Morir un poquito menos

La muerte, como hecho biológico, es sin duda un estado definitivo. Sin embargo, si trascendemos el fallecimiento como algo puramente físico y ultrapasamos el dominio de la experiencia sensible, no es descabellado contemplar la idea de que mientras persista la memoria de alguien en el tiempo, ésta permanece viva en un nivel metafísico de la existencia humana. ¿Puede algo morir del todo si se mantiene vivo su recuerdo? ¿Hay gradaciones en la muerte?  Éste es, de hecho, uno de los grandes temas del arte, y los artistas han dedicado – y continúan haciéndolo-, muchas de sus obras a reflexionar obsesivamente sobre ello. He aquí la justificación del histórico impulso de faraones, reyes, emperadores y papas de hacerse retratar en pinturas y esculturas de todo tipo. Luego llegó la fotografía y se democratizó la inmortalidad.

Hoy, en la Galería Kewenig de Palma, tenemos una nueva versión del concepto con la obra de los franceses Christian Boltanski, Bertrand Lavier y Angelika Markul, quienes toman la idea de la muerte, el tiempo, la memoria y el olvido como temática central para justificar una exposición colectiva de cuatro instalaciones subordinadas a la de Boltanski, “Après”, que da título a la muestra. Aunque la inclusión de la obra de Markul esté algo cogida con pinzas (proyecto Excavations of the Future, 2016), es interesante el diálogo que se establece entre la instalación “Après” de Boltanski, en la que el artista hace una especie de memorial fotográfico con luz de retratos de colegiales de los años 90, muy en su línea, y la intervención de Lavier, realizada expresamente para la muestra unos días antes de su inauguración.

Como artista yo poseía un espejo; quienquiera que se refleje en el espejo vive, pero aquel que sujeta el espejo, el artista, es nada. El espejo lo esconde. Soy una máquina que realiza los deseos de otros”. Con esta frase Boltanski lamenta la invisibilidad del artista quien, a pesar de dejar como legado a futuras generaciones sus propias creaciones, no consigue asegurarse esa eternidad simbólica, como si la inmortalidad no fuera completa si no se deja también un recuerdo de la fisicidad del sujeto creador. ¿Será por eso que los artistas sienten tanta necesidad de autorretratarse? En cualquier caso, Lavier, su compañero circunstancial de exposición, da respuesta a la queja de Boltanski, no sin cierta mala uva, y le planta un espejo delante de su obra para situarlo frente a él por una vez. La mala idea viene al constatar que Lavier planta un espejo, sí, pero un espejo ciego, por lo que poco de Boltanski puede verse reflejado en él.

No cabe duda, por otra parte, de que el tiempo influye en el carácter y en la percepción de nuestro entorno. La ciudad más maravillosa del mundo puede parecer el rincón más sombrío de la tierra si la meteorología no acompaña durante el periplo. Lo mismo pasa con las exposiciones, sobre todo en aquellas en las que desde el interior de la sala se puede apreciar lo que acontece fuera. Esto juega sin duda muy a favor de esta exposición situada en el siempre agradecido oratorio de San Feliu, que visitada en una de estas mohínas y tempestuosas tardes de intenso frío de febrero, gana en sugestión y escenografía, convirtiéndose el tormentoso clima en un potente aliado al añadir dramatismo a la escena. La muestra es un memento mori con un punto de optimismo que nos recuerda que aunque la muerte nos espere a todos, ésta será un poquito menos mientras nuestra memoria sobreviva.

Crítica aparecida originalmente en el Diario de Mallorca

día 19 de febrero de 2018

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