Mi padre, el pornógrafo, de Chris Offutt



Nuestra conversación cayó en un largo silencio. Volvió a hablar:
-Me sorprende no tener ningún miedo. He vivido bastante bien. Ahora sabré si de verdad existe un más allá. O si no es más que un largo descanso del que ni me voy a enterar. Cuesta pensar en un mundo sin mí.
Hay momentos en la vida de las personas en los que tiene lugar un evento significativo del que no son conscientes: la última vez en que aúpas a un hijo antes de que pese demasiado, el último beso de un matrimonio echado a perder, la visión de un paisaje que adoras y que nunca volverás a ver. Semanas más tarde, me di cuenta de que aquellas fueron las últimas palabras que me dirigió papá.

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La pérdida de uno de los padres se lleva una especie de paraguas contra el inclemente tiempo de la vida. Independientemente de su estado –tela rasgada y varillas rotas–, uno siempre lo había tenido a mano para protegerse y tener cierta seguridad. La muerte de papá me convertía en el cabeza de familia oficial, en el encargado de tomar decisiones, en el siguiente en la cola de la muerte. Ahora tenía que proveer de mi propio paraguas a mis hermanos, a mi madre y a mí mismo.

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Para la mayoría de las personas, la infancia es un refugio de tiempos en los que todo era más sencillo. Las crecientes responsabilidades de la edad adulta dotan al pasado de inocencia y júbilo: un verano que parece no tener fin, la vastedad de un cielo nocturno, el fundido del invierno al alborozo de la primavera. La infancia mejora a medida que envejecemos y nos alejamos de ella.

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A menudo, papá me decía que la primera obra de un escritor era la mejor, porque ponía en ella toda su vida. Todo lo que escribiera después contenía a lo sumo la acumulación de varios años.

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En el momento de su muerte, papá había sobrevivido a escritores más viejos a los que admiraba, se había distanciado de sus contemporáneos y se negaba a hacer amigos entre los recién llegados. Todos sus libros estaban descatalogados.

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La idea de que el porno evitaba que matara mujeres era un autoengaño que justificaba su impulso de dibujar mujeres atormentadas. Creer que habría sido un asesino en serie de no haber sido por la pornografía que creaba era otra de sus fantasías, una que le permitió entregarse por entero a sus obsesiones. Necesitaba creer en una causa mayor a fin de continuar su obra. Admitir que le gustaba suponía demasiada carga.


[Malas Tierras. Traducción de Ce Santiago]

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