Homer y Langley, de E. L. Doctorow



Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento. Cuando me dijeron lo que ocurría, me interesó medirlo; entonces tenía menos de veinte años, y todo me despertaba curiosidad. Lo que hice ese invierno en particular fue situarme a cierta distancia del lago de Central Park, donde patinaba la gente, y ver qué veía y qué no veía conforme los días iban pasando.

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Aun así, estoy convencido de que Langley pone en esta pasión por el coleccionismo algo muy suyo: es patológicamente ahorrativo; desde que somos nosotros quienes llevamos la administración de la casa, le preocupa nuestra economía. Guardar dinero, guardar cosas, encontrar un valor a objetos que otros han desechado o que de un modo u otro puedan tener un uso futuro… todo ello forma parte de lo mismo. Como es de esperar en un archivista de periódicos, Langley tiene una concepción del mundo, y como yo no la tengo, siempre me he avenido a lo que él hace.

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Me detendré en esto un momento porque si bien Langley siempre ha tenido muchos proyectos, como corresponde a una mente tan inquieta como la suya, éste en concreto perduró. Desde el primer día que salió a comprar los periódicos de la mañana hasta el final de su vida, cuando los fardos de periódicos y las cajas de recortes llegaban hasta el techo en todas las habitaciones de la casa, su interés nunca flaqueó.

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Haced algo, masculló, haced algo. Pero sus hombres, quizás atónitos por la colección de órganos y fetos en tarros de formol de nuestro padre, las toneladas de libros desbordándose de las estanterías decorativamente, los viejos esquís de madera en el rincón, las sillas de respaldo recto apiladas, las macetas llenas de tierra de los experimentos botánicos de mi madre, el ánfora china, el reloj de pie, las entrañas de dos pianos, los altos ventiladores eléctricos, las varias maletas y un baúl, las pilas de periódicos en los rincones y en el escritorio, el viejo maletín médico negro de cuero agrietado con el estetoscopio asomando, todo ello prueba de una vida bien vivida… en fin, como decía, ante todo eso, los hombres parecían incapaces de moverse.

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Y ahora yo tenía que tocar el piano mientras él pintaba lo que oía. La teoría era que su pintura sería un acto de traducción. Yo no debía tocar piezas; debía improvisar, y el lienzo resultante sería la traducción a un lenguaje visual de lo que yo había vertido en forma de sonidos. Se suponía que, una vez seca la pintura, en un destello sináptico de conciencia, yo vería el sonido, u oiría la pintura, y los conos y bastones empezarían a germinar y resplandecer de vida.

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Los niños son portadores de la infame superstición, y en la cabeza de los delincuentes juveniles que habían empezado a apedrear nuestra casa, Langley y yo no éramos los reclusos excéntricos de una familia en otro tiempo acaudalada que describía la prensa: nos habíamos metamorfoseado, éramos fantasmas y rondábamos la casa en la que en otro tiempo vivimos. Yo, que no podía verme ni oír mis pasos, comenzaba ya a compartir esa idea.


[Miscelánea Editores. Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla]

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