Bajo la piel, de Michel Faber


Cuando Isserley divisaba a un autoestopista, en principio siempre pasaba de largo para tener tiempo de observarlo. Buscaba grandes músculos: un pedazo de cuerpo con patas. Los ejemplares pequeños o enclenques no le interesaban.
Pero apreciar la diferencia entre unos y otros al primer golpe de vista podía resultar sorprendentemente difícil. Cabía pensar que, en una carretera de segundo orden, un autoestopista solitario destacaría a un kilómetro de distancia, como ocurre con un monumento o un silo; cabía pensar que resultaría fácil calibrarlo sin prisas al írsele acercando, desvestirlo mentalmente y tomar una decisión antes de estar a su altura. Pero Isserley había descubierto que las cosas no eran tan sencillas.

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El autoestopista, al notar su excitación, le dirigió una vaga sonrisa y empezó a levantar una mano del regazo con un gesto torpe, como si estuviera despertando y tuviera que hacer, todavía aturdido, algo que se esperaba de él. Isserley le devolvió la sonrisa para tranquilizarlo y asintió con la cabeza de un modo casi imperceptible, como diciendo que sí.
Y entonces, con el dedo corazón de la mano izquierda, accionó una palanquita que había junto al volante.
Podía ser la de las luces, o la de los intermitentes, o la de los limpiaparabrisas. Pero no era ninguna de ellas. Era la de la icpathua, la que ponía en funcionamiento las agujas que estaban en el interior del asiento del acompañante y las disparaba en silencio desde sus pequeñas fundas escondidas bajo la tapicería.
Al notar los pinchazos, uno en cada nalga, a través de la tela de los pantalones vaqueros, el autoestopista se encogió.

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-¿Sabes una cosa? –dijo casi como pensando en voz alta–. A veces pienso que los únicos asuntos de los que merece la pena hablar son justo aquellos que la gente se niega a discutir.
-Sí –dijo bruscamente Isserley–, como el de por qué hay gente que nace para llevar una vida ociosa y dedicada a filosofar y a otras personas las meten en un agujero y les dicen que tienen que joderse matándose a trabajar.

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A los vodsels que la habían visto en los últimos días les tenía que haber parecido rarísima. Realmente, era una suerte que los dos últimos estuviesen encerrados y aislados del mundo, porque tenía que reconocer que, tal como estaba, no lograría pasar una inspección mínima. Le había vuelto a crecer el pelo por todas partes, menos por las que eran artificiales o tenían demasiadas cicatrices. Tenía un aspecto casi humano.


[Editorial Anagrama. Traducción de Cecilia Cerianoi y Txaro Santoro]

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