M. Mayoral: La única mujer en el mundo

Marina Mayoral: La única mujer en el mundo.
Edhasa, 2019.



* Texto publicado el 23/04/2019 en Estado Crítico.

Tejidos por el deseo

«Ahora tengo todo lo que deseo, más de lo que nunca me atreví a desear. Y no tengo miedo a perderlo».

Recuerdo a Marina Mayoral igual que recuerdo mi cuerpo, mi cuerpo y sus ansias, a los veinte años, cuando comencé a leerla, sumergiéndome en su literatura con ardor parejo al de quien se baña en el Jordán.

Eran otros tiempos, a finales del siglo anterior, con menos vidas vividas, con menos deseos colmados, y un horizonte joven, ingenuo, en el que ni la imaginación más desatada podía, ni por asomo, presentir el futuro.

Marina Mayoral hablaba y escribía con serenidad, desde un pazo sabio, sensual, bellísimo, sensible. Desde un estado reconocedor de nuestras constantes vitales, esas que tan dignamente traicionan los asideros de nuestra materia, por suerte para todos.

En La única mujer en el mundo, la autora, nacida en Mondoñedo (Galicia), vuelve a Brétema, lugar perenne de sus narraciones. Un pueblo mítico en el que todo cabe y todo tiene lugar, y del que sale toda forma de vida y de literatura. No se necesitan niuyores para que suceda lo grande. Tampoco para lo pequeño. Con que aparezcan en la retaguardia es suficiente. Todo está en nosotros. Vamos y venimos. Nos influenciamos. La realidad cambia mientras una gran porción de ella permanece.

El entorno invita a la fusión de la acción con la naturaleza. El mar cercano, la presencia de prados y bosques, la lluvia y la luz tenue de los campos, el rumor del aire, los relojes de las torres. Esa armonía, recóndita, siempre presente en sus relatos, que sus personajes atraviesan y a la que permanecen expuestos.

Estructurada en tres partes, con capítulos breves precisamente datados, La única mujer en el mundo se escribe a varias voces con abundancia de diálogo. Un dialogar que roza, con frecuencia, la mayéutica, guiándonos hacia la comprensión auténtica del devenir anímico de los personajes. Damián, Luz Áurea, Adolfo, Amara y Marcos se nos descubren. Sus vidas se entrelazan, física y emocionalmente. Y aunque no hay tramo de existencia libre de tragedia o dolor, ellos crecen. Crecen por la vía de los deseos, hacia ellos mismos y hacia la libertad.

No sé si quien escribe es consciente de lo que los lectores aprehendemos a través de sus obras, de su involuntario hálito docente. Mostrar, enseñar. Ensanchar caminos, contribuir al descubrimiento y a la toma de conciencia. Recoger nuevos impulsos en aguas desconocidas. Arrojarse al curso de la vida. Tejerse en el deseo. Trenzarse con él. Vivir por él.

Un narrar puro, sin trampas, con voluntad de sugerir pero no de imponer, y mucho menos de ocultar.

Tengo mucho que agradecer, y quiero que se note, a Marina Mayoral. Incluido el placer de distinguir las forsitias.


Marina Mayoral (1942) es novelista y catedrática jubilada de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid. Escribe en gallego y en castellano. Entre sus numerosos trabajos de investigación destacan los dedicados a Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, así como sus análisis de poesía y prosa contemporáneas. Colabora semanalmente con La voz de Galicia. Ha publicado más de una veintena de novelas y libros de cuentos. Algunos de sus títulos más célebres son Recóndita armonía, Dar la vida y el alma, Deseos o Recuerda, cuerpo.

* Para R. Mayoral, que me acompañó en los noventa.

