Carlos Amorales y la anarquía del blanco y el negro

Blanco y negro. La simplicidad de la combinación de estos dos colores, tan opuestos y a la vez tan armónicos entre sí, confiere a cualquier espacio impregnado por ellos una potencia visual difícilmente igualable. La fuerza de esta combinación viene marcada no sólo por cuestiones estéticas, sino también por ciertos aspectos psicológicos que implican una percepción de significados enfrentados tales como luz y oscuridad, bien y mal o vida y muerte. Lo interesante es que las ideas relacionadas con el color varían según las diferentes culturas, por lo que estas asociaciones aleatorias en origen, consolidadas sin embargo con el peso de la tradición, se pueden interpretar en cierta manera, y por paradójico que parezca, como una especie de anarquismo de significados. O al menos así lo he querido interpretar yo en la exposición de Carlos Amorales en la mítica Galería Pelaires de Palma: Partituras para instrumentos de percusión.

No sé si Amorales, figura puntera del arte mexicano actual, ha elegido el blanco y negro (presente en el 90% de su producción) como expresión de su manifiesto pensamiento anarquista. Lo que sí parece estar claro es que el mexicano plantea en su obra una reflexión entorno a la pérdida del lenguaje verbal que, al asumir otras posibilidades de comunicación cuestionando los códigos y las leyes, es susceptible de entenderse también como una manera de anarquía. O al menos así es como lo propone el artista y sus críticos de cabecera.

En su primera exposición individual en una galería española, el mexicano propone piezas en diferentes formatos: vídeo, instalación, carboncillos, site-specific y monotipos grabados en plancha de metal sobre papel. En la planta noble de esta histórica galería que con esta exposición deja entrever su vocación museística, una vídeo-instalación comparte el protagonismo con obras creadas a partir de impresoras 3D. El sugestivo vídeo titulado Fantasía de Orellana, es una suerte de videoclip con sonidos industriales difícilmente descriptibles parecidos a sierras, alcantarillas y tuberías, mezclados a su vez con “espejismos sonoros” más etéreos, producidos por instrumentos fabricados por el músico Joaquín Orellana a quien Amorales graba en plena actuación. Esta pieza es una acertada “transposición musical” del resto de las obras expuestas, por lo que se convierte en la perfecta banda sonora para visitar la muestra. La exposición es en conjunto la alegoría de una nueva codificación de un lenguaje musical demasiado experimental como para ser cifrado con la notación convencional. El piso de abajo, por su parte, muestra obras más comerciales al tratarse de grabados en los que se ha modificado levemente algún elemento de la composición para convenientemente poder ser calificados de monotipos y venderse así como piezas únicas no seriadas. Es legítimo, los artistas y los galeristas también necesitan comer para subsistir.

En cualquier caso, este es un momento óptimo para adquirir obra de Carlos Amorales, ya que el mexicano se encuentra en un punto de inflexión en su carrera al haber sido elegido como representante del pabellón mexicano en la Bienal de Venecia, por lo que probablemente su cotización internacional experimente una importante subida. Para comprar o simplemente disfrutar de la muestra, se recomienda la visita a esta exposición antes de que el 25 de noviembre se apague la música escrita en estas partituras para instrumentos de percusión.

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