Confesiones de una escribidora de medio pelo



Confesiones de una escribidora de medio pelo

Hace tiempo que deseaba hablaros de mi escritura; tenía algunas ideas por aquí y otras por allá, pero nunca me decidía... Hoy, mientras ordenaba varios cajones, han surgido un sinfín de poemas y relatos de la infancia. También algunas novelas escritas en la juventud. Era el momento idóneo para confesarme.

Vista la enorme cantidad de trabajo, me he preguntado a mí misma: «¿Qué queda de esa Anna ermitaña, ingenua, sensible y vacilante?». Sin nostálgicas ni pañuelos, puedo aseguraros que soy la misma. Una cosa es lo que escribo, y, otra, muy distinta, mi vida.  Esta última nunca me agradó lo suficiente como para airearla. Por este motivo, compongo ficción y punto. No obstante, existen concesiones.

Las emociones transitan por un callejón de vía única. Cuando llego a la plaza se enganchan al principio para recorrer idéntico trayecto: una pescadilla que se muerde la cola eternamente. Al fin y al cabo, de eso trata la vida. Nacemos solos, necesitados de cariño. Y morimos del mismo modo... salvo excepciones.

Una amiga de la infancia me dijo hace unos meses: «Ana te recuerdo con esa libretita que llevabas a todas partes para escribir historias». Mi vocación por la escritura nació el mismo día que abrí los ojos y empecé a llorar cuando cachetearon mis nalgas: un universo paralelo a mi existencia y relegado a las horas de asueto o de insomnio perpetuo.

Pero, las biografías, son crueles, injustas y monótonas. Demasiadas charlas de moralina diciéndonos que vivir es lo mejor que nos ha sucedido; no opino lo mismo. Psicólogos y psiquiatras se afanan en la creación de Un mundo feliz  bisoño. A menudo, intentan lavarnos el cerebro para que luzcamos con una sonrisa Profidén tras medicarnos Prozac o sucedáneos.

Pues… lo siento, señores y señoras, amigos, fanes, haters, seguidores... Soy demasiado mayor para creer que vivir es la panacea de la Vía Láctea. La realidad es una lucha constante en un cuadrilátero de acero. Huxley ya lo dijo todo al respecto. Por si acaso, tenemos al pimpollo Christine Lagarde (directora-gerente del FMI), de 60 primaveras, para recordárnoslo en su artículo: «Los ancianos viven demasiado». Os recomiendo su lectura, es corto y no tiene desperdicio, ¡ya le vale al dinosaurio! Se habrá quedado descansada.

Lo sé. Estoy divagando... Saco un señuelo y lo escondo. Pues nada, aquí me quedo. ¿Qué queréis que os diga? ¡Ah! Sí. Casi se me olvida. Por fin lo he conseguido: ahora escribo de verdad; ya no es una utopía perdida en Ítaca. Soy una escribidora de medio pelo que se autopublica en Amazon. ¡Me encanta! Un pero: demasiado trabajo para una sola persona. Intento  reavivar las brasas amanuenses del pensamiento fatídico que me consume, día a día. Aunque me echen huevos a la cara o el piropo más gentil que me digan por anónimo interno, sea: «Eres una pedorra guarra». Son tantas las tartas que ha colisionado en mi rostro que me he dicho a mí misma: «Date el gusto de mostrar ese papelito que firmaste hace tiempo para dejar con la boca abierta a más de un hater deslenguado e ignoto de los que rulan por la red». Helo aquí:

No seré una juntaletras pésima cuando dicho contrato se rubricó con el borrador de la novela El legado de la rosa negra. Primero, leyeron las galeradas. Después, el manuscrito fue examinado por el equipo de lectores expertos de la Agencia; pasó el corte favorablemente. El absurdo: a posteriori, nunca remití a Antonia Kerrigan, una de las mejores Agentes Literarias de España, la revisión de esta u otra obra.

Este acuerdo también ha aparecido mientras organizaba cajones... Cada vez que lo veo me entra diarrea. Desconozco si soy buena o mala escribidora; yo diría que hay peores con laureles y mejores en la indigencia más absoluta de las letras. Sin embargo, tras reencontrar este protocolo olvidado en El baúl de los recuerdos, me declaro gilipollas por no haber exprimido al máximo esta oportunidad que me brindó la vida en su momento.

En realidad, estoy cansada de boxear: demasiados rounds sobre la espalda, sobrados puñetazos en mi maltrecho cuerpo. Cuelgo los guantes por una temporada que durará una ráfaga de viento o un milenio de hielo. Según curen las heridas. Según se enderecen los dedos. Según el cerebro se oprima. Según las lágrimas sequen mi cuerpo.


No, no, no... Nada de eso. Olvidad el último párrafo: soy una luchadora. Así que, este impasse durará lo mismo que un caramelo a las puertas de un colegio. El lunes me compró unos guantes de boxeo profesional y sigo el camino que me he propuesto: «Me echen huevos o tartas. Me la sopla». 

«El más torpe sabe más en su casa que el sabio en la ajena». Cervantes

©Anna Genovés
29/10/2016

P.D. Antonia Kerrigan tiene tres décadas de experiencia y representa a 150 autores; muchos de ellos superventas.

 The cure – Lullaby 

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