Fatídica, de Jean-Patrick Manchette


La mujer sonrió vagamente. Debía de tener treinta o treinta y cinco años. Sus ojos eran castaños, y su rostro, delicado. Su vaga sonrisa apenas descubría sus dientes, que eran pequeños y regulares. Roucart avanzaba hacia ella llamándola querida muchacha y su voz sonaba paternal mientras sus grandes ojos azules recorrían sin cesar la esbelta silueta de la mujer; estaba muy sorprendido de verla allí, pues en primer lugar ella nunca cazaba y, además, se había despedido de todo el mundo la tarde del día anterior y había tomado un taxi hacia la estación.
-¡Como sorpresa, es toda una sorpresa, una buena sorpresa! –exclamó Roucart, y ella empuñó el calibre 16, lo volvió hacia él, y antes incluso de que hubiera dejado de sonreír le vació los dos cañones en la barriga.

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Aimée le describió someramente su trabajo: cómo iba de ciudad en ciudad, adoptaba cada vez una personalidad distinta y se relacionaba con la mejor sociedad; es decir, la sociedad de los ricos. Y cómo observaba a los individuos, sus movimientos y los conflictos que siempre hay entre ellos.
-Siempre se acaba por encontrar algo –dijo la mujer–. Siempre hay uno o una que tiene ganas de matar a otro gilipollas. Lo demás ya es asunto de habilidad. Entrar en la intimidad del cliente. Meterle la idea de matar en la cabeza, donde ya estaba cociéndose. Finalmente, hacer una oferta de servicios, a ser posible en una situación de crisis. No les digo que soy una asesina. Soy mujer y no me tomarían en serio. Les digo que conozco a un asesino a sueldo. A veces les doy a entender que es mi amante. Eso los pone celosos.


[Navona Editorial. Traducción de Joachim De Nys]

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