Caos y magia. La banda que quemó un millón de libras, de John Higgs



El verano pasado estuve en Liverpool. Unos días después de marcharnos de la ciudad, hubo cierta expectación porque una banda llamada The KLF (que a mí sólo me sonaba vagamente) volvía para ofrecer un misterioso acto a sus fans tras un tiempo de silencio. En alguno de esos días recordé que el nombre me era familiar por un libro que se había recomendado mucho en las redes sociales que sigo: Caos y magia. La banda que quemó un millón de libras. Pero tardé unos meses en decidirme a comprarlo porque no conocía su música ni su trayectoria. No sé dónde leí que alguien decía que daba lo mismo si KLF te gustaba o no, si los conocías o no, porque el libro era espectacular. Es cierto y es lo que me decidió: todo lo que leáis o escuchéis sobre esta especie de ensayo o biografía inusual es verdad.

Lo que hace John Higgs, en vez de limitarse a seguir los pasos que dieron Jimmy Cauty y Bill Drummond en sus muchos y locos proyectos desde que empezaron su carrera artística y musical, consiste (además de contarnos los hechos principales e importantes) en desarrollar ciertas derivas en torno a KLF, en indagar en los personajes secundarios, en la gente que conoció a Cauty y a Drummond, en quienes trabajaron con ellos, en cosas que les gustaron y motivaron, de modo que su narrativa no sigue un orden lógico, sino que plantea aproximaciones y alejamientos y nos cuenta detalles fascinantes en torno a Robert Anton Wilson, el número 23, Jim Garrison y JFK, Alan Moore, el punk, los dadaístas, Greil Marcus, la serie Doctor Who, el pensamiento mágico, William Burroughs, Carl Jung, el hip-hop… Todo ello para tratar de responder a una pregunta que mucha gente se hizo: ¿por qué los miembros de The KLF quemaron un millón de libras años atrás? Intentar transmitir la esencia de este libro es complicado: es mejor ir corriendo a buscar un ejemplar (ya va por la tercera edición) y asombrarse con la habilidad de Higgs para conectar los puntos y las coincidencias y narrarlo de esa manera tan absorbente. Unos fragmentos:

A modo de ver de [Robert Anton] Wilson, todos necesitamos un modelo para enfrentarnos al mundo que nos rodea. Necesitamos modelos que cuadren con los datos que tenemos y que gocen de cierta habilidad para predecir qué va a suceder a continuación. Eso es lo que, sin excepción, las ideologías, religiones y filosofías con mayor aceptación nos ofrecen. Lo que no hay que hacer es confundir estos modelos con el mundo real, ya que un mapa no es el terreno y un menú no es la comida. Una vez entendido esto, la necesidad de luchar para proteger la "verdad" del modelo se desvanece y somos libres de recurrir a otros distintos y contradictorios según cambien las circunstancias.

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El mundo en el que en realidad vivimos está formado de ideas que han salido de la mente humana para adentrarse en el universo físico. De hecho, la historia de nuestra evolución es, en esencia, la historia de nuestra retirada del mundo natural hacia el mental.

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Así pues, el détournement conlleva coger las imágenes culturales que se nos imponen y utilizarlas para nuestros propios fines. Supone cambiar el texto o el contexto de una imagen para subvertir su significado. Los situacionistas modificaron imágenes culturales en las páginas de sus folletos, como, por ejemplo, tomando un anuncio de un producto de consumo y sustituyendo el texto por citas de Sartre sobre la alienación. Hoy en día, es más común verlo en los graffiti, o en Internet en los blogs de Tumblr y en las redes sociales como Facebook, donde se conoce como "culture jamming". Los logotipos de las empresas son un blanco frecuente. La idea, tal y como la plantean los situacionistas, es "volver en contra del sistema capitalista sus propias expresiones". El objetivo es romper el hechizo.

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Por el contrario, The JAMs no hacen sino improvisar en sus aventuras, como el viaje a Suecia, por ejemplo. En esta ocasión, les movía la necesidad de destruir los ejemplares del disco y quisieron convertirlo en un acto en sí mismo; algo simbólico e interesante. Al margen de eso, rascaban en busca de ideas y solamente intentaban provocar "algo". Puede que el tiempo transforme esta versión, dotando a estos actos de una carga de simbolismo o casi predestinación de la misma manera en que la hoguera que aparecía en su álbum debut refleja la que harían después con su dinero. Pero son caóticos en su ejecución. Adolecen de objetivo y de propósito. Por citar una de sus notas de prensa: "La trama se ha extraviado".

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Al principio, la generación X se asoció con un sentimiento de alivio y la sensación de que habían encontrado los puntos ciegos del pasado y que ahora encaraban las cosas con una honestidad refrescante. Pero cuando 1991 desembocó en 1992 y este en 1993, aquella honestidad perdió parte de ese estímulo y se fue tornando cada vez más insoportable. Empezó a hacerse evidente que no encontrarían un hilo argumental para su historia ni una manera de reparar el daño infligido a su imagen mental. La sensación de creciente horror comenzó a aflorar. El nihilismo alcanzó su momento álgido en 1994, en la época del suicidio de Kurt Cobain, la quema del millón de dólares y el año en el que murió Bill Hicks. La creación constante de nuevos géneros musicales por la que se había caracterizado el siglo XX tocó a su fin en aquel momento. Aquella época se había terminado. Entonces, la necesidad de buscar una salida era acuciante. Fuera la que fuera.

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Después de Blair, los políticos ya no se moverían por una ideología, sino por las encuestas de opinión. Era la "tercera vía", un discurso dominado por el sesgo, en el que no importaba lo que se hiciera, sino la cobertura en los medios.



[Libros Walden. Traducción de Elena Morán López]

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