En el corazón del corazón del país, de William H. Gass


Big Hans chilló, así que salí. El pesebre estaba oscuro, pero el sol resplandecía sobre la nieve. Hans cargaba con algo que había cogido del pesebre. Grité, pero Big Hans no me oyó. Entró en la casa con lo que llevaba antes de que yo alcanzara las escaleras.
Era el chico de Pederse. Hans lo había colocado sobre la mesa de la cocina como si fuera un jamón y había puesto agua a calentar en una tetera. No decía nada. Supongo que pensó que el grito que había pegado desde la cuadra era suficiente. Ma estaba hurgando en las ropas del chico, tiesas por el hielo. Cada vez que tomaba aire para respirar hacía un ruido que sonaba como ¡uf! El agua empezó a hervir y Hans dijo,
Trae un poco de nieve y llama a tu pa.
¿Por qué?
Trae un poco de nieve.
Cogí el balde de debajo del fregadero y la pala que estaba junto a los fogones. Intenté no apresurarme y nadie dijo nada. Había un montón de nieve sobre el borde del porche, así que cogí algunas paladas. Cuando entré con el balde, Hans dijo,
Tiene ascuas. Trae más.
Un poco de carbón no hará daño.
Trae más.
El carbón está caliente…
No lo suficiente. Cierra la boca y trae a tu pa.

[Del relato "El chico de Pedersen"]

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La gente que me rodea intuye de forma instintiva que soy un enemigo y me odia: no solo por ser diferente, o por desdeñar el trabajo o, lo que es peor, por no desempeñar ninguno; sino por algo que parecería, si lo expresaran en voz alta, un conjuro; porque les robo el alma –lo sé– y juego con ellos; los uso como títeres; los hago desfilar a través de extrañas muchedumbres y pasiones; husmeo en sus raíces.

[Del relato "La señora Ruin"]

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En mi mente, el interior de la casa de los Ruin es claro y horrible como una pesadilla en la que nadie querría entrar por propia voluntad.

[Del relato "La señora Ruin"]

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No hay duda, ya no soy yo. Este no es el mundo real. He ido demasiado lejos. Así es como empiezan los cuentos de hadas –un resbalón sobre el borde de la realidad.

[Del relato "La señora Ruin"]

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Genial. Hace años. Cuando él parecía un profeta, a veces un dios. Hasta el último detalle, exclamaba, levantaba los dedos manchados de tinta. Un estremecimiento recorría a Fender, que se repetía las palabras a sí mismo, mientras consideraba de nuevo la sabiduría de su profesor. Todo es una propiedad. El rostro de Pearson brillaba, su pelo se agitaba. Todo es una propiedad. Piense en ello. Alguna clase de propiedad. Luego iba a toda prisa por la oficina nombrando objetos y los levantaba. Esto, y esto y esto otro… Esta oreja, dice triunfante y se señala el lóbulo, esta oreja le pertenece a Isabelle…
Compra al precio más bajo. Llena tu congelador. Afortunado… aprovechar el tiempo…
Las personas se van al otro barrio. En la mitad de la vida, ya sabe, Fender…, bueno…, pero las propiedades, las propiedades se quedan. Claro, claro, a veces los coches van al desguace antes que la gente que los conduce, pero hay propiedades de todo tipo, eso es todo, y una casa, por lo general, sobrevive a su constructor. Muchas cosas no sobreviven, Fender. Muchas. Muchas lo hacen. Ja, ja. Bueno. Eso es todo. La tierra es casi inmortal. La tierra dura para siempre. Por eso se habla de derechos reales, ¿ve? Oh tiene sentido, Fender, viejo compañero y amigo, ¡tiene sentido!
El ritmo del mercado… arriba y abajo… tu fortuna… sí…
Las personas son propiedades. ¿Parece demasiado duro decir que las personas son propiedades? Oh déjeme decirle, Fender, lo hemos entendido todo mal, la mayoría de nosotros y al revés… la mayoría de nosotros. La gente tiene propiedades –eso es lo que nos decimos, eso es lo que pensamos. Oh claro. Claro. Un error garrafal –ese. Escuche: Las propiedades poseen a las personas. Todo son propiedades, y las propiedades que duran más –son propietarias de lo que dura menos. Parece lógico. Fender, Fender, y luego continúan otra vez, nos sobreviven, Fender, nos sobreviven… bien, eso son las propiedades, y son –dueñas de todo lo demás– de absolutamente todo –¿no? Tiene sentido.

[Del relato "Carámbanos"]

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Lo cierto es que no podíamos quejarnos de la casa después de todo lo que habíamos pasado en la anterior, pero no llevábamos mucho tiempo allí, cuando empecé a advertir los cadáveres de unos grandes insectos negros que moteaban la alfombra del piso de abajo cada mañana; dispuestos de manera anárquica, como deben de morir las lombrices en la calle después de la lluvia. La primera vez que los vi parecían hebras de lana oscura o pegotes de barro que habían traído los niños en sus zapatos, o, a veces, si las cortinas estaban echadas, manchas de tinta o quemaduras que me aterrorizaban, pues esa alfombra gruesa me había intimidado desde el principio y ya desde la primera semana deseé que mis pies desnudos se tragaran mis zapatos. Los caparazones solían estar rotos. Las patas y otras partes que entonces no podía identificar estaban desperdigadas alrededor, como restos de óxido.

[Del relato "El orden de los insectos"]

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Con qué intensidad miraba yo… Un arbusto, emocionado por sus rosas, no podría haber florecido de un modo tan hermoso como tú lo hiciste. Era una mirada que me gustaría dirigir a esta página. Porque eso es la poesía: hacer aflorar, cambiar.

[Del relato "En el corazón del corazón del país"]

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Tú me escribiste: algo nos parece extraño cuando no lo entendemos. Y te contesto: creo que cuando te amé, empecé a morir.

[Del relato "En el corazón del corazón del país"]


[La Navaja Suiza Editores. Traducción de Rebeca García Nieto]

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