El fuego (Diario de una escuadra), de Henri Barbusse



Se distingue un laberinto de largos fosos donde se acumulan los restos de la noche. Son las trincheras. El fondo no es más que un lecho cenagoso de donde hay que despegar ruidosamente los pies a cada paso y que apesta a la entrada de cada refugio a causa de los orines de la noche. Los agujeros mismos, si uno se inclina hacia ellos al pasar, hieden también, como bocas.
Veo emerger sombras de esos pozos laterales y moverse masas enormes e informes: esa especie de osos que chapotean y refunfuñan somos nosotros.

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Son hombres, hombres buenos arrancados bruscamente de la vida. Como cualquier hombre sacado de la gente corriente, son ignorantes, poco entusiastas, de miras limitadas, llenos de un rudo sentido común, que a veces parece un desvarío, inclinados a dejarse llevar u a hacer lo que se les dice que tienen que hacer, resistentes a las penas, capaces de sufrir durante mucho tiempo.

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"¡Ah, amigos míos –rumiaba en voz alta nuestro compañero–, todos esos tipos que deambulan y que papelean por allí dentro, de punta en blanco, con sus quepis y sus gabanes de oficinistas, sus botines que no dejan señales, sí, que comen platos delicados, que se echan al coleto un buen trago cuando quieren, que se bañan dos veces al día mejor que una, que van a misa, que fuman cuanto quieren y que por la noche se tumban en un colchón de plumas para leer el periódico… todos éstos dirán luego: "Yo estuve en la guerra"."

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Estamos a punto. Los hombres forman, siempre en silencio, con la manta en los hombros, el barboquejo abrochado en el mentón, apoyado en los fusiles. Miro sus caras pálidas, crispadas, hundidas.
Eso no son soldados, son hombres. No son aventureros, guerreros hechos para la carnicería humana (o carniceros o ganado). Son jornaleros y obreros y se les reconoce a pesar de sus uniformes. Son civiles arrancados de cuajo de su sitio. Están a punto. Esperan la señal para morir y matar, pero se ve, al contemplar sus rostros entre los rayos verticales de las bayonetas, que son simples hombres.

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Hay un feldwebel [sargento] sentado, apoyado en las tablas despedazadas que constituían, allí donde ponemos los pies, una garita de centinela. El ojo capta un pequeño agujero: tiene el rostro clavado en los maderos por un bayonetazo. Frente a él, también sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los puños soportando el mentón, un hombre tiene toda la parte superior del cráneo levantada como si de un huevo pasado por agua se tratara… Junto a ellos, centinela espantoso, hay la mitad de un hombre en pie: un hombre cortado, partido en dos desde el cráneo hasta la pelvis, apoyado, erguido, en la pared de tierra. Ignoramos dónde se halla la otra mitad de esta especie de poste humano cuyo ojo cuelga de lo alto, cuyas entrañas azuladas se envuelven en espiral alrededor de su pierna.

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-Lo que dice es verdad –opina uno sin mover la cabeza dentro de su caparazón de barro–. Cuando estuve de permiso, me di cuenta de que había olvidado muchas cosas de mi vida anterior. Tengo cartas escritas por mí que releí como si fueran un libro que abriera por primera vez. Y, sin embargo, olvidé también mis sufrimientos de la guerra. Somos máquinas de olvidar. Los hombres son seres que piensan un poco y que, por encima de todo, olvidan. Eso es lo que somos.


[Montesinos. Traducción de Carles Llorach]   

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