El uso de la foto, de Annie Ernaux / Marc Marie


En un momento dado, fijándose en mi pecho, me preguntó si era el izquierdo. Me quedé sorprendida, el derecho estaba visiblemente más hinchado que el izquierdo a causa del tumor. Sin duda no podía imaginar que el más bello de los dos era justamente el que encerraba el cáncer.

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Decir "tengo quimio mañana" se convirtió en algo tan natural como "tengo peluquería" el año anterior.

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[…] mi madre iba a morir repentinamente dos meses después. Que estuviera aún viva cuando vine por primera vez a este hotel me parece inverosímil. Hubo pues un tiempo en que podía verla, oír su voz, tocarla, en que aún estaba con ella. No puedo imaginar ese tiempo. Quizá porque M. también estuvo en el hotel Amigo en 2001, entonces loco de dolor por la muerte de su propia madre, sobrevenida tres meses antes, y porque no puedo, en el mismo lugar, representarnos, a mí con mi madre viva, a él con la suya muerta, cuando catorce años separan sendas desapariciones. Porque hay demasiada ausencia de mi madre tras de mí.

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Me doy cuenta de que me fascinan las fotos como me fascinan, desde pequeña, las manchas de sangre, de esperma, de orina, depositadas en las sábanas o en los viejos colchones tirados en las aceras, las manchas de vino o de comida incrustadas en la madera de los aparadores, las de café o dedos grasientos en las cartas de antaño. Las manchas más materiales, orgánicas. Me doy cuenta de que espero lo mismo de la escritura. Me gustaría que las palabras fueran como manchas de las que uno no consigue desembarazarse.

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Ceno pues con esa mujer bellísima, que me anuncia mientras estamos comiendo los entrantes que sufre un cáncer. En el momento mismo eso no cambia nada, y en ese instante, pienso, es cuando creamos espontáneamente nuestra primera burbuja, donde la enfermedad no se ve excluida sino, al contrario, automáticamente integrada. Durante varios meses, haremos ménage à trois, la muerte, A. y yo. Nuestra compañera era pesada. Se arrogaba permanentemente el derecho a estar ahí, en la bolsa de líquido pegada al vientre de A. durante los periodos de quimio, en el catéter bajo la clavícula, en su mama quemada por la radioterapia, en la linde ennegrecida de sus encías y en el conjunto de su cuerpo entonces desprovisto de toda pilosidad, en su tez cerúlea de estatua del museo Grévin, una uniformidad de tono que solo había visto una vez en mi vida, antes, en el séptimo piso de la facultad de medicina de la Rue des Saints-Pères: el de los cadáveres a la espera de la disección.

**

Puestas las unas junto a las otras, estas fotos tienen para mí el valor de un diario íntimo. El diario del año 2003. El amor y la muerte. Tomar la decisión de exponerlas, de hacer un libro, significa ponerle precintos a una parte de nuestra historia.


[Cabaret Voltaire. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez]

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El uso de la foto, de Annie Ernaux / Marc Marie


En un momento dado, fijándose en mi pecho, me preguntó si era el izquierdo. Me quedé sorprendida, el derecho estaba visiblemente más hinchado que el izquierdo a causa del tumor. Sin duda no podía imaginar que el más bello de los dos era justamente el que encerraba el cáncer.

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Decir "tengo quimio mañana" se convirtió en algo tan natural como "tengo peluquería" el año anterior.

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[…] mi madre iba a morir repentinamente dos meses después. Que estuviera aún viva cuando vine por primera vez a este hotel me parece inverosímil. Hubo pues un tiempo en que podía verla, oír su voz, tocarla, en que aún estaba con ella. No puedo imaginar ese tiempo. Quizá porque M. también estuvo en el hotel Amigo en 2001, entonces loco de dolor por la muerte de su propia madre, sobrevenida tres meses antes, y porque no puedo, en el mismo lugar, representarnos, a mí con mi madre viva, a él con la suya muerta, cuando catorce años separan sendas desapariciones. Porque hay demasiada ausencia de mi madre tras de mí.

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Me doy cuenta de que me fascinan las fotos como me fascinan, desde pequeña, las manchas de sangre, de esperma, de orina, depositadas en las sábanas o en los viejos colchones tirados en las aceras, las manchas de vino o de comida incrustadas en la madera de los aparadores, las de café o dedos grasientos en las cartas de antaño. Las manchas más materiales, orgánicas. Me doy cuenta de que espero lo mismo de la escritura. Me gustaría que las palabras fueran como manchas de las que uno no consigue desembarazarse.

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Ceno pues con esa mujer bellísima, que me anuncia mientras estamos comiendo los entrantes que sufre un cáncer. En el momento mismo eso no cambia nada, y en ese instante, pienso, es cuando creamos espontáneamente nuestra primera burbuja, donde la enfermedad no se ve excluida sino, al contrario, automáticamente integrada. Durante varios meses, haremos ménage à trois, la muerte, A. y yo. Nuestra compañera era pesada. Se arrogaba permanentemente el derecho a estar ahí, en la bolsa de líquido pegada al vientre de A. durante los periodos de quimio, en el catéter bajo la clavícula, en su mama quemada por la radioterapia, en la linde ennegrecida de sus encías y en el conjunto de su cuerpo entonces desprovisto de toda pilosidad, en su tez cerúlea de estatua del museo Grévin, una uniformidad de tono que solo había visto una vez en mi vida, antes, en el séptimo piso de la facultad de medicina de la Rue des Saints-Pères: el de los cadáveres a la espera de la disección.

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Puestas las unas junto a las otras, estas fotos tienen para mí el valor de un diario íntimo. El diario del año 2003. El amor y la muerte. Tomar la decisión de exponerlas, de hacer un libro, significa ponerle precintos a una parte de nuestra historia.


[Cabaret Voltaire. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez]

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