Los hombres también llevan tutú

A fuerza de repetir muchas veces una cosa puede que ésta acabe por convertirse en realidad. Así sucede, por ejemplo, con los actores, acostumbrados a hacer de la repetición su herramienta principal de trabajo. La reiteración se convierte en el canal necesario para convencer y autoconvencerse de que se puede ser diferente, incluso, directamente, otra persona. El poder de la repetición es tal que puede hacer que las mentiras acaben tomando apariencia de verdad, como la que dice que desde que nacemos sólo existe un camino posible: a las niñas se nos tapará con una mantita rosa y se nos regalará una muñeca para jugar, y a los niños se nos vestirá con un mono azul y  se nos reprenderá si lloramos en público. Y es que la repetición constante de los estereotipos y patrones de comportamiento asociados al género marca los roles que cada uno debemos asumir atendiendo a nuestra condición sexual. Estamos hablando de algo que va mucho más allá de la biología y que supera el maniqueísmo hombre-mujer. En esta dicotomía simplista y dañina no existen matices intermedios y cualquier comportamiento que se salga de lo estipulado por los convencionalismos sociales es penalizado y señalado por la comunidad. Raritos, marimachos, afeminados, medio-hombres y demás apelativos crueles se utilizan para describir a los que no encajan porque han dejado de repetir, quizá por voluntad propia, quizá por imposibilidad, lo que supuestamente debían ser.

Marta Pujades, como ganadora del Premi Ciutat de Palma Antoni Gelabert d’Arts Visuals del año pasado, expone un proyecto individual en la planta noble del Casal Solleric que explora las cuestiones de performatividad de género en la línea de la teoría Queer de Judith Butler al mismo tiempo que hace una revisión crítica de la masculinidad en el mundo de la danza.

Pujades acierta pues con la metáfora de la repetición en el mundo del baile y propone un trabajo compuesto por fotografías, instalaciones, e instalaciones sonoras, que se perfila como uno de los más sólidos conceptualmente hablando del panorama actual de exposiciones. Como no podía ser de otra manera, la escenografía de la muestra cobra un papel protagonista, y consigue fundir harmónicamente los cuerpos de los bailarines representados con los del público. El autorretrato de la artista domina la escena como una suerte de primera bailarina andrógina para tratar la hibridación de roles en una pequeña revisión histórica. A stylized repetition of acts  es en definitiva una exposición coherente y atractiva en la que se agradece mucho el trabajo reflexivo llevado a cabo por la artista y la manera como su obra domina todo el espacio obligando al espectador a formar parte, al visitar la muestra, de su particular elenco de baile.

Crítica publicada originalmente el 19 de marzo de 2018 en el Diario de Mallorca

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