LA VOLUNTAD DE LOS ESCLAVOS: Prólogo.



Nunca he confiado en los prólogos, así que espero no perpetrar uno en sentido estricto. Esto simplemente es una advertencia. Poneos a cubierto porque con el paso de las páginas la cosa se va a poner muy jodida. Este libro es poliédrico y peligroso. Ignición y onda expansiva. Entrópico y fronterizo. Un manual de instrucciones en 157 idiomas para forzar la Caja de Pandora. Sus canciones-poema respiran soterradas una pluralidad de voces que preconizan la muerte del ego y trascienden hacia el nosotros; son muchos Carlos de la Cruz dejándose la piel y es que lo único que importa a estas alturas es vaciarse a través de la escritura.

Este poemario (y seguramente esté equivocado y caiga en las garras del prólogo) va de la importancia de los muertos, de la casa-hogar como templo profano y cósmico donde cometer los mismos errores y distintas caricias, tal vez de la cotidianidad que peina a raya a nuestra insurgencia y del amor que pone delirio y relámpagos a ese páramo lluvioso del eje de abscisas. Carlos viene a desdecirse, a desdecirnos, a denunciar esa tendencia sonrojante de los esclavos de arrodillarse ante el holograma de un dios cualquiera. 

Carlos es un campesino. Sus manos grandes labran la tierra del poema y desenredan la soledad telúrica de los muertos, que duermen el mundo ocre y horizontal. Carlos es un carpintero que te invita sincero al fondo de su carpintería a beber en vasos traslúcidos y brindar por lo perra que es a veces la poesía. Carlos es un herrero de ojos tiznados que con su mazo incandescente atraviesa Tennessee en una vieja carreta, buscando esclavos para reventar sus cadenas y libertarlos. Carlos ha venido para quemar las plantaciones de algodón y las reales academias de la lengua mientras se brinda con vodka en la noche furiosa de todos los tejados.

Y os lo juro, en estos poemas hay una maldita bombilla de 60 vatios que ilumina algo que no sabría precisar, pero que es tierra de nadie. La tierra prometida es una estafa multidisciplinar. Camino sonámbulo hacia esa frontera-desierto de los otros donde las heladas de la noche nos harán recapacitar y desnudarnos en trance muy cerca del abismo. A la mañana siguiente no recordaremos nada. La madre de todas las resacas, pero nada tendrá demasiada importancia y en eso radicará su belleza. Después de releer La voluntad de los esclavos me imagino a César Vallejo estando muy orgulloso de ti, Carlos, y de tu destino de poeta valiente; sabes que el agua acabará llegándote al cuello pero sigues y sigues derribando los andamios gramaticales para llegar a ese lenguaje que tú solo pariste entre los escombros. Me imagino a Kerouac asintiendo con la cabeza y esbozando una sonrisa por el vértigo endemoniado de tus palabras.

Luego no digáis que no os lo advertí porque, cuando te asomas a estas páginas, lo menos que te puede pasar es una huida metaliteraria en la que, de vez en cuando, hay una breve pausa en el camino para enterrar poemas y tesoros en la habitación sin número de un motel de carretera. Cuando llegas a la última curva de este viaje poético, es otra vez el principio, un eterno retorno con una casa de una sola planta donde el “Señor Lobo” con un esmoquin impecable vuelve a llamar al timbre y nos habla de lo cerca que hemos estado del secreto y de esa larga noche que tenemos por delante. 


Roberto R. Antúnez

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LA VOLUNTAD DE LOS ESCLAVOS: Prólogo.



Nunca he confiado en los prólogos, así que espero no perpetrar uno en sentido estricto. Esto simplemente es una advertencia. Poneos a cubierto porque con el paso de las páginas la cosa se va a poner muy jodida. Este libro es poliédrico y peligroso. Ignición y onda expansiva. Entrópico y fronterizo. Un manual de instrucciones en 157 idiomas para forzar la Caja de Pandora. Sus canciones-poema respiran soterradas una pluralidad de voces que preconizan la muerte del ego y trascienden hacia el nosotros; son muchos Carlos de la Cruz dejándose la piel y es que lo único que importa a estas alturas es vaciarse a través de la escritura.

Este poemario (y seguramente esté equivocado y caiga en las garras del prólogo) va de la importancia de los muertos, de la casa-hogar como templo profano y cósmico donde cometer los mismos errores y distintas caricias, tal vez de la cotidianidad que peina a raya a nuestra insurgencia y del amor que pone delirio y relámpagos a ese páramo lluvioso del eje de abscisas. Carlos viene a desdecirse, a desdecirnos, a denunciar esa tendencia sonrojante de los esclavos de arrodillarse ante el holograma de un dios cualquiera. 

Carlos es un campesino. Sus manos grandes labran la tierra del poema y desenredan la soledad telúrica de los muertos, que duermen el mundo ocre y horizontal. Carlos es un carpintero que te invita sincero al fondo de su carpintería a beber en vasos traslúcidos y brindar por lo perra que es a veces la poesía. Carlos es un herrero de ojos tiznados que con su mazo incandescente atraviesa Tennessee en una vieja carreta, buscando esclavos para reventar sus cadenas y libertarlos. Carlos ha venido para quemar las plantaciones de algodón y las reales academias de la lengua mientras se brinda con vodka en la noche furiosa de todos los tejados.

Y os lo juro, en estos poemas hay una maldita bombilla de 60 vatios que ilumina algo que no sabría precisar, pero que es tierra de nadie. La tierra prometida es una estafa multidisciplinar. Camino sonámbulo hacia esa frontera-desierto de los otros donde las heladas de la noche nos harán recapacitar y desnudarnos en trance muy cerca del abismo. A la mañana siguiente no recordaremos nada. La madre de todas las resacas, pero nada tendrá demasiada importancia y en eso radicará su belleza. Después de releer La voluntad de los esclavos me imagino a César Vallejo estando muy orgulloso de ti, Carlos, y de tu destino de poeta valiente; sabes que el agua acabará llegándote al cuello pero sigues y sigues derribando los andamios gramaticales para llegar a ese lenguaje que tú solo pariste entre los escombros. Me imagino a Kerouac asintiendo con la cabeza y esbozando una sonrisa por el vértigo endemoniado de tus palabras.

Luego no digáis que no os lo advertí porque, cuando te asomas a estas páginas, lo menos que te puede pasar es una huida metaliteraria en la que, de vez en cuando, hay una breve pausa en el camino para enterrar poemas y tesoros en la habitación sin número de un motel de carretera. Cuando llegas a la última curva de este viaje poético, es otra vez el principio, un eterno retorno con una casa de una sola planta donde el “Señor Lobo” con un esmoquin impecable vuelve a llamar al timbre y nos habla de lo cerca que hemos estado del secreto y de esa larga noche que tenemos por delante. 


Roberto R. Antúnez


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