Los hermanos Giacometti, de James Lord


Alberto Giacometti fue, además de un gran artista, un personaje singular de los ambientes artísticos de París. Amigo de otros grandes como Jean Genet, Samuel Beckett, Yves Bonnefoy, Simone de Beauvoir o Michel Leiris. Su hermano Diego también era peculiar, aunque nunca llegó a ser tan famoso.

En la primera parte de este libro (no confundir con Retrato de Giacometti, también escrito por James Lord y publicado por A. Machado Ediciones), James Lord nos cuenta su relación con los hermanos: cómo los conoció, las veces que fue a posar para Alberto, las relaciones amistosas o conflictivas que mantuvo con los allegados de los Giacometti, y recoge algunas sentencias para enmarcar. En la segunda parte, una vez fallecido Alberto Giacometti, nos desvela lo que ocurrió tras esa muerte: principalmente sus esfuerzos para escribir y ordenar el material biográfico que acabaría componiendo el libro citado anteriormente, las polémicas y las acusaciones que dicha biografía originó y sus encuentros y desencuentros con los artistas antes mencionados.

Este volumen, en realidad, es una pieza titulada originalmente 46, rue Hippolyte and After que formó parte del libro Some Remarkable Men: Further Memories. De momento es el único texto que he leído de Lord, de quien en Elba han publicado más obras. Se trata de un escritor agudo, perspicaz y atento a capturar frases gloriosas en su memoria, sin ayuda de grabadoras, y al que sólo podemos reprochar que en ocasiones sea bastante duro con gente a la que admiramos como Genet o Simone de Beauvoir. Un extracto:

Su atractivo era poderosísimo, y desde el primer momento tuve la fuerte intuición de que era un gran artista. En 1952 Giacometti aún no era famoso; muchos podían pensar que a la edad de cincuenta años ya no estaba destinado a una grandeza perdurable. Los precios que se pagaban por sus obras eran bajos. Pierre Loeb tenía un portafolio espléndido de dibujos que cualquiera podía ojear y comprar por veinte dólares la lámina, y no es que se los quitaran de las manos, precisamente; aunque yo en esa época no podía permitirme comprar uno. No obstante, Giacometti ya había creado verdaderas obras maestras, cosa que yo ya sabía porque había tenido ocasión de verlas, la primera de ellas sobre la mesa de detrás del sofá en casa de Cyril Connolly, y no tenía duda de que eran obras de primera magnitud.


[Editorial Elba. Traducción de Clara Pastor]

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