Mi vida en rojo Kubrick, de Simon Roy


En cierto modo, el escritor, en pleno proceso creativo, se obsesiona con una idea fija. Se vuelve monomaníaco, socialmente intratable. Y eso en los días buenos.
Podemos considerar El resplandor como una fábula negra sobre el proceso creativo.

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He debido de ver El resplandor por lo menos cuarenta veces; primero parcialmente, cuando tenía más o menos diez años ("¿Te apetece un helado, Doc?"); después varias veces por pura curiosidad y posteriormente con regularidad, ya como profesor. Me gustaría creer –yo también tengo un poco de TOC– que he visto la película cuarenta y dos veces, pero sé que son muchas más. 

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[…] es como si la inmersión en el filme de Kubrick me permitiera integrar ciertos elementos turbios de mi historia personal, de mi genealogía macabra. Como si por los pasillos laberínticos del hotel Overlook me topara con las siluetas fantasmagóricas de mi pasado familiar.

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La soledad es peligrosa. En períodos prolongados, obliga al ser humano a enfrentarse a sí mismo y a meditar acerca de su suerte y su destino. Si el individuo tiene tendencias nihilistas, la soledad puede arrastrarlo a los abismos de las reflexiones desesperadas.

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A modo de preparación para mi clase de la semana que viene veo La culpa ajena, película muda realizada en 1919 por D. W. Griffith y protagonizada por Lillian Gish y Donald Crisp. La película cuenta la historia de una joven, Lucy, que sufre los repetidos abusos de un padre alcohólico y violento, Battling Burrows. En una escena que Kubrick imitó ostensiblemente, se ve a Battling Burrows destrozando a hachazos la puerta del guardarropa donde se esconde Lucy, aterrorizada.

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La mayor parte de los relatos de terror nos enseña una cosa: más que al psicópata, al asesino en serie o cualquier desecho de nuestra desequilibrada sociedad, a quien hay que temer es al vecino, al hombre o a la mujer que se sienta en la mesa de al lado en el bar del barrio, al escritor fracasado, al apacible médico del pueblo. A uno mismo. Ése es el triste balance de lo que ocultamos dentro de nosotros. Somos nosotros los lobos feroces de los cuentos que oíamos de pequeños.

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La despedida de una madre impregna la memoria de un hombre.


[Alpha Decay. Traducción de Regina López Muñoz]

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