Manual de exilio, de Velibor Čolić


Soy soldado. Sé distinguir el olor de un cadáver humano de todos los demás olores, sé que la peor herida es la herida en el abdomen y que todos los muertos tienen el rostro sereno y cerúleo de quien se marcha. No llevo casco en las trincheras. No dejo de temblar, vomito a escondidas, le escribo epitafios a mi país y llevo una bandera bosnia en la manga de la camisa. Mis compañeros dicen: «Qué buen croata, mira, está a favor de Bosnia...». Soy soldado. Por la noche me emborracho y canto con mis compañeros bellas baladas tristes mientras sueño con convertirme en otra cosa, sea cual sea: una hormiga, un árbol, un pájaro, una serpiente. Sueño que ya no soy un hombre. En vano. Soy soldado. Tengo mi Kaláshnikov, mi cuerpo inútil, un libro de Emily Dickinson y una oración de San Agustín, copiada cuidadosamente en letras mayúsculas en mi diario de guerra.

**

No entiendo nada pero estoy impaciente por descubrir frases de verdad. Para traducir por fin, con mis propias manos, mi largo poema en prosa, surrealista pero narrativo, de género revolucionario y lúcido titulado Mi alma es un lobo solitario que muerde los neumáticos de vuestros coches de lujo.

**

Para escribir después de una guerra, hay que creer en la literatura.
Creer que la escritura puede volver a accionar mecanismos que se han apartado al recurrir a las armas.
Que puede devolver el horror, incomprensible e inexplicable, a la medida humana.

**

¿Cuántos miedos, cuántos años malos y difíciles, cuántos inviernos helados, cuántas andanzas me quedan aún por vivir?

**

Soy una mancha molesta y sucia, una bofetada en el rostro de la humanidad, soy un inmigrante.

**

Más que nunca, me hallo perdido en una Europa ciega, indiferente al destino de los nuevos apátridas. Mis sueños de capitalismo y de mundo libre, de viajes y de ciudades de las artes y las letras se han convertido en pañuelos de papel usados, útiles durante un breve instante, pero molestos después de utilizarlos. Nada más que cenizas. He cambiado el fin del comunismo por el crepúsculo del capitalismo.


[Editorial Periférica. Traducción de Laura Salas Rodríguez]

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Manual de exilio, de Velibor Čolić


Soy soldado. Sé distinguir el olor de un cadáver humano de todos los demás olores, sé que la peor herida es la herida en el abdomen y que todos los muertos tienen el rostro sereno y cerúleo de quien se marcha. No llevo casco en las trincheras. No dejo de temblar, vomito a escondidas, le escribo epitafios a mi país y llevo una bandera bosnia en la manga de la camisa. Mis compañeros dicen: «Qué buen croata, mira, está a favor de Bosnia...». Soy soldado. Por la noche me emborracho y canto con mis compañeros bellas baladas tristes mientras sueño con convertirme en otra cosa, sea cual sea: una hormiga, un árbol, un pájaro, una serpiente. Sueño que ya no soy un hombre. En vano. Soy soldado. Tengo mi Kaláshnikov, mi cuerpo inútil, un libro de Emily Dickinson y una oración de San Agustín, copiada cuidadosamente en letras mayúsculas en mi diario de guerra.

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No entiendo nada pero estoy impaciente por descubrir frases de verdad. Para traducir por fin, con mis propias manos, mi largo poema en prosa, surrealista pero narrativo, de género revolucionario y lúcido titulado Mi alma es un lobo solitario que muerde los neumáticos de vuestros coches de lujo.

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Para escribir después de una guerra, hay que creer en la literatura.
Creer que la escritura puede volver a accionar mecanismos que se han apartado al recurrir a las armas.
Que puede devolver el horror, incomprensible e inexplicable, a la medida humana.

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¿Cuántos miedos, cuántos años malos y difíciles, cuántos inviernos helados, cuántas andanzas me quedan aún por vivir?

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Soy una mancha molesta y sucia, una bofetada en el rostro de la humanidad, soy un inmigrante.

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Más que nunca, me hallo perdido en una Europa ciega, indiferente al destino de los nuevos apátridas. Mis sueños de capitalismo y de mundo libre, de viajes y de ciudades de las artes y las letras se han convertido en pañuelos de papel usados, útiles durante un breve instante, pero molestos después de utilizarlos. Nada más que cenizas. He cambiado el fin del comunismo por el crepúsculo del capitalismo.


[Editorial Periférica. Traducción de Laura Salas Rodríguez]

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