1 Comment

  1. Siento disentir con este post. Recordaba de Mayoral exordios en el ámbito de la novela que la habían lanzado a una fama merecida. Siempre tuve la curiosidad de leer las novelas de una catedrática de literatura, buena, quizá excelente investigadora, pero entre pitos o flautas no lo hice, no consigo recordar si allá por los años 80 llegué a leer La única libertad, pero tengo la idea vaga de que sí, y de que me pareció una buena novela (la memoria ya no es lo que era, el tío Al (Zheimer) hace de las suyas). Así que cuando me he encontrado, recién publicada, La única mujer en el mundo en una librería de Barcelona (donde estaba buscando otra cosa completamente distinta que no encontré) he pensado: «Esta es la mía». Comprada, leída – se lee rápido. Que desilusión. Para empezar, está escrita en presente, cosa que -reconozco que de manera totalmente subjetiva- me da un fastidio notable. Pero eso sería lo de menos. La historia es digna de una novela rosa, simplona, sentimentaloide, llena de concesiones al lugar común de actualidad, con la víctima de la violación colectiva, la revaloración estética de la gordura, la pareja de homosexuales, el joven intelectual que emigra a Estados Unidos pero al final vuelve a la paz doméstica, tráfico de drogas con contrabadistas gallegos enormemente enriquecidos (Vivir sin permiso, a estos niveles estamos, pero es que lo que puede pasar para una serie de Netflix puede ser un poco escaso para una novela). Pero sobre todo es la forma de escribir lo que me ha decepcionado: hasta con una historia como esta cualquiera de las hermanas Linares habría sabido sacar mucho más jugo literario.
    La página de Wikipedia dice de Mayoral: «Las notas formales más destacadas son la finura de los análisis psicológicos, el humor, la naturalidad de la prosa, el juego de perspectivas y las estructuras metaliterarias». No sé qué entenderá quien lo ha escrito por estructuras metaliterarias, pero lo único de metaliterario que hay en esta última novela es que el protagonista, Damián, expresa su amor a Luz Áurea (ya el nombrecito se las trae) copiando poemas ajenos y dejándoselos de regalo cuando ambos son muy jóvenes; una vez le escribe uno propio. El juego de perpectivas aparece en el tratamiento de los varios personajes: Amara escribe a un psicólogo sus vivencias y sus pesadillas en forma de cartas, manifestando su perepetiva y su punto de vista sobre personajes y acontecimientos, con pretericiones infantiles que no esconden absolutamente nada al lector y manifiestan más, a mi juicio, una limitación en la concepción del personaje que otra cosa; y el resto de la perspectiva es la de Damián, aunque en sus diálogos con otros personajes aparecen pinceladas, como es lógico, de lo que se hace pensar a estos. El punto de vista dominante, sin embargo, es el de un narrador demasiado omnisciente, que da la imprensión de no dar ninguna posibilidad ni a los personajes ni a sus historias: todo parece planificado por un narrador demasiado preocupado con nada menos que «desvelarnos el sentido de la vida, de la muerte y del amor», ahí queda eso. Ambiciones modestas para una novelita que no sé si llega a 200 páginas. Pero en fin, hasta aquí, vale, un cierto juego de perspectivas y algún que otro atisbo de metaliterariedad lo hay. Bastante sencillotes y casi ramplones, pero los hay. La naturalidad de la prosa yo en este caso encuentro que se manifieste, más bien, como simplicidad, llanez o incluso planitud de un discurso de una banalidad desarmantemente antiliteraria, pero claro que esto es un juicio estético completamente subjetivo y lo que a mí me parece pobreza a otro le puede parecer maravillosa sencillez y naturalidad. También de don Pío decían que no tenía estilo. Humor, si lo hay, debe ser completamente ajeno a mi sentido del ídem, porque es que ni la más mínima sonrisa, nada de nada. Finura psicológica no la he encontrado tampoco en el dibujo de unos personajes planos, previsibles, convencionales y sin evolución ni crecimiento, aunque se les sigue desde la infancia hasta la juventud o primera edad adulta. Disposición de la trama completamente lineal, ninguna invención, niguna puesta en discusión de una tesis fija y preestablecida. Discurso al trote justo lo necesario para llevar la historia de principio a fin. La única novela peor que esta que me ha caído entre las manos en los últimos años ha sido El bolígrafo de gel verde, pero por ahí nos andamos. Con todo esto, recomiendo la lectura, porque creo que mis gustos son solo míos y es una novela que se lee rápidamente, cuenta una historia, y que a lo mejor a otro le puede parecer buena o meritoria por alguno de los conceptos que yo, de acuerdo con mis propios parámetros, a lo mejor anticuados o demasiado exigentes, no he valorado. A ver si hacen otra serie de Netflix.

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