Furtivos, de Tom Franklin



Me largué del Sur hace cuatro años, en cuanto cumplí los treinta, para asistir a la escuela de posgrado de Fayetteville, Arkansas, donde entre yanquis transplantados y gente del oeste me di cuenta de lo afortunado que había sido por haberme criado en este lugar, en estos bosques sureños, entre cazadores furtivos y narradores de historias. Me consta, por supuesto, que la mayoría de la gente considera Arkansas como parte del Sur, pero no es mi Sur. Mi Sur (el que no he sido capaz de expulsar de mi sangre ni de mi imaginación, el Sur donde transcurren estos relatos) es la zona baja de Alabama, frondosa, verde y llena de muerte, los condados boscosos que se extienden entre los ríos Alabama y Tombigbee.
[…]
Vuelvo a donde la vida muere con lentitud y cazo historias como un furtivo. Cazo como un furtivo porque quiero recuperar los senderos antes de que sea demasiado tarde, antes de que retumben los últimos camiones madereros y las viejas y oscuras costumbres queden taladas para siempre.

[De "Introducción: Años de caza"]

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Bienvenidos a Shubuta.
Echad un vistazo. Tractores abandonados consumidos por el kudzu. Terreno llano, sol alto y distorsionado, campos secos. Junto a la carretera, en un solar de tierra, unos niños estrábicos se encorvan sobre un círculo de canicas polvorientas, inmóviles, como en una fotografía. Una señora negra con un cesto de ropa vacío camina en sentido contrario al tráfico. Hay coches resplandecientes y casas construidas sobre bloques de cemento. Saco otra lata del hielo, abro la pestaña y dejo que la cerveza se deslice por mi garganta.
Esto es lo que pienso: morir en el hospital, no por el forro. Si hay que largarse hay que hacerlo violentamente, con un poco de honor: rescatando a un bebé de la vía del tren y que el tren te lleve por delante. Cubriendo con tu cuerpo una granada de mano en pleno combate y salvando a once compañeros. Algo así. La pistola en la cabeza es siempre una opción, pero se necesita añadir un toque creativo.

[Del relato "Shubuta"]

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Son inteligentes, las chicas de Ned. Leen novelas. Agentes inmobiliarias, asistentes legales o universitarias.
¿Y dónde las encuentra?
Es rico. Son ellas las que lo encuentran a él.
Habré hecho lo del barco con Ned en cuatro ocasiones, pero no soy rico. Es más, soy pobre. No me afeito pero bebo en exceso y a veces, por la tarde, me dedico a lanzar fruta mohosa por las ventanas de la casa que Ned me alquila por ciento cincuenta al mes, aunque no me acuerdo de la última vez que le pagué. Ned comprende. Compra revistas Playboy, las hojea una vez y luego me las da. En eso consiste ser rico.
Y en esto ser pobre: tu mujer te deja porque no puedes encontrar trabajo por la sencilla razón de que no hay trabajo que encontrar en ninguna parte. Vacías el tarro de centavos de la repisa de la chimenea para comprar cigarrillos. Detestas contestar el teléfono porque siempre son malas noticias. Cuando tus amigos te invitan a salir, no sales. Pasado un tiempo, dejan de invitarte. Les debes pasta y en ocasiones te la piden. Les dices que verás lo que puedes rascar.
Que es lo siguiente: nada.

[Del relato "La balada de Duane Juárez"]

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Esther tenía cincuenta años. Se había casado dos veces y tenía seis hijos que se habían ido y sentían rencor hacia ella. Tuvieron que extirparle el útero en una operación que aún seguía pagando. Ahora vivía sola y la mayor parte del tiempo bebía, también en soledad. A no ser que se quedasen dormidos en la camioneta en mitad del bosque, los chicos Gates se pasaban a verla tras una noche de trabajo. Esther les preparaba un café bien cargado y les alimentaba con huevos fritos muy salados y salchichas. Algunas mañanas, como las de hoy, tendría la mirada perdida, cogería a Kent del cuello de la camisa, lo conduciría al piso de arriba, lo vería cerrar la puerta del cuarto de baño y escucharía los ruidos que haría al bañarse.
Ella sonreía sabiendo que esas eran las únicas ocasiones en que se bañaba.

[Del relato "Furtivos"]


[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]

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