A los peces de la Rambla

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Sobrevuela su cielo un ave blanca,

Aunque, esta vez,

No es precisamente una paloma.

 

Y no es solo por su tamaño.

 

Pues algo se intuye en su ceño fruncido,

En su boca cerrada en un gancho,

En sus patas que terminan en garras

O en sus enormes alas

Puntiagudas, ahora plegadas

Contra ambos lados del pecho.

 

A juzgar por sus músculos

Tensos, como cuerdas de guitarra.

Se acerca;

La inminente caída en picado.

 

Bajo ella discurre el río,

Impertérrito desde hace tanto,

Inmerso en su habitual conversación:

 

La del aire, que silba entre los juncos.

La de los juncos, que le cantan al agua.

La del agua, que acaricia a las rocas.

 

Quizás por eso,

Nadie lo sospecha.

 

Ni siquiera los peces más sabios,

Su memoria es frágil, dicen.

Pues a pesar de todo,

Ya habían olvidado su existencia.

 

Aunque bien es cierto,

Que contaban todavía

Algunos de los ancianos,

Que no hacía tanto tiempo,

No muy lejos de allí,

Tal vez en otro río,

Acaso eso importa demasiado,

Habían venido los depredadores,

Derramando la sangre

A borbotones entre sus escamas.

 

Pero en este río tan peculiar,

Sus peces, de tantos tamaños y colores,

Ya no creían en historias.

 

Los hay oscuros,

Como escurridizos pedazos

De la bóveda celeste.

 

Los hay blancos,

Como la oportunidad

De una hoja de papel virgen.

 

Amarillos,

Como campos de retama

Que ondean como banderas.

 

Rojos,

Como las paredes del cañón

Donde tal vez un día nacieran.

 

A nadie, sin embargo,

Se le ocurre mirar al cielo.

Todos coinciden en pensar,

Que está demasiado lejos.

 

Así que éste chapotea en la orilla,

y escucha a los juncos como cantan.

 

Aquél anda silbando,

Al tiempo que en un rincón saborea,

El verde de las algas.

 

En efecto, parece un día más corriente abajo.

 

Pero es entonces cuando de repente,

Ya no solo se vislumbra,

La espuma en las pequeñas cascadas,

Ni se escuchan, simplemente,

Las risas de los renacuajos.

 

Primero hay un segundo,

Una duda que se perpetra.

Después un oleaje extraño,

Que agita, sacude,

Hasta la más recóndita de las esquinas.

 

Se confirma que La Muerte,

Ha venido para llevárselos

Con aquel gancho, que atraviesa

La muralla que fue un día la superficie.

 

Y ahora flotan sobre ella,

La cola cercenada,

La cabeza separada de su cuello,

La aleta que ya no nada.

 

Pero ante todo el cuerpo inerte,

Blanco, rojo, negro, amarillo.

Aunque abiertos en canal,

Ya no se observan diferencias.

 

Al otro lado de las branquias;

La carne es igual de pálida,

La sangre de escarlata,

Las espinas de afiladas.

 

La noche se cierra,

Gobernada por un silencio

Que se impone simplemente,

Por su rotundidad.

 

No.

Ya no cantan los juncos,

Ni acaricia el agua a las rocas.

Incluso los grillos callan,

Y guardan los violines en sus fundas.

 

Sin embargo, los supervivientes

Compungidos todavía por el miedo

En apenas susurros que se mezclan

Con la melancólica brisa

Que intenta consolarlos

Refrescando con esa delicadeza

Las heridas todavía abiertas.

 

Todos lo dicen:

Que nunca antes se había visto,

A aquel río dormir

Tan profundamente.

 

Pero no es así como acaba,

La historia del día

En el que los depredadores,

Vinieron a separar los cuerpos

de los peces de la Rambla,

De sus almas ahora extraviadas.

 

Ya algunos lo comentan

Que hay algo extraño en el agua,

Justo cuando el sol

Se asomaba por el balcón.

 

En efecto el río,

Que hasta hoy había sido azul,

Parece haberse despertado camaleón.

 

Un reguero eterno de colores

Una serpiente cuyo cuerpo

Ya no solo es rojo, o amarillo,

o blanco o negro.

 

Del océano han venido,

De otro rios,

De otros lagos,

De otras aguas.

 

Este nuestro río

Cubierto ahora de toda suerte

De peces, que cubren con sus aletas

La superficie de orilla a orilla

Justo allí donde ayer

Flotaban los últimos resquicios

De lo que parecía ser

El último de los días.

 

Nadie grita, ningún pez nada.

No obstante, justo cuando el silencio

Parecía ser la única de las opciones,

Incluso los que no hablan

Han sabido producir este mensaje.

 

Que a partir de hoy,

En este nuestro río,

Ya no quedará espacio para las aves blancas.

 


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