Malos días, de Victoria Pelayo Rapado



En ese instante y cuando aún faltaban dos horas para la cita, a los dos los asaltó la misma idea. Durante veinticinco años ambos habían sido conscientes del paso del tiempo y ahora, cuando se acercaba el momento de verse, pensaron en cómo ese tiempo se habría posado en el otro. Habían tenido oportunidad de contemplar imágenes mutuas, pero hoy, al fin, y cara a cara, verían los estragos de la edad. Con detalle podrían escudriñarse, mirarse en un espejo. Uno se encontraría con un hombre mayor que él mismo cuando dejaron de verse, y el otro descubriría que su padre, anciano ya, nunca volvería a ser el padre protector que habitaba en sus recuerdos.
Se verían en la casa del padre, tus piernas son más ágiles que las mías, le había dicho a su hijo cuando vio que titubeaba en el momento de concretar el lugar. Eso lo convenció. Eso y la curiosidad. Nunca en todos los años transcurridos había dejado de preguntarse cómo sería la casa de su padre. Rechazó las ocasiones para visitarlo, dejó pasar los meses y los años preguntándose cómo sería la nueva morada en lugar de aceptar alguna de las invitaciones que recibió, excusándose siempre, no ante él, con quien no había vuelto a hablar, sino ante sí mismo para justificar su ausencia y no reconocer que quizá, sólo quizá, estaba equivocado.

[Del relato "Preparativos"]

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Los colegios son codiciosos. A veces la maldad se concentra alrededor de un nido, y los nidos tienen muchas formas, una de ellas, de colegio. Tantos inocentes juntos despiertan la codicia de personas que no pueden tener cerca el regalo que es un niño, con sus sonrisas, sus palabras, su mirada, su cariño. Cuando los otros padres veían a las niñas rubias, Alba y Blanca, lindas y listas, agarradas a la mano de una estragada madre envejecida a sus veintipocos años, torcían la boca en un gesto de repugnancia ante el desatino de la naturaleza. Y es que, con las niñas a su lado, el deterioro de Franca se hacía más ostensible; como si todo el candor, belleza y gracia de Alba y Blanca se avivaran a su lado intensificando la diferencia.

[Del relato "Llámame Franca"]

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La primera corneta resonó de súbito, señal de ponerse en marcha. Se calzó los viejos mocasines confortables de todos los años. El dolor de cabeza había desaparecido del lado izquierdo, pero seguía golpeando la sien derecha en una especie de tic nervioso que hacía palpitar la vena de la frente. Comprobó en el espejo cómo la vena subía y bajaba. Presionó con el dedo hasta que este se puso rojo, luego cogió el caperuz y lo anudó alrededor del crucifijo. Nadie debía cubrirse hasta el momento de la salida. El teléfono, mudo desde hacía horas, fue a parar a un bolsillo de su pantalón, junto con las llaves de casa. En la calle, cofrades, turistas y vecinos caminaban hacia la iglesia para ver "bailar" el Cinco de copas. Se sintió ridículo y disfrazado. Percibía las miradas clavadas en él, aunque la realidad era que nadie se fijaba, la mayoría caminaba en la misma dirección y muchos, cofrades como él, vestían igual hábito y acudían a la llamada de su congregación.
Añoró la pequeña mano de Fátima dando calor a la suya. Añoró sus pasos precipitados junto a los suyos. Añoró su charla inagotable cuando caminaban. La añoró.

[Del relato "Noche sin pasión"]


[De la Luna Libros]

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