraremos un robot. Seguro que no discutiríamos.  A partir de ahora voy a cambiar a Poe por Asimov.

Pocos perros en la calle, un frío de narices. Una lluvia hiperfina y helada deja las calles mojadas y resbaladizas… Sí. No tengo ninguna duda: mejor quedarse en casa no sea que pegue un resbalón y las sirenas me empaqueten.  ¡Ay! ¡Qué gracia! La vecina del otro lado de la calle está en el balcón con una bata rosa llena de corazones. Es divertida. ¡Por Dios! ¡Qué freak soy! He ido a echar la basura salida de una película Z de ciencia ficción. Vestida al estilo de los más cutres de la serie The rain; carezco de ese traje NBQ tan molón que llevan las celebrities; una es del montón. Pero Heroesde David Bowie, me acompañaba.

La estupenda Amazon me ha traído unas bandas elásticas para ejercitar los músculos –es una caca ver tu propia decadencia—. Sin embargo, hay que adecuarse a los nuevos tiempos, puede que ni vuelva al gimnasio. Yo me lo guiso y yo me lo como, como Juan Palomo. Solo han pasado once días y mis carnes están… digamos algo más… flácidas. Mi trasero baila ligeramente, tiene un vaivén amable que hasta me agrada. Ya está bien de tanta gaita. Me falta azúcar. Son las 19:04 h y necesito una barrita nutritiva de lo que sea. ¡Jor! Me quedan solo tres. Mare, mare, mare…

No hables alto, murmura. No salgas acompañada, ve sola. No goces ni abraces ni beses bocas, está prohibido. Ten cuidado con lo que haces, sino acabarás muerta en un hangar como tantas otras. Cuida lo que tocas o acabarás loca. Olvida estar guapa, lleva guantes y máscara. Arrincona a los demás, ya no están, y si no están, no importan. ¿Dicu no te parece que hemos creado nuestro propio Cuento de la criada y que el ojo del terror se llama coronavirus? Lo ve todo, como Dios, y si te mueves, te atrapa.

Una fecha maldita una gestión alocada. Confirmado: el fin de semana de mítines, mascletás, manifestaciones, deporte y más… Fue el comienzo del fin. El fin de las comodidades, de las risas, de tener todo y desear más. Se veía venir. Sin embargo, nadie lo impidió. Casi 50.000 casos confirmados y 3.500 fallecidos. Una tragedia que aún no finalizó.

@Anna Genovés 
miércoles 25 de marzo de 2020

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