La vida secreta de las ciudades, de Suketu Mehta


Toda ciudad tiene dos tipos de narrativa: la historia oficial y la historia oficiosa. La historia oficial se publicita a bombo y platillo; la oficiosa es más discreta, pero también es más probable que perdure.
La oficiosa se transmite mayoritariamente por vía oral: se oye en los locutorios de los barrios de inmigrantes de nuestras ciudades, en los vídeos y cedés que preparan para enviar a la familia, en las baladas y canciones tradicionales de las películas de Bollywood y en las telenovelas. Son las noticias sobre la ciudad que los inmigrantes transmiten al pueblo.

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En Nueva York mis hijos, estadounidenses de nacimiento, se sientan con mi madre a que les cuente historias que les contó su padre sobre viajes por las tierras del África oriental vendiendo tejidos y whisky de una empresa escocesa; y se sientan con mi padre a que les hable de cómo el suyo compraba el patrimonio de los maharajás disolutos de Calcuta para su negocio de joyas. Con estos hilos narrativos tejemos parches para remendar el maltrecho tejido temporal de la familia. Y continuamos.

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¿Quién decide la imagen de una ciudad? La mayoría de la gente que viene a Bombay no espera encontrarse Shangai. Vienen a Mumbai, cuyo mito les resulta lo bastante atractivo. Son las empresas consultoras internacionales las que han decidido que Bombay debe proyectar la imagen de Shangai para tener éxito.

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En las ciudades existe una economía secreta. Existe, en todas las ciudades, una ciudad de leyes y una ciudad que debe vivir por debajo del poderoso peso de la ley; una ciudad regulada y una ciudad sin regular. En este momento del mundo, la ciudad ilegal, la ciudad fuera de la ley, es mucho mayor que la ciudad oficial. En puras cifras, quienes evaden, violan o sortean la ley llevan la delantera.

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El capital global no desobedece leyes, simplemente financia a los políticos que crean las leyes que interesan al capital.

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Durante mucho tiempo los urbanistas consideraron la densidad algo malo, pensaban que para disfrutar de una buena vida los seres humanos tenían que trasladarse a las afueras y encontrar su Edén de cien metros cuadrados para luego ir a trabajar en coche. Pero a todas luces el mundo está dando la espalda a la vida en las afueras y estamos reconociendo que a la gente no le importa apiñarse en bloques gigantescos y caminar por las aceras hombro con hombro con montones de personas.

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Porque las ciudades tienen algo, por espantosas que sean, que nos interpela como humanos: la necesidad de vivir en grupo, la emoción metropolitana, la sensación de que en la ciudad no morirás de hambre como podría ocurrirte en el campo. Ya sean ciudades que funcionan, como Nueva York, o ciudades disfuncionales, como Kinshasa, las cosas pasan en la ciudad.

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Cuando regresas a una ciudad que abandonaste hace tiempo, descubres que existe una ciudad que recogen los mapas y otra que no.

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¿Qué es más real? ¿El mapa o la ciudad? ¿Nueva York es una ciudad o un mapa a tamaño real de la ciudad de Nueva York?
Pero regresamos porque prometimos volver. Todo emigrante ha dejado atrás un amor. Todo emigrante ha abandonado a un amante o a un hijo, ha hecho falsas promesas de que volverá.

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Cuidado con el pasado: vuélvete a mirarlo y tu ser querido acabará en el infierno, como Eurídice, o te transformarás en una estatua de sal, como la mujer de Lot. El pasado es un lugar peligroso, pues es donde reside el hogar.

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Mi prueba para valorar una librería, en Bombay, Roma o Nueva York, es la sección de poesía. Allí es donde puedes juzgar si el propietario está en el negocio por amor o por dinero. La mayoría de las cadenas relegan la poesía al fondo o a los sótanos de la tienda, como un secreto culpable. La poesía no da dinero a nadie; es un regalo. ¿Quién la lee en estos tiempos? En realidad, muchos de nosotros. Cada vez que escuchas una canción pop, escuchas la letra, la elegante condensación en lenguaje de la experiencia. Dios nos habla únicamente en verso. Cuando vamos a la iglesia, la mezquita o el templo, las escrituras que oímos o los himnos que cantamos están en verso. La poesía nos moldea mucho más allá de lo que sabemos y reconocemos.


[Random House. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz]

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